Si muchos de los que se ríen de los animalistas y de sus pretensiones tuviesen el valor de ver el documental Earthlings, igual su ancha sonrisa les devenía en rictus de amargura. De las lágrimas producto de las carcajadas al llanto provocado por el dolor a veces sólo existe un paso, un simple paso: el saber. Sin embargo, qué sencillo es hacer humor del sufrimiento que se ignora y qué fácil desdeñar la posibilidad de conocerlo cuando siempre son otros los que lo padecen.
Sí, tal vez seamos el blanco de vuestras bromas y las palabras que pronunciamos os sirvan para elaborar chascarrillos con los que divertiros, pero pensad que no son tales burlas las que nos afectan, sino el analfabetismo que os retrotrae al yerro, al escarnio o a la condena que nacen de un oscurantismo escogido como filosofía de vida. No constituimos nosotros, también humanos, las verdaderas víctimas, y aquellas que sí lo son, creedme, permanecen ajenas a vuestra socarronería. Analizadlo bien y podréis entender que siendo origen, representáis asimismo el auténtico objeto de esas bufonadas que no hablan más que de vuestras propias limitaciones.
Al fin, señoras y señores tan sonrientes cuando nos escucháis hablar de ruedos, zoológicos, circos, laboratorios o mataderos, ese desprecio chancero que nace de idéntico lugar que las coartadas morales: la inconsciencia, tal vez desaparecería con unas pocas lecciones de realidad dejando paso a la reflexión ante el descubrimiento de la verdad, en vez de escoger la farsa de una ocultación que lejos de desvirtuar la sustantividad la esconde cobarde y miserablemente.
Un escepticismo y despreocupación similares acerca del exterminio nazi que alimentaban el negacionismo habitaron no hace tanto en muchas mentes bienpensantes, hasta que se difundieron las imágenes grabadas en los campos de concentración al finalizar la Guerra. ¿A cuántos no se les atragantaron en ese instante su flema del pasado y la palabra "exageración"?
Un título contiene no la única, pero sí una muy buena respuesta a tal actitud: Earthlings. Son sólo 95 minutos de su vida los que tendrían que dedicar a conocer qué ocurre con la de otros. Pero claro, esta vez se trata de diferentes especies, y estar dispuestos a pasar un mal rato en aras de la justicia o tener que analizar su conducta por algo que jamás les podrá ocurrir, es pedir demasiada ética y coraje. Y ahora, si así lo prefieren, sigan riéndose del movimiento animalista, que les juro que algunos seremos capaces de continuar llorando y luchando a la vez por los que ustedes ni ven, en una batalla que no sólo pretende liberar a los animales, sino también al ser humano de esa tendencia a la violencia ejercida sobre terceros más débiles de la que ha hecho gala durante toda su historia. Aunque para algunos fuese ayer y sea hoy motivo de tanta guasa.
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