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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

Rusia y Europa, ¿Cooperación o confrontación?

Boris Shmelev
Redacción
martes, 7 de junio de 2005, 01:40 h (CET)
El debate en torno a las relaciones Rusia - Europa se sostiene desde hace más de un siglo, sin que vislumbre su fin. Se las discutía desde los puntos de vista filosófico, político, cultural e histórico, llegando siempre a la conclusión de que sus destinos históricos estaban entrelazados y que era grande su influencia mutua. Entre la primera y la segunda siempre existía atracción. Rusia veía en Europa un ejemplo a seguir. La clase política rusa comprendía bien que Rusia iba a la zaga de Europa, y esperaba poder eliminar este atraso con la ayuda europea. Para Europa, Rusia es un país inmenso, no siempre comprensible, pero muy rico en recursos minerales, un país que tiene una cultura original y un pueblo muy interesante. Además, Rusia es un gran mercado. Pero existían muchos aspectos que provocaban aversión mutua. Rusia tenía que luchar constantemente contra el empuje geopolítico de Europa: contra Suecia en la época de Carlos XII, contra Francia napoleónica, contra el Imperio Británico o la Alemania primero del Keiser y luego de Hitler. Y lo hacía exitosamente. La victoria alcanzada en la Segunda Guerra Mundial llevó a un fortalecimiento sin precedentes de las posiciones de la URSS - Rusia en Europa y, respectivamente, al aumento del miedo ante ella, lo cual contribuyó en gran parte a la consolidación del continente europeo.

Ni durante la guerra fría cesaron la influencia mutua y la interacción entre Rusia y Europa. Los comunistas soviéticos, al proclamar lo inevitable del triunfo del comunismo, lo pintaban partiendo en mucho grado de la realidad social, política y económica que existía en el Oeste de Europa. La opinión pública europea desempeñaba el papel de oposición política en la Unión Soviética, a falta de su propia oposición en ésta. Los derechos humanos, el respeto a la persona y a la Ley y las ideas del humanitarismo partían de Europa y se asentaban poco a poco en la consciencia de los intelectuales soviéticos. Por otra parte, las ideas de la igualdad social y la justicia, de las que hablaban tanto en la URSS, también causaban su impacto en la opinión pública europea.

Pero la Unión Soviética se deshizo. Sobre sus ruinas surgió un nuevo Estado: Rusia, la que desechó las ideas del comunismo, proclamó el rumbo a construir un Estado democrático de tipo europeo y adherirse a Europa, un rumbo a la europeización como forma de modernización de la sociedad y el Estado. Parecería, que tras ello se podría hablar de una nueva calidad de relaciones entre Europa y Rusia y olvidar los viejos temores, recelos y prejuicios. Pero no fue así.

Pese a que se hicieron numerosas declaraciones de que era importante y necesario desarrollar la cooperación mutua, se conservaba la desconfianza entre las partes. En la consciencia social de los Estados europeos se formó una imagen negativa de Rusia. Como una especie de portavoz de Europa, por la boca del cual se sonorizan los planes y ánimos auténticos de los políticos europeos, intervienen los Estados del mar Báltico, que aplican una política de provocaciones con respecto a Moscú. Sería ingenuo pensar que ellos, siendo miembros de la UE y la OTAN, actúan por sus propios entendimiento e iniciativa. Si fuese así, se podría simplemente no hacerles caso.

Pero es obvio que se los utiliza como un medio de presión sobre Rusia. Sus declaraciones gozan de un pleno respaldo en Europa, nadie los critica ni los hace parar. Es más, da la impresión de que determinadas fuerzas políticas, que gozan de mucha influencia en Europa, quisieran que Rusia pierda el dominio de sí y, según se dice, "se meta con ellos", porque entonces contra ella se podría utilizar estructuras de la UE, la OTAN y la OSCE, darle un papirote e indicarle su lugar.

Tales acciones provocan el crecimiento de ánimos nacionalistas y antioccidentales en Rusia, lo que a su vez frena el proceso de democratización de la sociedad rusa. ¿Para qué provocarlo? No se trata de que Europa mime a Rusia ni de que consienta las manifestaciones de la rutina, el tradicionalismo o la conservación de los residuos del pasado en ella. Pues de proceder así, sólo le haría un mal servicio a Rusia. Estamos esperando de Europa palabras sabias y bien sopesadas, pero no reprobaciones interminables ni recomendaciones altivas. Rusia choca con dificultades, pues atraviesa una etapa de modernización, como hubo muchas en su Historia, lo que exige de ella la máxima tensión de sus fuerzas. En los 14 años que han transcurrido desde el crac del comunismo y el desmoronamiento de la URSS se ha hecho bastante. Hoy vivimos en un país completamente distinto. Sí, se podría hacer aún más y evitar numerosos errores. Pero el vector de desarrollo de Rusia está trazado y no sale del marco de los valores europeos. ¿A qué se debe, entonces, tanta agresividad que se manifiesta con respecto a Rusia? ¿Dónde muestra Europa su faz verdadera? ¿En Moscú, donde se reunieron los Jefes de Estado y Gobierno de casi todos los países europeos para celebrar la victoria sobre el nazismo y se mostró unidad entre Rusia y Europa, o en las declaraciones de dirigentes de la UE que exigen en forma de ultimátum que Rusia pida disculpas a los países bálticos por la ocupación soviética. Primero, es inadmisible que se hable en tal tono con Rusia. Segundo, no había ocupación y Rusia no tiene de qué disculparse y no va a pagar ningunas compensaciones a los países bálticos. Rusia no debe nada a nadie. Es inútil intentar presionar sobre ella. Y si se sigue presionando y formulando ultimátums, ello sólo va a llevar a la reducción de las relaciones con la UE, la OTAN y con Europa en general, probablemente. No creo que eso le haga mucho bien a ésta última, ni tampoco hará bien a Rusia.

¿A qué se debe la agresividad de Europa? En la conferencia científica "Rusia y Europa" que se celebró a mediados de abril de este año en Polonia, uno de los participantes dio una respuesta clara y lacónica a esta pregunta.

"Nosotros (Europa) le tenemos miedo a Rusia. Sentimos miedo ante ella", dijo, y no podía decir nada mejor.

Europa le tiene miedo a una Rusia débil, porque el caos puede traspasar la frontera rusa, pero le tiene miedo aún mayor a una Rusia fuerte, la que va a hablar con su propia voz y, respectivamente, influir sobre la política europea. Una Rusia fuerte sería una rival geopolítica de la Europa unida. Muchos en Europa siguen enfocando a Rusia como a una potencial adversaria. Es por eso que la OTAN tiene por si acaso en disposición de combate 17 mil carros blindadosy 6 mil aviones. Claro está, que ese material de guerra no se destina para luchar contra los terroristas. Se trata de un argumento de peso en la conversación con Rusia.

Esa desconfianza - y hasta hostilidad - tiene que ser eliminada. Rusia es una civilización independiente y autárquica y no puede diluirse en Europa, sin perder su identidad. Pues ello significaría el fin de Rusia. Pero tampoco tendrá futuro si no coopera con Europa. ¿Dónde está la salida? Está en la renuncia a enfocar una a otra como rivales geopolíticas. Este juego en que nadie sale ganador sólo puede llevar las relaciones de Rusia y Europa a un atolladero y beneficiar sólo a aquellos que quisieran destruir la democracia y la cultura europeas.

Hace falta llegar a una componenda histórica, cuya esencia consista en dejar de considerarse tanto adversarias como rivales geopolíticas y empezar a edificar relaciones de aliadas. Para conseguirlo, sólo es necesario mostrar voluntad política.

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Boris Shmelev es director del Centro de Estudios Políticos de Rusia. (Agencia Rusa de Información “Novosti”, www.rian.ru)

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