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Opinión
Etiquetas:   La columna vertebral  

Delitos de amor

Nuria Peláez Rodríguez
Redacción
martes, 21 de junio de 2005, 03:44 h (CET)
España presume de ser un país abierto y moderno, un país democrático que ya ha superado las secuelas del pasado y donde la represión de los derechos fundamentales en teoría se enterró con la dictadura franquista. Los ciudadanos españoles han demostrado en numerosas ocasiones su respeto por las libertades y los derechos como por ejemplo en las multitudinarias manifestaciones contra la guerra de Irak o el terrorismo.

Sin embargo, el pasado sábado se vio en Madrid la otra cara de España: la cara más amarga y retrógrada aún anclada en la posguerra y en una mentalidad conservadora, arcaica y poco coherente con la realidad social. Lo peor de todo es que dicha protesta estaba encabezada y secundada por un partido político de masas, un partido cuya labor de oposición se centra en la crispación y la disputa, aprovechando temas sociales para simplemente atacar al gobierno. En este despropósito, la Iglesia, no conforme con involucrarse en política opinando sobre temas que no le incumben, ha decidido participar por primera vez en una manifestación cuando no lo hizo ni siquiera en protestas que defendían motivos tan humanos como la paz en Irak, a pesar de que el propio Papa Juan Pablo II se había pronunciado en contra de esta guerra.

En este contexto, el PP pide al gobierno que “no legisle en contra de la voluntad popular y retire la ley del matrimonio homosexual”, sin tener en cuenta que la última encuesta del CIS señala que el 57% de los españoles está a favor de ella. Parece, además, que los populares sufren amnesia repentina y no recuerdan que un 80% de los españoles según las encuestas estaban en contra de la participación española en la guerra de Irak, haciendo Aznar caso omiso a dicha petición.

Hay, sin embargo, una diferencia esencial entre la manifestación de la guerra y la protesta anti-gay de anteayer: una, pretendía defender la integridad y derechos de los más desfavorecidos; la otra, pretendía vetar un derecho de amor que no implicaba violencia alguna.

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