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Etiquetas:   Bromas aparte   -   Sección:   Opinión

Un poco de savoir-faire

Ezequiel Estebo
Redacción
martes, 31 de mayo de 2005, 22:55 h (CET)
Decir que no a lo que uno mismo redacta y propone. Decir que no a lo que le favorece y hacer decir que sí a los que perjudica. Ironías varias. Concesiones al humor en segundo plano y primeros planos descentrados. Así va el mundo.

Un mundo curioso, extraño, extravagante. Hilarante a veces, trágico otras. Confuso. Un mundo sin ningún principio, o con demasiados. Un mundo sin memoria, o con demsiadas. Un mundo sorprendente. Por lo decepcionante, por lo maravilloso.

Y ¿qué? ¿Qué hacer? Dejar, vivir, sonreír, llorar... Pasar... O no pasar. Que el dilema Shakesperiano tiene muchas versiones y ninguna más cierta ni menos. ¡Qué contradicción!

Descartes dijo en su Discurso del Método que el sentido común es más común de los sentidos, porque cada uno cree tener del mismo lo conveniente; y añadió entre mordaz y sagaz que por tanto no parece que todos estuvieran equivocados en ello. Genial Descartes, sin duda. Pero lo que no dijo Descartes es como se podía medir el sentido común. ¿Qué es sentido común? Ese es quiz de la cuestión. La enjundia del tema. C'est là. Y no seré yo quien intente resolverlo.

Pero hoy, no sé bien porqué, la ventana de mi habitación está abierta, es de noche, sopla una ligera y tibia brisa y se escucha el murmullo que atraviesa las calles desde las casas cercanas, me invade una sensación extraña. ¿Estamos cambiando el mundo? ¿Para bien?

De las muchas cosas que se pueden afirmar de este siglo que hemos estrenado hace nada es que presenta muchas más incógnitas que las que se consiguieron resolver en el pasado. De hecho, el pasado más bien resolvió pocas cuestiones sociales. Planteó muchas incógnitas y pocas buenas ecuaciones en las que meterlas.

En el siglo XV el mundo, con todos sus defectos, gozaba de una completa socialización en la que los roles estaban perfectamente aprendidos. Hoy, con muchos más conocimientos, muchas más información y libertad, afortunadamente, podemos cambiar los roles sociales a nuestro antojo, podemos manipularlos, aceptarlos o rechazarlos o hacerlos a medida de las necesidades.

Pero, ¿es esta libertad un valor añadido en la sociedad o sólo un reclamo publicitario de vendedores de aire?

La libertad, la tan manida y adorada libertad, constituye la esencia misma del hombre. La capacidad de decidir, de responsabilizarse y asumir sus actos. Interiorizar una idea, hacerlo un principio que rija su vida y determinar qué tan caro le resultará renunciar a él. La libertad sirve para comprenderse, aceptarse y aceptar a los demás; porque no existe una verdadera libertad sin tolerancia ni respeto. Pero si por tolerancia entendemos dejar hablar a cambio de callar, dejar que se grite a cambio de ponerse tapones para no quedar sordo; eso no es libertad, es cobardía y es esclavitud.

En los últimos tiempos hemos asistido a un proceso de desvirtuación de los valores sociales de la familia, de la amistad, del honor, la ética y la moral de tal calibre; que ¡cualquiera diría que todos nosotros procedamos de una sociedad que se sustentaba en dichos valores! Pero así las cosas, se hace de lo atípico, lo normal; de lo escepcional lo paradigmático y se intenta imponer la idea de que la tolerancia consiste en dar vistos buenos indefinidamente; cuando en verdad, la tolerancia consiste en respetar, no en tragar. ¡Tu, tolerante! ¡Traga, tómatelo! No es eso. La tolerancia no es eso; y así entendida no hace una sociedad mejor, sino una sociedad gobernada por los que más gritan y por ende una sociedad a la postre, de sordos.

Si a alguien hace algunos años le hubieran dicho: "siéntese y negocie con quien lo quiere ver muerto", este alguien probablemente hubiera tomado a su intelocutor por un tarado y una persona despreciable. Claro que en ese tiempo, igual se hubieran cruzado los sables o los tiros de pistola por un sentido del honor un tanto exacerbado. Pero ni tanto ni tan calvo. Ser derrotado no ya en el honor, sino en la dignidad es la peor de las derrotas del hombre, porque sin dignidad nada le queda a uno, ni palabra ni principios ni esperanza.

Voy a cerrar la ventana un poco porque empieza a soplar una brisa algo más fresca, desangelada. Ojalá la próxima noche que las voces de la gente en sus casas lleve mi pensamiento a errar por el aire, vea que algunas corrientes han vuelto a sus naturales cursos.

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