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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Navajas escolares

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
lunes, 6 de junio de 2005, 01:21 h (CET)
De un tiempo a esta parte no hay día en el que al ojear los medios de comunicación no nos encontremos con la triste noticia de un caso de “bullying” o acoso escolar. Los matones de patio han existido siempre pero tal vez la sociedad está más concienciada y presta más atención a esta execrable exhibición de fuerza. En mi niñez y adolescencia, eso fue en el siglo pasado- hay que ver cómo pasa el tiempo- también teníamos compañeros, generalmente los peores estudiantes, que se dedicaban a zaherir a algunos condiscipulos. Generalmente elegían a sus victimas entre los más débiles ya que podían con ellos, a los que padecían alguna anomalía física como los más obesos o a los mejores estudiantes, a los que tenían una insana envidia. Pero las agresiones solían ser verbales y tan sólo a veces y en el patio del colegio se llegaba a las manos aunque siempre estaba al quite alguno de los curas que intentaban domesticarnos para terminar la pelea si hacía falta arremangándose las mangas de la sotana y soltándonos un par de tortazos y recetándonos a unos y otros, agredidos y agresores, unas horas de castigo contemplando las columnas del atrio escolar.

Yo, a pesar de ser del grupo de los buenos estudiantes, también llevé navaja. Era muy fácil entonces entrar en cualquier cuchillería y comprar una navaja automática, de aquellas que se abrían con tan sólo presionar un botón. Con ella en el bolsillo y vestidos totalmente de negro nos creíamos adolescentes como los de las películas de James Deán, Sal Mineo o Marlon Brando y presumíamos delante de las niñas. Pero tan sólo utilizábamos las navajas para ir, inocentemente, grabando corazones e iniciales en las cortezas de los árboles. Ahora, por desgracia, las navajas están prestas a salir de los bolsillos para buscar la carne del compañero o compañera de clase. El miedo se ha instalado en algunos de los centros de enseñanza de nuestro país que cada día que pasa van pareciéndose más y más a las escuelas que nos enseñan las películas yanquis. Piensen qué serían nuestros centros de enseñanza si aquí, al igual que en USA, la venta de armas estuviera permitida libremente. En todos los institutos de secundaria tendrían que instalarse arcos detectores de armas. Por desgracia y si toda la sociedad no toma conciencia de ello pronto esto puede ser una triste realidad.

Los adolescentes palestinos, aunque equivocados, se auto inmolan por una causa que ellos creen justa. Aquí, que se conozca, ya llevamos dos muertes: Jokin en Hondarribia y Cristina en Elda. Y todo ello en un plazo muy corto de tiempo. Nuestros adolescentes, en algún caso, prefieren la muerte que el martirio diario de tener que levantarse cada mañana y acudir a clase donde unos energúmenos, de ambos sexos, les hacen la vida imposible. Y mientras esto está ocurriendo al lado de nuestra casa todos miramos hacía otro sitio. Toda la sociedad es culpable de estos hechos y es la sociedad en pleno la que tiene que buscar las medidas para evitar que estos acosos continúen ocurriendo.

Los primeros que deben tomar conciencia y poner freno al “bullying” son los profesores. Ellos, aunque a veces cierren los ojos, son quienes más de cerca saben lo que está ocurriendo en sus clases y en los patios de sus escuelas y no se puede decir, como hace unos días hizo un profesor de L’Hospitalet que los niños sacan las navajas para defenderse porque es parte de su cultura. Si su cultura es la de las bandas y “maras” latinas es obligación de los educadores inculcarles otros valores. Pero también los padres son culpables. Es el hogar el primer lugar en que se deben inculcar ciertos valores a los niños y adolescentes y no se puede delegar en los enseñantes toda la responsabilidad ni se puede agredir y raptar al profesor, como ocurrió hace días en una localidad andaluza, cuando se expulsa de clase a un hijo por su mala conducta. Ese niño habrá salido envalentonado al ver la reacción paterna y ya habrá perdido todo el respeto para con sus maestros y condiscípulos.

Y, finalmente, toda la sociedad debe implicarse en esta lucha. Esto, como las agresiones a las mujeres, también es terrorismo. Debemos meditar sobre la educación, no ya en la escuela, sino en la vida, que estamos dando a los niños y adolescentes. Cuando los valores que se están transmitiendo desde diversos programas televisivos son que quien más grita en una tertulia tiene más razón y que el estudio no sirve para nada ya que el triunfo se alcanza a base de prostituirse para después ir a contarlo ante la pequeña pantalla estamos lanzando una serie de mensajes que en las mentes adolescentes en formación pueden llegar a ser letales. Un viejo profesor me decía que todo esto se curaba con buenas lecturas pero, desgraciadamente, hoy impera la cultura de la imagen. Todos tenemos la obligación de pararles los pies a estos matones de patio denunciando los casos que se conozcan tanto si están acosando a algún compañero como si les vemos destrozando el mobiliario urbano o rayando la carrocería de un coche por simple diversión. Si no lo hacemos seremos tan responsables como los vándalos que merodean por nuestras calles a su libre albedrío. Cuando las denuncias y el castigo consiguiente junto con el repudio de la sociedad les hagan ver que sus acciones tan sólo son fruto de su cobardía quizás reaccionen y no vuelvan a realizar esta clase de machadas.

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