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Etiquetas:   Columna humo   -   Sección:   Opinión

Botín, rojo

Que un señor con muchos millones se acerque al rey vestido como para ir a jugar al balón volea no me parece buen síntoma
Pedro de Hoyos
@pedrodehoyos
miércoles, 6 de junio de 2012, 06:55 h (CET)
El presidente del Banco Santander (¿Por qué le quitaron el “del”?) se ha presentado ante el rey vestido de manera absolutamente informal. Todos hemos visto esas imágenes en las que con pantalón corto y vestido de impecable rojo “funcionario dominguero de clase media con adosado en las afueras” estrechaba con campechanía sin igual la mano del rey.

Y a mí me parece una imagen que demuestra la decadencia de España, y si me permiten la de todo Occidente. Terminaremos, nuestros nietos lo verán, dominados por chinos o musulmanes. Con la fuerza del comercio, con la fuerza de las armas o con la fuerza de sus vientres nos conquistarán y comenzará el rechinar de dientes.

Sí, sí, ya sé que el señor Botín llegaba de un paseo casualmente a la misma hora en que Don Juan Carlos pasaba por ahí. Sé que, claro, no iba a estar decentemente presentable, corbata y traje de espiguilla, para estrechar la mano del rey. Pero que un señor por muchos millones que tenga se acerque al rey vestido como para ir a jugar al balón volea playero no me parece buen síntoma. Siempre han existido las buenas maneras, la buena educación y las formas de respeto.

Personalmente me molesta esa idea de que todos somos iguales, de que maestros y alumnos, científicos y deportistas, premios Nobel y curritos de mono y paleta seamos todos iguales. Cierto que todos, absolutamente todos, tenemos los mismos derechos y los mismos deberes, cierto que nadie es más que nadie. Cierto también que más respeto merece el “currito” que trabaja de sol a sol que el empleado de cuello duro que desde su cómoda butaca, y entre güisquis y gintonics, decide desahucios y ejecuciones de hipotecas. Pero eso es una cosa y otro asunto es el colegueo interesado que desde hace unos años se ha instalado en una sociedad acomplejada que piensa que las jerarquías deben desaparecer porque sí y que todos merecen todos los respetos sin diferenciar méritos y esfuerzos, conocimientos y trabajos.

¿Todos iguales? ¿Es admisible el tuteo entre profesores y alumnos, entre camareros y clientes desconocidos, entre entrevistadores y entrevistados? Según mi limitado conocimiento de lenguas es algo que sucede especialmente en España y con difícil parangón en otros idiomas y otras culturas.

Tradicionalmente siempre ha habido respeto formal, el progreso de una sociedad no debe medirse sólo en lo que se adelante la edad de jubilación, en el Producto Interior Bruto o en los años de protección al parado. ¿Por qué el progreso en unos terrenos debe llevar a la desaparición de las buenas formas sociales?
Cuando chinos o musulmanes nos dominen nos van a cantar las cuarenta y nos enseñarán a dejar el asiento del autobús a ancianos o embarazadas y a saludar al rey (pongan ustedes “al califa” o si quieren “al mandarín”) con formalidad y respeto.

PD Por cierto, ¿en esa foto el señor Botín no se parece demasiado a Kiko Pantoja? ¡Son clavaditos! ¿Todos iguales?
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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