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Europa vs Estados Unidos

Elena Martínez López
Redacción
lunes, 13 de junio de 2005, 22:57 h (CET)
Europa no es lo mismo que EEUU, y siempre será mejor. Este es el sentimiento que subyacía tras una buena cantidad de papeletas que se introdujeron en las urnas del referéndum del pasado 20 de febrero, cuando muchos españoles se decantaron por un Sí al Tratado Constitucional de Europa. Figuras tan reputadas intelectualmente como José Antonio Marina abogaron por este discurso. Sin embargo también hubo voces que plantearon dudas, que se movieron en el terreno de la incertidumbre en cuanto a esta afirmación primera. Entre ellas estuvo la voz de un catedrático de Ciencias Políticas de la UCM, que pronunció una de las preguntas más inquietantes que hay que hacerse al respecto, “¿habrá que ver cuánto tiene tal afirmación de mito y cuánto de verdad?”.

Responder a esta pregunta nos llevaría innumerables horas de estudio y sesudos días de trabajo al respecto. Y se haría necesaria la combinación de distintas disciplinas para una respuesta ajustada. Por esta razón es por lo que no podemos dar aquí respuesta a tan exigente pregunta. Pero sí podemos hacernos eco de ella, enfrentarnos con el fantasma de una duda que parece ineludible, y que sin duda habrá que plantearse en el proceso de construcción europea, que con la negativa francesa y holandesa, y con el debate surgido en el seno de la Unión, ésta habrá de dar, al menos, un paso en alguna dirección.

Los pasos siempre van en alguna dirección, y en esto no se distinguen en nada de las personas. Pero a diferencia de éstas los pasos necesitan un motor, una energía impulsadora ajena. Las personas somos esa energía, y las sociedades, por no ser más que una derivación humana, también. Las sociedades son carburantes capaces de mover la más descomunal de las máquinas, que es la historia. Y es necesario que tengamos claro, sino desde un principio, al menos a medida que avanzamos, en qué dirección queremos que se mueva esa rueda gigante de historia. La democracia pone a nuestro servicio tan alta responsabilidad. La democracia nos da el mando a distancia y nos pide que elijamos el canal, siempre dentro de los que se nos ofrecen. Porque ése es el límite último de nuestra libertad democrática, la posibilidad.

Constituirnos en europeos, como ya he dicho, es un paso. Cómo lo hagamos, será la dirección. La pregunta que nos inquieta es si los europeos, revestidos de un nuevo poder al amparo de la Unión, llegaremos a conformar un modelo alternativo al americano, o si bien lo que se está planteando es simplemente la creación de un poder paralelo con el fin de competir y poder tomar el relevo en la tan ansiada soberanía internacional, que sin género de dudas, hoy se ejerce por parte de EEUU. Si nos fijamos en los orígenes de Europa y EEUU, se podría decir que la segunda gana en democracia a la primera. Y ésta es una de las dolencias que, a primera vista, puede padecer nuestro Tratado y los que puedan elaborarse en el futuro.

En la Europa democrática fueron los representantes de cada uno de los Estados miembros los encargados de elaborar y aprobar el Tratado constitucional. Después han buscado el beneplácito ciudadano, que ha sido deslegitimado ya con la mayoría de votos en negativo de Francia y Holanda su efectiva aplicación. He aquí la primera diferencia con EEUU. Los ingleses que se asentaron por primera vez en tierra americana, con su independencia volvieron al “estado natural”: ganando el terreno a golpe de machete, conquistando, despojando con ríos de sangre a los hombres que allí habitaban, encontraron finalmente un páramo primero. Una vasta tierra de la que proveerse. Y se convirtieron en primitivos no por una vuelta a las primeras costumbres humanas, sino porque tuvieron que organizarse como si fuera por primera vez el mundo. Aunque trajeran consigo la costumbre del té y la técnica de la imprenta. La herencia parlamentaria y las nuevas ideas ilustradas que circulaban por Europa les hicieron constituirse en Asamblea dentro de cada colonia. Ajenos ya al yugo de la corona inglesa, los hombres de las primeras colonias liberadas decidieron cuáles habían de ser las normas de su sociedad. Y más tarde, con representación de cada una de ellas, dieron una Constitución Federal. El proceso no pudo ser más democrático. Más natural, más primero y civilizador. Era el hombre salvaje de Rosseau transformándose en sociedad nueva.

Europa en cambio, sí, fue distinta. Lo fue y lo es. Para empezar, ni siquiera somos una Federación de Estados, tan sólo 25 países unidos bajo una bandera que nos convierte en vecinos con las puertas abiertas. Y podemos ser más, la Comunidad tan sólo está empezando a llenarse. Los Estados Unidos se constituyeron de abajo a arriba, escrupulosa y democráticamente hablando. Europa se está construyendo desde arriba hacía abajo. Proceso menos democrático, no hay duda. Entonces, ¿porqué Marina dibuja a Europa como la sociedad de los Ciudadanos, comparándola con EEUU, sociedad del Capital, y con China (la tercera gran potencia en discordia), sociedad del Estado?

Porque un sol no hace verano. Porque El Poderoso norteamericano llegó a poderoso no por sus orígenes, que también, sino por el nombre que le dio a La Libertad. Libertad paso a ser palabra de culto, estatua de culto. El nombre de su libertad tenía una antorcha en la mano, que servía de único faro a los hombres y mujeres que llegaron prestos, durante dos siglos, a poblar las no tan nuevas tierras con sus lagos, montañas, ríos y praderas. El nombre de la Libertad tenía nombre de sueño y de Dios. Tenía el nombre de Dollar. Y los derechos del hombre, todos los que leyeran en aquella primera declaración, quedarían arrodillados, cual siervos menesterosos, ante el gran Dios de la Libertad&Dollar.

De esta forma los EEUU perdieron en democracia para ganar en libertad, para ser más exactos, en espacio para el flujo de capitales. Todo, la democracia, los primeros derechos, y la vocación de igualdad, quedaron a la sombra de la estatua. Y la moneda es la que amplio su abanico libertario. Nosotros empezamos justo así: abriendo el espacio monetario, haciendo músculo económico, y tal vez, siguiendo el camino inverso avancemos en democracia, en igualdad y en derechos sociales. Pero esto no está, ni mucho menos, claro.

Dos guerras mundiales enfrentaron a Europa hasta extenuarla. Dos guerras mundiales, un holocausto, varias guerras civiles, un muro que la cortaba en dos mitades irreconciliables hasta hace muy poco. Una historia negra, la de Europa, si la miramos así. Pero todo tiene su anverso y su reverso. El rostro que aparece en el anverso es la Europa que votamos hace poco en referéndum. En Europa nunca nos transformamos en sociedad nueva. Somos sociedad vieja, que nos lavamos la cara de vez en cuando. Pero no dejamos a un lado lo que hemos sido. Quizá por ese dicho que dice que “contra más viejo más sabio”, se mira a la sociedad europea como una sociedad más culta, más ilustrada, más consciente de su posición en el mundo.

¿Será verdad?, ¿o será un mito?
No olvidemos que la Unión Europea nace de una unión económica, que refrendando un Tratado Constitucional (el que sea) estamos colaborando en la fábrica de un nuevo poder. Qué la Europa ciudadana aún no existe porque no existe una verdadera conciencia de ciudadanía europea. Que la ciudadanía va a remolque del nuevo poder que empieza a surgir. Que Europa tiene una responsabilidad de puertas para afuera, y no sólo de puertas para dentro. Que estamos ante un nuevo orden mundial del que somos juez y parte. Que el poder, cuando es muy grande, necesita tener un brazo atado y bien atado. Y se lo tendremos que atar nosotros, los ciudadanos, no queda otra. Si no, perderemos en democracia. Y si no, no seremos un nuevo modelo, una nueva propuesta. Qué si es un mito o no la idea de que Europa es más humana, más solidaria, más fraternal que la sociedad norteamericana, no importa tanto como lo que pueda llegar a ser. Porque el futuro se construye y en él se impone la voluntad. No es tan sólo una relación de causa-efecto.

Construirnos una identidad nos lleva toda la vida. La personalidad es el material del que estamos hechos. Es arcilla con su proporción de detritus, de cuarzo, de feldespato, de silicatos,... Y no hay barro igual a otro. Pero la identidad es el molde, y nos estamos moldeando toda la vida. Podemos echar más agua, podemos condensarlo, podemos pintarlo a nuestro antojo, con lo que tenemos, y con lo que podemos ir incorporando por el camino. Un esfuerzo sin tregua, pero apasionante. De la misma forma Europa tendrá que buscarse una identidad propia, darse forma a sí misma, fabricarse un rostro digno de mirar en el espejo.

O tal vez la inquietante pregunta de si somos o no distintos tenga una respuesta negativa. Tal vez el excesivo poder nos iguala a todos en cuerpo y alma. Hay quién afirma que de noche todos los gatos son pardos. Prefiero creer que no.

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