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Etiquetas:   El arte de la guerra   -   Sección:   Opinión

La solución final

Santi Benítez
Santi Benítez
jueves, 9 de junio de 2005, 00:42 h (CET)
Este fin de semana vi en televisión una película en la que quince hombres se sentaban alrededor de una mesa para, en dos horas, decidir el destino de seis millones de personas.

La primera vez que vi esta película fue en Londres, más por mi admiración a Kenneth Branagh que, en principio, por el tema de la película en si. Salí del cine con ese extraño regusto a haber sido testigo de una de las mayores atrocidades que ha cometido el ser humano. Porque asesinar a millones de personas lo es, pero planearlo, discutir su viabilidad legal y dejar sentadas las bases para ejecutarlo es, bajo mi punto de vista, mucho más atroz y despiadado. Recuerdo que la gente salió del cine cabizbaja y murmurante, como sino supieran muy bien que es lo que habían visto en la pantalla.

La película en cuestión es “La solución final”, traducida del título inglés “Conspiracy”. Personalmente prefiero el título ingles, ya que, aunque la película trata sobre la solución final nazi, incide mucho más en cómo el estado conspira para asesinar a seis millones de personas. Y lo hace llegando a discutir incluso la viabilidad legal de las medidas que se tomarían para ello. Lo más gracioso y esperpéntico de todo es que la mayoría de esos quince hombres que se reunieron en Wannsee murieron tranquilamente en sus camas.

Compré la película en cuanto salió en DVD. La he visto muchas veces. Creo que la veo cada vez que no entiendo como es que hay seres humanos detenidos en Guantánamo sin derecho a juicio, en condiciones infrahumanas. Cada vez que escucho que en Iraq se tortura y asesina en las cárceles a manos de mercenarios contratados por el gobierno estadounidense, para que las denuncias posteriores, si estas llegan a producirse, no sean contra el estado norteamericano. Cada vez que recuerdo Ruanda y lo que no hizo la comunidad internacional. Cada vez que veo a Sharon en televisión. Cada vez que se pisotean los derechos humanos en alguna parte del mundo y leo la noticia. Cada vez que me viene a la cabeza que millones de seres humanos mueren de SIDA en África porque se vetó en la ONU que se permitieran los genéricos en el continente negro, y la iglesia católica, en tremenda expansión allí, le dice a sus feligreses que usar condón es pecado. Cada vez que me doy cuenta de que me estoy olvidando de que el ser humano es capaz de las mayores atrocidades y tropelías, amparado en la ley o la religión.

Muy posiblemente no sea suficiente, cada vez que viajo, que hago algo, que escribo algo, pienso que no es suficiente, que podría hacer más, además de mortificarme viendo esta película, leyendo o haciendo otras cosas. Pero, ¿Cómo cambiar todo esto? ¿Cómo conseguir que la gente entienda que un inmigrante no es un invasor, que el diálogo siempre será mejor que nada, que hay opciones políticas que lo único que buscan es la violencia solapada y amparada por el estado, que el estado de derecho no puede tratar a unos de forma diferente que a otros? Creo con firmeza que la educación, la cultura, el respeto a la diferencia, la protección social, la eliminación de las fronteras de todo tipo y el mestizaje de gentes e ideas es el camino para ello. Que esa es la verdadera solución final.

Pero yo soy sólo yo. A veces me pregunto si es que no hay nadie más por ahí y, lo que es peor, a veces me asalta la tremenda certeza de que reuniones como la de Wannsee de 20 de junio de 1942 se pueden volver a repetir.

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