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Revoluciones de terciopelo y la gran Europa

Alexey Arbatov
Redacción
jueves, 16 de junio de 2005, 01:16 h (CET)
Occidente ha señalado muy claro que Bielorrusia debe deshacerse de lo que se ha dado en llamar la última dictadura europea. El conflicto entre Rusia y Occidente en esa zona podría derivar en una colisión frontal. Lo que pasa es que el presidente de Bielorrusia Aleksandr Lukashenko no es lo mismo que el ex-presidente ucraniano Leonid Kuchma, y no tendría reparos en aplastar cualquier manifestación de protesta, especialmente, por parte de los jóvenes. Occidente podría intervenir en tal caso para prestar toda clase de ayuda, y Lukashenko pediría la asistencia de Moscú, la cual difícilmente podría denegársela. Tras la derrota rusa en Ucrania, Bielorrusia tiene para Moscú doble importancia. En plano de defensa, comunicaciones y acceso al enclave de Kaliningrado, Bielorrusia es prácticamente el último aliado ruso en el espacio postsoviético.

No creo que Rusia use su Ejército de forma abierta pero también existen las unidades especiales o las tropas de Interior. Moscú podría intervenir, si Lukashenko clama ayuda a voz en cuello y se hace obvio que Bielorrusia, una vez caído su régimen, se encamina tras Ucrania hacia la OTAN, sin Rusia. A lo largo de las fronteras rusas no habría nada más que la OTAN en este caso y la situación del enclave se complicaría drásticamente. Putin se vería sometido a una presión tremenda y tendría que pensar en el mantenimiento de la estabilidad política. Resignarse a la pérdida de Bielorrusia tras lo de Ucrania significa para Putin un nuevo golpe contra la reputación propia dentro del país.

La separación de Bielorrusia o una confrontación entre Rusia y Occidente a raíz de los acontecimientos en aquélla repercutirían enseguida en la situación interna de Rusia. Enfrentada a Occidente, Rusia no podría desarrollar la economía de mercado ni la democracia. Lo más probable es que Occidente se abstenga de intervenir, dejando que Bielorrusia permanezca con Moscú, pero en este caso se tomará un desquite en Ucrania, en el Báltico y en Georgia, y procurará atraer a su lado Azerbaiyán y Armenia, de manera que Rusia y Bielorrusia se verán rodeadas por la OTAN. En la actualidad, la Alianza Noratlántica no es amiga ni adversaria sino socia para Rusia, y ambas partes colaboran en muchos terrenos al margen de las contradicciones existentes. Habrá que olvidar tal cooperación por mucho tiempo, si en Bielorrusia se produce algún tipo de "revolución de terciopelo".

Si Rusia se dedica ya a establecer los contactos con los líderes de la oposición bielorrusa, algunos de los cuales residen actualmente fuera de su país, será posible evitar que el dilema se plantee en los términos de hoy: o una Bielorrusia de Lukashenko con Rusia, o una Bielorrusia sin Lukashenko y sin Rusia. Sería una tarea muy delicada y compleja porque Lukashenko ha colocado la oposición prácticamente fuera de ley. Entablar contactos con ella significa, en el caso de Moscú, actuar en contra del presidente activo, lo cual no es fácil.

Para que haya una revolución, incluso de carácter incruento, como las recientes revoluciones de terciopelo, se necesita un terreno bien abonado. Se requiere un régimen incapaz e impopular entre la mayoría aplastante de la población. Ucrania, por poner un caso, estaba escindida prácticamente en dos bandos cuando se inició la "revolución naranja". Si la mitad de la población niega su apoyo al régimen, es un síntoma alarmante y es cuando las fuerzas externas realmente pueden influir en la situación. En Rusia, por ejemplo, la mayor parte de la elite política y de la población, según demuestran los sondeos de opinión pública, se decanta hacia una postura todavía más estatalista que la que defiende el presidente, de modo que aquí no puede cuajar ninguna revolución de corte liberal. Más bien serán los nacionalistas, la izquierda radical quienes salgan a la calle, antes que la derecha. Tampoco podemos descontar la experiencia histórica. Los liberales de derecha rusos ocuparon en la década del 90 fuertes posiciones en el Gobierno y abortaron todas las reformas, provocando lógicamente un gran descontento entre los ciudadanos. En Ucrania y Bielorrusia no ha pasado así.

Rusia debería definirse y decidir con quién se queda. Personalmente, no veo otra opción sino avanzar junto con Occidente, en primer lugar, con la Gran Europa. Es necesario desarrollar las relaciones con la OTAN hasta un grado tal que el ingreso de los vecinos más próximos en esa organización deje de provocar miedo. La Alianza Noratlántica ya no sería en este caso una institución hostil para Moscú. Por cierto, es algo que depende tanto de la OTAN como de Rusia.

Una cooperación mejor, más amplia y más profunda no es un objetivo sino un proceso. Pero todo proceso ha de perseguir cierta meta. De lo contrario, la política corriente se limita a los pasos tácticos que no dejan ver la estrategia.

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Alexey Arbatov, es miembro de la Academia de Ciencias rusa y jefe del Centro de seguridad internacional en el Instituto de estudios económicos y políticos internacionales (Agencia Rusa de Información 'Novosti', www.rian.ru)

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