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Hostias con Visa

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
domingo, 29 de mayo de 2005, 23:08 h (CET)
Hoy, domingo, en la mayoría de ciudades españolas se celebra el día del Corpus Christi. Ya han pasado aquellos tiempos lejanos en los que había tres jueves en el año que relucían más que el Sol, siendo uno de ellos el día del Corpus Christi. Cuando se hizo necesario remodelar el calendario laboral se pasó esta celebración al siguiente domingo quedando, tan sólo, como celebración en jueves las festividades de Toledo y Sevilla. Los demás a procesionar en domingo por real decreto. Esta fiesta del “cuerpo de Cristo” ha estado relacionada siempre con las primeras comuniones. Que los niños comulgaran dicho día fue siempre un ansia de las familias. Era como si el resto de días la hostia blanca que simboliza para los católicos el cuerpo de su Redentor no tuviera el mismo valor. Hoy toda aquella parafernalia de las antiguas comuniones ha quedado relegada al cajón del olvido. Mis recuerdos de aquella fecha, ya hoy lejana, son una catequesis donde a los chicos nos sentaban a la derecha y a las chicas a la izquierda, un examen de conciencia en el que mi mayor perturbación era saber si era pecado haber rozado el culo de Amparín mi amor platónico de entonces, una confesión ante el viejo D. Manuel de cuya sotana color ala de mosca emanaban efluvios de cocido y una noche entera sin dormir por culpa de un ayuno de doce horas impuesto por la Iglesia para poder tragar aquella oblea blanca que, milagrosamente, se convertía en el cuerpo de Cristo. Ya después de comulgar, una taza de chocolate con los amigos y a jugar a la calle. Hoy las comuniones, como todo, han evolucionado a la sombra de las tarjetas de crédito.

Las comuniones, como las bodas, se han convertido en una fiesta social. La verdad es que lo religioso ha quedado apartado, por mucho que se celebre en un lugar de culto y que la Conferencia Episcopal se quiera adjudicar a los asistentes como fieles de su idea. Lo importante ya no es engullir, por primera vez, el cuerpo del Salvador. Ahora lo que importa es tirar la casa por la ventana y aparentar aquello que no se es. Los directores de las sucursales bancarias de los barrios más modestos tienen estos días trabajo extra acordando o denegando créditos personales para pagar los gastos de la primera comunión. Hasta La Caixa ha sacado una Visa Primera Comunión donde el cáliz y una espiga autorizan a sacar dinero de los cajeros automáticos y quizás hasta garanticen un pedacito del cielo de la usura bancaria.

Según un estudio hecho por la Confederación Española de Consumidores y Usuarios (CECU) el gasto medio por comunión es de 3.000 €, un 25 % más que hace cinco años. Esto demuestra que lo de menos es el hecho religioso de recibir a Cristo. Lo que impera es el boato social. Las niñas disfrazadas de pequeñas novias y ellos con trajes llenos de charreteras imitando a viejos almirantes de la Armada o con un hábito blanco de frailecillo en ciernes. Los padres y madres encorsetados y encorbatados como nunca fueron, tíos, abuelos y demás parentela todos van de la misma guisa. El banquete, las fotos, los regalos. Toda una parafernalia donde nadie recuerda la parte religiosa del evento. Y la Iglesia no es ajena a ello. Cuando los cepillos no se llenan por los medios tradicionales hay que buscar nuevas vías de financiación y algunos párrocos han encontrado un chollo en las exclusivas fotográficas. Antes sólo era en las bodas, ahora también en algunas comuniones se impide a los familiares realizar fotos ya que la exclusiva la tiene el fotógrafo que paga, religiosamente, su comisión al encargado del templo. Jesús, siendo adolescente echó a los mercaderes del templo, pero si ahora volviera entre nosotros quedaría escandalizado al ver cómo sus representantes se han convertido en meros comerciantes. En el siglo XXI las hostias vienen envueltas en una visa y quizás pronto tengamos comuniones por lo civil para no discriminar a unos niños de otros y que todos tengan su fiesta y sus regalos. El negocio es el negocio.

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