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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Aroma de galletas (I)

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 12 de junio de 2005, 02:46 h (CET)
“Ya que hoy no puedo viajar/ escribiré un libro. Empiezo por la A.” Así comienza el libro “Aroma de galletas” de la editorial valenciana Media Vaca, un libro diferente para niños y no tan niños, uno de los últimos libros publicados por el poeta y pintor de Alcázar de San Juan y afincado en Zaragoza, el gran Antonio Fernández Molina, fallecido súbitamente en esta primavera de 2005, por un fallo cardiaco que no le permitió disfrutar de ser nombrado Hijo Predilecto de su ciudad natal, ni de constatar el apoyo local, provincial y regional para que le fuera otorgado el Premio Príncipe de Asturias de las Letras, según propuesta inicial de la Fundación Camilo José Cela, poeta del que fue secretario durante muchos años.

Fue Antonio Fernández Molina, padre de seis hijas a quienes en esta hornada de poemas dedica un poema circense por el que hará que desayune Teresa, que se duerma Elena, que se vista Susana, que lea Isabel -a quien hace poco tiempo conocí en Guadalajara, siguiendo los pasos del pincel de su padre, y quien reconoció que en La Mancha su padre era muy querido- el poema del circo, decía, hará que también se lave su hija Verónica y que pueda vivir en un castillo su hija Ester.

Son escritos los de Antonio en esta obra de distinto registro, letra, tipografía y hasta colorido, a los que no estamos acostumbrados en publicaciones para niños. Como explica su editor en la solapa: “Algunos (…) creen que los libros para niños deben ser como los trajes para niños, varias tallas más pequeñas. La mirada inocente del niño nada tiene que ver con los pantaloncitos. Si no se entiende todo, ¿qué más da?”

Puede que ni los adultos entendamos muchos de los poemas y cuentos de este libro o en general de las más de cincuenta obras publicadas por Fernández Molina a lo largo de su prolífica carrera literaria. Hay poetas y críticos como Luis Antonio de Villena, que se lamenta “se quedó a las puertas de todo”, al no habérsele reconocido a tiempo su valía. Fernando Arrabal expresa y exclama en un poema desgarrador su nostalgia y se despide “hasta la vista” del poeta, quien ahora estará “lejos de los bueyes de la incultura”. “Mereciste una docena de Cervantes sin contar con los Nóbel”, recalca.

En Alcázar de San Juan publicaría “Idiomas diferentes”, “La hoja de la alcachofa es una lechuza”, y “El bosque de la niebla y ricino para el amanecer”. En la Biblioteca de Autores Manchegos “Antología poética” y “Carpeta azul”, del que tuve el honor de leer públicamente uno de sus poemas, esa delicia de “Un hombre, una mujer, un niño” que no es sino una simbiosis del poeta-pintor o del pintor-poeta, largo poema donde Antonio demuestra el proceso de pintar un cuadro o de escribir un poema, pues ambas tareas las junta y duplica.

Hace unas horas que he recibido la revista de difusión poética “Káskara Marga” por parte de su compañero postista José Fernández-Arroyo, a quién tanto le unía con él el pincel y la palabra, su contenido es todo un cántico a que perviva la poesía. Fernández-Arroyo nos advierte en la portada lo que será otro mazazo para la poesía, que este ejemplar es el último número, ¿qué pasa por la mente de este otro poeta y pintor cuando al dedicarle a su compañero de versos y de cuadros una “Káskara Marga” imprime que toma la decisión de finiquitar una revista impresa y/o digital con el adjetivo numeral de 30 y último? La respuesta la daré tal vez en otro escrito de estos sábados de “Cesta de Dulcinea” que alarga sombras al tiempo que recorta voluntades mientras avanza para todos la vida y se escuchan a lo lejos los poetas desfallecidos.

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