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Etiquetas:   La buena noticia   -   Sección:   Opinión

Canta y no llores

Tenemos aun latente un tremendo suceso al que no se le está dando la importancia que tiene, perdido entre tanto dolor e incomprensión
Manuel Montes Cleries
domingo, 24 de septiembre de 2017, 10:52 h (CET)
Me refiero al terremoto que de nuevo ha fragmentado las entrañas de nuestro querido país hermano: Méjico. Al mismo tiempo un huracán tras otro machaca los países más pobres del Caribe y a los más ricos de Norteamérica, los deja temblando.

Para mas INRI, el gobierno de Cataluña se ha empeñado en amargarse la vida y amargárnosla al resto de los españoles. Pero este es un tema que me duele tanto que prefiero soslayarlo. Cada país tiene el gobierno que se merece, porque es el que elige en las urnas. Por eso creo que mis candidatos jamás han ganado unas elecciones. Son de otra galaxia. En mi idea utópica, creo que cualquier gobierno debe estar al servicio del pueblo, no a su propio servicio ni el de su partido.

Pero volvamos a mi buena noticia de hoy. Los sufridos mejicanos. Esos que tan bien representaba Mario Moreno en sus actitudes en todas sus películas y, sobre todo, en aquel discurso ante las Naciones Unidas de “su Excelencia”. Montones de voluntarios quitaban escombros el pasado martes-miércoles entre lágrimas y canciones para animarse. Especialmente el “Canta y no llores” que todos recordamos en nuestros “momentos alegres”.

Los mejicanos son de otra pasta. Son gente sencilla, amable, alegre y bulliciosa. Me parecen los andaluces de Hispanoamérica. Pero también son sufridos y luchadores. Tienen un gran país con grandes diferencias geográficas y económicas. Grandes fortunas con “pelados”. Suntuosas mansiones y chavolas. Gobiernos que se suceden unos a otros para seguir haciendo lo mismo.

Esos mejicanos que están luchando contra el tiempo en la búsqueda de nuestro paisano Jorge Gómez Varo, un malagueño de Pedregalejo que sigue enterrado entre los escombros de ese edificio que se ha desmoronado en Méjico-capital. Esos que día y noche siguen moviendo escombros mientras susurran “canta y no llores”. Esos que no entienden de banderas ni de independencias. Ellos son mi buena noticia de hoy.

El sábado ha vuelto a temblar la tierra en Méjico. En el estado de Oaxaca han fallecido varias personas. Desde Caritas se está enviando ayuda ya desde España a ese “Méjico lindo y querido”. Nosotros mientras perdiendo el tiempo y las fuerzas a banderazos… País.
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Si bien, en esta lucha maníquea entre movimientos que se oponen a la igualdad y sólo buscan la discordia entre los diferentes géneros, un papel clave lo juega el auge del feminismo radical. A grandes rasgos, el feminismo no es una única ideología, sino que se divide en variantes como el liberal, el socialista, el étnico y el radical. Mientras el primero defendía los derechos de las mujeres, el segundo destacaba la opresión de las mujeres de clase trabajadora y el tercero el de las mujeres pertenecientes al mundo postcolonial. Actualmente, el feminismo radical se arroga el monopolio sobre el discurso feminista, convirtiéndose en un pensamiento excluyente y etiquetando como “machista” a todas aquellas corrientes que no comparten la totalidad de sus puntos de vista. El feminismo radical culpabiliza al hombre por el mero hecho de serlo, lo feminiza en su forma de ser y lo funde bajo el signo del patriarcado. En última instancia, el fin de esta versión ultramontana del feminismo es presentar la supremacía de la mujer sobre el hombre como una supuesta y falsa igualdad. No hay que engañarse. El feminismo radical no sirve a la mujer, ni tampoco al hombre. Ha desechado como motivo de su lucha otras causas en las que también está en juego la igualdad frente a la coacción: la violencia en los matrimonios homosexuales (tanto de hombres como de mujeres), la identidad transexual, el maltrato de los niños en el seno familiar, el maltrato del hombre en el hogar, el maltrato de los discapacitados y de las personas mayores por parte de su propia familia. El feminismo radical entiende que esta violencia no existe, que es mínima y que no puede ser comparada con la sufrida por la mujer. En definitiva, el feminismo radical es la gran traición -tanto como el patriarcado- hacia el propio ser humano.

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