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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Tal vez no era el momento

Elena Martínez López
Redacción
viernes, 17 de junio de 2005, 23:14 h (CET)
Tal vez este no es el Tratado Constitucional que los europeos necesitamos. Tal vez actúo la precipitación entre los políticos y se necesita más tiempo para elaborar una Carta Magna que se ajuste al verdadero sentir de los ciudadanos que formamos parte de Europa. Aún está abierta la puerta para la incorporación de nuevos miembros a la Comunidad europea, y ésta es sumamente heterogénea y todavía lo será más. Con la posible incorporación de Turquía y de países del Este a la Unión, el puzzle se volverá más complejo y las piezas, ni siquiera hoy, encajan con facilidad.

Los franceses han dicho mayoritariamente no a la “Constitución” europea y es una negativa exigente. Dentro de poco Bruselas enviará una delegación con el fin de hacer una lectura adecuada acerca de los motivos que han conducido a nuestros vecinos a posicionarse masivamente en contra. Porque lo cierto es que la participación en Francia ha sido cercana al 70% y la toma de postura ha quedado, de esta forma, sumamente clara. En Holanda ídem. De lo que no se puede acusar a los franceses es de desentendimiento o de indiferencia. Mezclado o no el castigo al gobierno y a Chirac, con el debate nacional de por medio, lo cierto es que los votantes galos lo que dejaron ver en las urnas es su no-deseo de un Tratado, que, todo hay que decirlo, adolece de política para los ciudadanos. La Europa Social no está presente, más allá de la necesaria inclusión de los Derechos Humanos, y parece más bien un modelo político para los políticos, valga la redundancia. Y esto en Francia, una nación con un sindicalismo bravo, con un apasionamiento político y una actitud reivindicativa fuerte, con una mirada severa hacía sus dirigentes y con la seguridad de que son los ciudadanos quienes, en el fondo, tienen la última palabra (no a la inversa) no se conforma con lo que les han ofrecido.

Han sido muchos los análisis que apuntaban al chauvinismo, a un egoísmo intrínseco en el corazón político de Francia, a una actitud de puertas para adentro que no ha visto más allá de los intereses individuales y de la coyuntura del momento. Se ha hablado de la paradoja que supone que una de las locomotoras de Europa haya sido precisamente la que descarrilara. Sin embargo es un accidente previsible. Los vagones como España, que han progresado económicamente gracias a los fondos de cohesión y a los subsidios europeos, es difícil que mantengan una posición dura con respecto a la misma. España ha mejorado con Europa, Polonia también, Portugal también, Grecia también... Pero en Francia no encontraban las ventajas a una situación que se ha visto manchada por la crisis política y la situación económica del país. La entrada del euro subió los precios, mientras bajaban los salarios a causa de la llegada, sobre todo, de inmigrantes del Este, que están dispuestos a trabajar por menos con el mismo nivel de preparación y el mismo rendimiento (o más) que los franceses autóctonos. De una manera u otra la clase obrera francesa se ve afectada por estas condiciones, a la que los líderes públicos no han sabido poner remedio. Cierto que el mismo problema azuza a España y a muchos países de Europa, pero, en general, en Francia se ha perdido en nivel de vida, mientras aquí hemos ganado terreno al bienestar económico.

Con Holanda también posicionada en contra, el texto constitucional ha quedado tocado de muerte. Sin embargo, el no francés apunta a la necesidad de hacer ciertas modificaciones y de entender que la UE no funciona tan bien como nos imaginamos de vez en cuando. España apoyó el Tratado, y sin embargo el interés que despertó el mismo en nuestro país fue muy pequeño. No sabemos si los españoles apoyamos el tratado dotados de una amplia visión de futuro o de una cierta ingenuidad, de forma que entender, sin mayor análisis, el no francés como un error de nuestros vecinos, no me parece que sea una actitud positiva.

Ahora bien, más allá del castigo del pueblo galo a una elite europea alejada de los problemas reales de sus ciudadanos, quizá este país no ha sabido contextualizar correctamente las necesidades propias de la Unión Europea en el marco internacional actual. Algo de suma importancia en el mundo globalizado que habitamos. La posición del euro frente al dólar ha caído con el resultado del referéndum en Francia y Holanda. No hay duda de que Europa se debilita con este resultado, de que su capacidad de hacer frente a los dos grandes gigantes que hoy se disputan la hegemonía mundial: EEUU y China, (que a paso militar, firme y rápido, está convirtiéndose en un gigante económico capaz de desafiar la preeminencia norteamericana y marcar el ritmo de los mercados internacionales), se reduce. Sin ir más lejos, al día siguiente de que los franceses acudieran a las urnas, China anunciaba su negativa a aumentar los gravámenes de sus empresas del textil, tal y como Bruselas y Washington habían pedido. Se dice que en 20 años el gigante asiático puede dominar la economía mundial.

Por otro lado, EEUU mantiene una actitud belicista y unilateral (al margen del derecho internacional) en el terreno militar, donde priman los intereses económicos. Considero, con muchos otros, que la única posibilidad de equilibrar la situación internacional es la consolidación de Europa como potencia de peso en el mundo. Y tal vez fuera necesario actuar con precipitación. Tal vez Europa necesita un voto de confianza porque en ella se observan unos potenciales democráticos, sociales y solidarios que pueden ser muy beneficiosos para las relaciones internacionales en un contexto globalizado. Europa usa referentes, y las políticas que conjugan la economía capitalista de mercado con los estructuras sociales de igualdad de oportunidades están encontrando su nacimiento y su crecimiento en Europa. Por esto, tal vez no era el momento de decir que no. Tal vez Francia se precipitó también, y pisó un freno que ralentizara la cohesión interna de la Unión. Ahora lo único importante es actuar con agilidad y eficiencia, haciendo las modificaciones necesarias para que la idea de Europa prospere.

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