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Opinión
Etiquetas:   Carta al director  

Orange nee

Eva Mateo Asolas
Redacción
sábado, 4 de junio de 2005, 06:31 h (CET)
Era un “no” esperado, o un “nee”, en neerlandés. Tres días después del rechazo de Francia al Tratado constitucional europeo, un porcentaje aún mayor de holandeses (63%) se ha acogido a esta misma opción. Aunque en este caso las razones sean diferentes.

En primer lugar, el año pasado, el asesinato del cineasta Theo Van Gogh, que había realizado un documental sobre las mujeres en el Islam, sacudió el país y provocó una oleada de rechazo contra los inmigrantes turcos y magrebíes, que son casi un millón en un país de 16 millones de habitantes. Por otra parte, los holandeses se resistieron a la desaparición del florín, y efectivamente, el euro ha encarecido mucho la vida en los Países Bajos, hasta el punto de llegar a hablarse de negociación a la baja en su paridad. El paro, que hace unos años era un fenómeno casi desconocido en Holanda es hoy del 6,3% y su crecimiento anual es inferior a la media. A pesar de ello, el holandés es el contribuidor neto más importante al presupuesto de una Europa, que, en el sentir de cualquier ciudadano de Ámsterdam o Utrecht, amenaza su identidad y les ha hecho perder peso en el continente. Finalmente, la defensa de una Europa más social y el temor a que asuntos aprobados en Holanda como la eutanasia, el aborto, la venta y consumo legal de drogas blandas o la adopción de hijos por parejas homosexuales fueran cuestionados por la Constitución europea, han llevado a su definitivo rechazo.

Por segunda vez en cuatro días, uno de los fundadores de la Unión Europea ha rechazado un texto que, de aprobarse, supondría dar un paso más en la unidad política de Europa. De los 12 países por donde la Constitución europea ha pasado, tan sólo España le ha dado un “sí” en referéndum y ello, con una escasa participación ciudadana, un nulo debate público y la consabida politización de fondo. Los demás lo han aprobado en su Parlamento. Hoy mismo acaba de hacerlo Letonia. Sin embargo, hoy el “sí” de este minúsculo y recién adherido país báltico resulta insignificante frente a la marea naranja del “nee”.

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