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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Perfil de un político

Lo primero que llama la atención de un político, es su basta cultura y una sagaz mirada de una preclara intelgencia
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
martes, 19 de junio de 2012, 09:48 h (CET)
Decía Platón que hay tres clases de personas: las libres, que tienen alma y libertad; las esclavas, que tienen alma pero no libertad; y los comerciantes, que tienen libertad pero carecen de alma. Esta división social sigue manteniéndose tal cual al día de hoy, con la única excepción de que deberíamos incluir entre los comerciantes a quienes comercian con el voto y el poder; esto es, a los políticos.

Los políticos son tantos en España, tantísimos –hasta tres veces más que en los EUA o el doble de Alemania-, que es difícil que cualquier ciudadano no conozca personalmente a media docena de ellos. Son una infestación, una turba, una peste en toda regla, un mal endémico de nuestro país como las moscas o los parásitos. Será por la temperatura, las inefables prebendas de una vida de regalo y la exultación de la vagancia - característica unívoca de que estamos ante un político- merced a un oficio de mucho viso y ningún esfuerzo, pero lo cierto que es que crecen y proliferan en nuestros ámbitos como si los cultiváramos. Y lo que es peor, se reproducen. Palabra. Una enfermedad en toda regla, en fin.

Conozco personalmente a toda una troupé de esta especie parasitaria personalmente. Algunos –pocos-, se iniciaron en la política por cuestiones ideológicas, pero enseguida comprendieron que la ideología y la política no tienen nada que ver, pues en ésta se tira de navaja trapera principalmente con los propios camaradas de partido, celebrándose infernales guerras contra los correligionarios por ocupar puestos en esas parrillas de salida que son las listas electorales. Los militantes de base saben que van a tener que trabajar de lo lindo y gratis, pero que si son constantes y tienen mañas –navajeras- y saben besar los ilustres culos de los próceres, pues es posible que les aguarde toda una carrera que se inicia –según influencias- en sus primeros pasos como concejal, se sigue como alcalde, se continúa como diputado regional y se puede concluir en la indolencia de un ministerio para descuajaringar España o de la UE para hacer lo propio con Europa.

Otros, llegan a la política como los periodistas a las redacciones, como una simple salida de oportunidad a cambio del alma, la cual entregan por completo al ingresar en las filas contratantes. No se requiere ningún talento, ni siquiera formación de ninguna clase o una inteligencia que supere a la del pollino. Nada de todo eso es necesario. Lo único que hay que saber hacer es ser culo agradecido y adoptar el discurso que emana desde la dirigencia, formando centuria con quien pueda tener poder para zancadillear a cualquiera que pueda mostrar oposición al grupo dentro del mismo partido. Lo demás es cosa de coser y cantar, porque ni siquiera hay que pensar -tampoco sabrían-, sino seguir las directrices que son distribuidas por los canales oficiales, repitiendo las consignas como loritos, aunque eso sí, mostrando indignación o respaldo a la cantinela con el histrionismo preceptivo. Ni siquiera cuando alcanzan cierta madurez política, al ser designados diputados, precisan utilizar eso que ignoran para que vale y que se nombra como masa gris encefálica -¡estos científicos y sus palabrejas-, pues es suficiente con que sepan apretar el botón de voto correspondiente, cosa nada complicada porque ya no son iguales y se nombran como izquierda, centro y derecha –lo que podría crearles crisis de ansiedad-, sino que ahora son de colores, para que la conciencia, a quienes todavía tienen algún vestigio de ella, no se les perturbe. ¡Angelitos!

Lo que los políticos sí que tienen que saber es aplaudir. No sirven para la política aquellos postulantes que tienen severas dificultades para que se les junten las manos en un enfervorizado aplauso a su amado líder. Cualquier otra tara no les imposibilita para el cargo, pero ésta habilidad es una condición sine qua non. No hay ninguna otra restricción, porque para hablar no importa que lean –mejor que mejor si lo hacen, para que no la líen-, ni que arrastren muletillas hasta despedazar el vocabulario, porque tampoco esperan oír ninguna cosa sensata los oyentes, quienes o son del partido, y tragan con lo que sea como si fueran ambrosías, o son de la oposición, y tanto les da lo que digan, además que también se encuentran en parecida tesitura. Tampoco hay restricciones en el gasto, aunque sean de placer privado y privativo, porque pagan los bindundis de los electores en barra libre, pudiendo, si se tiene el cargo idóneo, encargar un cuadro de uno mismo para elogio del propio ego al más afamado pintor del momento -sin límites de gasto, aunque su careto de cateto sea una afrenta al buen gusto-, ordenarse construir una limusina blindada en plan Obama aunque sea alcade… de Alcalá, pongo por caso, o cometer cualquier clase de tropelía con los dineros públicos, que como todo el mundo sabe no son de nadie. ¡A la saca, pues! No importa, hay más, que para eso está la carne impositiva de todos esos imbéciles que son los ciudadanos, quienes pertenecer al segundo orden platónico; ya se sabe, el de los esclavos.

Llegados al poder de cualquier estamento, los políticos saben sobradamente que sólo y únicamente deben obediencia al maestro del partido. Lo demás, las leyes, la justicia, el interés nacional y todo eso, sólo son palabras huecas sin otro sentido que el meramente discursivo para entretenimiento de tontos y captación de votos. Después de todo, siempre se puede decir una cosa y su contraria y tener razón, si es que se pone la suficiente vehemencia en ello. Pueden hacer negocios con su cargo, hacer y deshacer según su hígado o su entrepierna disponga, embolsarle lo que no es suyo y prohibir o ensalzar todo cuanto deseen, porque carecen por completo de responsabilidades penales, y, a lo más, lo único que les puede pasar es que sean demasiado codiciosos o demasiado torpes y sean sorprendidos en el pufo, cosa que se resuelve dimitiendo –o no-, y a otra cosa, que ya se les colocará en otra cuadra para que sigan devorando herrén del Erario y dándose la vida padre. Ni siquiera el hecho de que sean imputados en delitos… mayores, digamos, tendrá ninguna clase de consecuencia, pues sabido es entre bueyes no hay cornadas y que no pasará nada de nada se los procese o no, cosa extrema que pocas o ninguna vez suele pasar.

Y a vivir, que son dos días: cuarenta millones de idiotas -o ingenuos- los sostienen.
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