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Revolución en Asia Central: ¿A quién toca la próxima vez?

Serguei Markedonov
Redacción
domingo, 19 de junio de 2005, 05:23 h (CET)
La ola de "revoluciones de color", término que surgió en el espacio ex-soviético tras las revoluciones “de rosas” en Georgia y “de naranja” en Ucrania, ha alcanzado el Asia Central, siendo Kirguizia el primero en quedar inundado por esta ola. De conformidad con la doctrina leninista de las revoluciones, esta república resultó ser el "eslabón débil". Pero veamos si esta rotura de la cadena significa o no lo inminente de la extensión del proceso revolucionario a otros Estados del área. En caso positivo, ¿quién será otro "eslabón débil" y por qué causas? ¿Existe la posibilidad real de limitar la revolución al ámbito de sólo Kirguizia? Lamentablemente, hoy día estos interrogantes carecen de una respuesta satisfactoria.

Ello no obstante, la élite política del Asia Central sufre ahora un fuerte sobresalto emocional provocado por lo que ocurre en Kirguizia. El poder, que hace todavía ayer parecía inconmovible, se vino abajo en dos días. El problema no está tanto en que el presidente Askar Akaiev en contados días perdió el control de la situación política en su país. El poder como tal pierde su sacralidad, lo que es de extrema importancia en Oriente. El poder ha dejado de ser dominio de un reducido círculo de iniciados. A partir de ahora el poder es objeto de la actividad revolucionaria de las masas.

A primera vista el desarrollo de los acontecimientos en esa república parece paradójico. La ideología de todas las "revoluciones de color" en el espacio postsoviético está penetrada del espíritu nacional-democrático. Pero la República de Kirguizia presidida por Akaiev tenía la fama de ser la más democrática de todas las ex repúblicas del Oriente soviético. El reconocimiento del idioma ruso como lengua oficial, la actitud tolerante hacia la comunidad uzbeka - todo eso le permitía a la élite kirguiza posicionarse entre los partidarios de la democracia. A diferencia de Tadzhikistán y Uzbekistán, Kirguizia se mantuvo al margen de los procesos de "renacimiento islámico".

Si comparamos los sistemas políticos de los Estados centroasiáticos, resulta que Kirguizia era una "oveja negra". Pese a que la democracia a la krguiza difería mucho de los modelos europeos y americanos, según el grado de desarrollo de los institutos de política pública esta república se adelantaba a los Estados vecinos.

El presidente Askar Akaiev ha iniciado los procesos de modernización mucho antes que sus colegas presidentes de las ex repúblicas soviéticas del Asia Central. Hoy día en buena medida cosecha los frutos de sus propios esfuerzos. En palabras de Carlos Marx, el primer mandatario de Kirguizia se hizo "sepulturero propio", al educar todo un estrato de jóvenes reformadores que ya no cabían en el marco de lo lícito.

Y ahora, mientras que los líderes de Kirguizia después de Akaiev disponen de cierta reserva de tiempo, tienen que pensar en legitimizar el poder y poner orden elemental en su país.

En lo que se refiere a los demás Estados centroasiáticos, es en Kazajstán donde la experiencia de Kirguizia debe estudiarse con especial minuciosidad. Kazajstán, que, igual que Kirguizia, ha optado por la vía de "modernización incipiente", enfrenta problemas similares. Por una parte, el poder se halla concentrado en las manos de un líder severo y eficiente que goza de un gran prestigio interno e internacional. Mas por la otra, el estrato de jóvenes reformadores kazajos no es menos influyente que en la vecina Kirguizia y es tan evidente su aspiración de infundir un mayor dinamismo al proceso de democratización.

Kazajstán se planteó altos estándares en el campo de la economía, y ahora se enfrenta a la necesidad objetiva de aumentar los estándares de desarrollo político. La injerencia americana o europea puede sólo acelerar este proceso, pero la necesidad de renovación política es de carácter objetivo.

Uzbekistán y Tadzhikistán son los Estados en que el factor islámico desempeña un papel de enorme importancia. Allí, a diferencia de Kirguizia y Kazajstán, el proyecto revolucionario residirá en la protesta islamista contra el régimen autoritario laico.

Hoy día los regímenes autoritarios del Asia Central (sobre todo, el uzbeko) deben poner mayor hincapié no en intensificar medidas policiales sino en atribuir al autoritarismo un carácter más modernizado. Además, es preciso ganar la batalla por la juventud, haciéndola vehículo principal de la modernización laica.

El régimen político turkmeno es un caso aparte. Hoy día podemos hacer constar con entera seguridad que la tiranía oriental de Saparmurat Niazov no deja posibilidad alguna a la revolución popular. Todo cambio de poder y democratización del régimen en ese país son posibles únicamente a raíz de un golpe palaciego o intervención militar.

De manera que las "revoluciones de color" en el Asia Central no es un resultado de hábiles intrigas exteriores o juegos geopolíticos sino que se deben a los rasgos internos del proceso de "modernización incipiente" que alcanzó Kirguizia, Kazajstán, Uzbekistán, Tadzhikistán y Turkmenia tras la desintegración de la URSS en 1991. La experiencia de los sucesos en Kirguizia ya sirve para unos como ejemplo a seguir, para otros como advertencia, mientras que como enseñanza para terceros.

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Serguei Markedonov es jefe de departamento de problemas de las relaciones interétnicas en el Instituto de Análisis Político y Militar de Rusia (Agencia Rusa de Información 'Novosti, www.rian.ru)

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