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Etiquetas:   Algo más que palabras   -   Sección:   Opinión

¿Desesperación o felicidad?

Víctor Corcoba Herrero
Víctor Corcoba
martes, 7 de junio de 2005, 22:41 h (CET)
Cada día es más complicado vivir porque la vida ha dejado de tener autoridad moral para muchos ciudadanos. La incertidumbre que soportamos a diario nos hace que vivamos en la duda y que dudemos de todo y de todos. Aparte de la escasez de liderazgo que tenemos, en cuanto a sembradores de verdad, también nos falta a cada uno de nosotros buscar tiempos para la reflexión, para un discernimiento crítico sobre la realidad actual. La satisfacción está solo en la búsqueda, en paladear los pétalos de la esperanza e ilusionarse con el despertar de una sonrisa. La crecida del número de personas que optan por el suicidio, es una señal más del desagrado y malestar que sufre actualmente la sociedad, llevada por una especie de determinismo fatalista, donde los caprichos humanos amortajan doquier trascendencia de luz.

Eso de vivir en las sombras o en jaulas acolmenadas delante del televisor, puede que sea una forma de encarcelar el pensamiento. Muy propio del momento actual. Por ello, quizás, convendría multiplicar las horas de silencio, si nos dejan alguna las responsabilidades contraídas. Por si acaso, hallamos ese momento, se me ocurren algunas preguntas que deseo compartir. ¿Cuál es mi posición frente a la vida? ¿Cómo afronta el niño, el adolescente, su proyecto vital en un mundo tan adulterado por los adultos? ¿Y el hombre maduro? ¿Puede abrirse al mundo y leer sus páginas escritas, aquellas que dormitan en la biblioteca de su soledad, como lección para las nuevas generaciones? ¿O debe vivir sólo de recuerdos? En cualquier caso, frente a tanto diluvio de calamidades que se nos vienen encima, firmaría poner en el orden mundial una nueva valoración del ser humano como tal, puesto que es lo más valioso que hay en el planeta.

Un mundo en el que, los ciudadanos, se empiezan a dar cuenta que la confianza depositada en los “poderosos” no es del todo trigo limpio; tras de sí, se esconden, maldades, egoísmos, orgullos inútiles… Aires que conllevan el fracaso y la consabida desesperación. El estilo de vida moderno puede que nos haya traído un mejor bienestar, pero ¿a qué precio? Sería fructífero meditar sobre ello. Sólo hay que mirar alrededor y ver la siembra de espectáculos, verdaderamente alarmantes, que golpean contra todo ser vivo. Parece como si el ser humano se hubiese vuelto loco y no tuviese corazón. Los sentimientos han pasado a un segundo plano en esta sociedad afanada sólo por la solvencia económica, el culto al cuerpo y el consumo de vicios, olvidando otras dimensiones de donación de alma, poética que llena por dentro y sacia por fuera.

Todo está como muy dividido, mientras unas personas se manifiestan y reclaman valores perdidos, otros quieren hacer valer su poder (de ordeno y mando) y apoderarse de la ciudadanía amparados en el avance de una sociedad cada día más disociada y menos democrática, abatida por múltiples controversias. Para empezar, no se puede ir contra lo que es estado natural de la vida, despersonalizarlo todo, deshumanizar en vez de humanizar, o llevar a los altares al que más tiene, hace o produce, en lugar del que más se entrega en gratuidad. Es la supremacía del más fuerte sobre el más débil, lo que está generando un estado salvaje en doquier esquina, cuestión que hemos de atajar lo antes posible, unificando posturas de integración. Volviendo todavía más los ojos a la patria mía, que diría un latino, la solidez de un sistema democrático y el funcionamiento de sus instituciones pasan por la garantía que perciba el ciudadano en cuanto a principios básicos de convivencia y seguridad jurídica. Por desgracia, en demasiadas ocasiones, este auxilio se pone en entredicho, por la lentitud de una justicia que suele llegar tarde a todos los sitios. Ya se sabe, la demora de la justicia significa ya injusticia.

Detrás de tantos altibajos emocionales se esconde una desconfianza total. A propósito, decía Auguste Comte, que vivir para otros no es sólo ley de deber, sino también ley de la felicidad. Deberíamos tomar buena nota de ello, de caminar con el corazón dirigido hacia lo alto; un horizonte en el que la poesía resplandece por si sola, abrazada a las olas de la justicia y la paz. Hemos perdido tantas esperanzas en el camino, alterado hasta el extremo el ánimo, que más bien parece que estamos desposeídos del bien, de las felicidades del mundo. En la calle, los lamentos, son bien palpables. Aunque, decía mi abuela, que no se sale adelante celebrando triunfos, sino saltando tropiezos y superando fracasos. Ahí está el quid de la cuestión, en tener siempre algo que hacer por los demás, alguien a quien besar por amor y algún abrazo que ofrecer.

En este sentido, partiendo del amor incondicional y en constante referencia a él, no obstante cada uno puede ser artífice de su ventura (o desventura), la felicidad llega en pequeños sorbos que conviene saber degustar para tener reserva o reservarse de los dolores. Al fin y al cabo, la placidez no consiste en llevar a términos nuestros ideales, sino en idealizar atmósferas gozosas. El gozo todo lo puede. Ahí está la capital del reino, más pletórica que nunca, desplegando por sus calles la bandera más grande del mundo para demostrar que quiere ser sede olímpica. Queda, para la historia, que ni las altas temperaturas veraniegas achicaron la alegría del pueblo.

Está visto que la ciudadanía es algo dinámico como el aire, Por ello, al pretender volverla estática, se desmorona y desespera. Es también la persona algo más, un ser poseedor de una libertad que le permite autodeterminarse y decidir en parte no sólo su futuro, sino también el modo de ser y de actuar ante la vida, movimiento a respetar recíprocamente, bajo la mayor afectividad posible, para que se reproduzca la dicha. Cuánto mayor sea la solidaridad de la persona con sus semejantes, más grande será el júbilo. De lo contrario, pienso, que sin ese carácter donal, social, ético y solidario de la persona y su apertura intrínseca a la trascendencia, el abatimiento será el pan nuestro de cada día, con ansiedades de caballo y desasosiegos de escándalo.

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