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El móvil

Joan Torres

viernes, 3 de junio de 2005, 22:03 h (CET)
Rojo, azul y verde. Tres colores para definir una adicción. El teléfono móvil. Para observar el fenómeno, basta sentarse a ver la tele. Al poco rato nos importunarán mil anuncios azules, rojos y verdes sumiéndonos en un éxtasis inalámbrico del que difícilmente podremos escapar. La pantalla de la tele se llena de risas, chicos y chicas jóvenes impolutos, todos a la última, sin problema alguno que, aparentemente, se comunican sólo con sus celulares, aunque están uno al lado del otro. La banalidad y lo accesorio se contemplan ya como valores respetables, cuando, en realidad, el vacío reina. Qué tiempos aquellos del telégrafo. Ah... aquellas señales de humo.

Lo cierto es que el fenómeno de la telefonía móvil se mide por la enorme popularidad del aparatito, no por el precio de cada uno. Todo el mundo tiene, da igual lo que valga. No en vano, existen más teléfonos móviles que fijos en nuestro país. Sin embargo, prevalece cierta creencia popular que otorga una supuesta benevolencia a las tarifas vigentes. Mandar mensajes sin control y llamar sin preocuparse del tiempo o la franja horaria son actitudes a la orden del día. Un clásico: "¡Ofertón! este mes los mensajes a mitad de precio" Pues mando cuatro veces más. La sorpresa llega en forma de un preocupante "No hay saldo suficiente" si uno opta por el modo prepago. O una cifra de tres números que golpea al tecleador compulsivo si se opta por la modalidad contractual.

El dispendio incontrolado se reproduce claramente a mayor escala cuando la conversación se mantiene entre un móvil y un fijo ya que las tarifas no están normalizadas, para beneplácito de las compañías. El polo negativo atrae al positivo, es el lado oscuro de la fuerza. Pero el mayor logro de estas multinacionales es hacer creer al usuario que pertenecen a una compañía con mejores tarifas, mejor cobertura, mejor atención al cliente, etc. Aunque realmente éso es otro tema. ¿Realmente hay alguien ahí? ¿o sólo son máquinas? Pulse 1 si desea información sobre contratos, pulse dos si desea hablar con un operador. Dos. No hay ningún operador disponible, espere por favor. Lalalalalaaaaa liiiliii tiririririruuuuri. Música y más música. Es la dimensión desconocida. Después de doce minutos en espera cuelgo. Será una tapadera, digo yo.

Lo mejor de los móviles actuales es que para aumentar el mono de los clientes, las compañías incluyen mensajes multimedia, politonos, sonitonos, cámara de fotos, bluetooth (¿alguien sabe qué coño es?) y videojuegos que difícilmente superarían en gráficos o jugabilidad al carpetovetónico Gauntlet. Una puta serpiente y un punto. Y ya está. Fotos con calidad de culo. Y melodías similares a los organillos que teníamos cuando éramos pequeños. Pero estas aplicaciones de menos de 200 kb calan, y de qué manera. Mi asombro aumenta. Aquí se demuestra la efectividad de los métodos publicitarios, dirigidos a imberbes y otros más talluditos. La tolerancia disminuye y la resistencia es inútil. Más me asombro al superar mi propio récord del blackjack. Low battery, dice.

De todas maneras, debo confesar que también soy adicto al móvil y lo odio, como tú, pero una de las mayores alegrías que me ha dado el 2005 me costó 15 céntimos. Fue día 1 de enero. Y rimaba con 2005. Curioso. Consternado, me retiro hacia mis aposentos pensando en si sufriré una malformación testicular cercana a la elefantiasis, o si mi futuro hijo se comunicará con la familia mediante politonos por haber llevado el móvil al lado de mi huevo derecho durante tantos años. Para quedarme más tranquilo, me haré una foto del falo y se la mandaré a mi grupo de amigos por sólo 0,2 céntimos el mensaje, a ver qué me dicen. Les dejo que aquí no tengo cobertura.

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