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Etiquetas:   Crítica de libros   -   Sección:   Libros

Los adioses finales

Francisco Vélez Nieto
jueves, 7 de junio de 2012, 14:35 h (CET)

Los adioses finales, crítica literaria
Portada del libro

Con los años empieza a sentirse en los adentros los primeros adioses de aquellos que iniciaron a uno en el sendero de la vida, entender el manejo  de las cosas,  trato y estilo de saber estar. Como el manantial continuo que ofrece la lectura a medida que crece cuerpo y el pensar se asocia más y más a esos maestros, también a los ídolos, de los que cualquier humano está necesitado como alimento en el camino por andar. Y cuánto, unos tras otros, con pausas en el tiempo, van dejando sus identidades hasta después de los últimos adioses. Porque  han ido tallando pellizcos de riqueza en los interiores. Pero llegan los días  que el tiempo vivido tiñe de tristeza, aunque la edad  desafía y acepta el pulso con amor propio, y necesidad de vivir  pese al impacto. Mas la existencia se aminora, aunque continúe alumbrando el  rinconcito de la memoria  gracias a ellos.

La inmensidad de los días fueron ofreciendo ídolos, maestros de la literatura  cercanos a los clásicos, se podía sentir el rasgueo de sus plumas creadoras, a veces incluso hablar con ellos, y  otras tener algún intercambio de criterios. Ocurría igual con algunas mujeres del universo estrellado del celuloide, y se envidiaba al vaquero de turno, al policía inadaptado, al eterno perdedor que pese a todo al final besaba a la dama. Cuántas veces se soñó una aventura como la de Casablanca, de Solo ante el peligro. Fueron necesidades con las que llenar la existencia frente al vacío de la rutina y congoja diaria; Sin soñar, volviéndole la espalda a la fabulación, la vida para toda persona sensible no tiene razón de ser, carece de sentido y fragancia.

Mas el tiempo vivido va ampliando el calendario de los recuerdos, cada vez que los viejos amigos, compañeros de sueños y revoluciones inconclusas, ídolos y maestros, van dando sus últimos adioses. Adioses en la gran mayoría lanzados al viento, llegados en una noticia impronta, porque nunca se dejó de tratarlos y admirarlos, sin que jamás dejaran de ser algo de uno, esa propiedad que el ser humano adquiere en el silencio de la intimidad y en agradecimiento de la memoria, hacia aquellos que te enseñaron el difícil equilibrio de saber estar y responder.

Y de pronto percibes que ha empezado la cuenta atrás, que todo un estilo, una manera entender la sociedad y el comportamiento adquirido de estos maestros, los sueños y deseos cada día son menos. No es que se sienta uno aislado, la vida continua y se intenta no perder el paso ni tampoco al ritmo, siempre con la filosofía que al final del año el mastín ha corrido más que el galgo. Pero la soledad, pese a la comunicación contra el aislamiento, avanza inexorablemente, sin piedad, como razón impuesta. Y sucede que esta soledad te golpea en la mente incluso en el momento en que más animado puede sentirse uno en la tertulia, mientras escribes este artículo o cuando hablas públicamente sobre la fabulación literaria.

 Y es que ya tienes un considerable pasado repleto de recuerdos e ilusiones mayoritariamente frustradas en la memoria, pero no importa, no es eso lo que duele tanto. Lo duro es cuando te llega una noticia y tienes que vestir de luto en la agenda el nombre de un viejo compañero. Entonces, te vuelves hacia el  recuerdo y se produce un monólogo que a medida que va ensanchando su espacio, se convierte en algo parecido a carbonilla del tren de los recuerdos que va empapado con algo humano las mejillas, humedeciendo los desencantos, esos que son como pan nuestro de cada día, como el afeitado. Hasta que la sencillez te calma hablando con ellos. Mientras caminas entristecido saludando los adioses.
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