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Deshonor

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 29 de mayo de 2005, 05:11 h (CET)
El deshonor es inherente a la sociedad desde los siglos de los siglos. Ya lo dijo Séneca unos cientos de años antes de Cristo, en su visión filosófica de la sociedad humana: “Somos malos y vivimos entre malos. Una cosa puede darnos quietud: la tolerancia.”

El honor y el deshonor están a medio camino entre la libertad propia y la que se toman los otros, entre el respeto mutuo y la intolerancia. En los últimos tiempos nos sorprende exageradamente que el hombre maltrate al hombre en todas sus macabras formas, escuchamos esas crueles noticias ampliadas por el ámbito mediático de la voz amarilla. Continuamente se sucede el maltrato de ancianos, de mujeres y niños. Curiosamente, los mismos grupos de edad o condición que desde siglos se han respetado en cualquier altercado, desastre natural, accidente o conflicto.

Nos golpea el corazón con fuerza cuando un viejo, sólo por serlo, no recibe en una residencia o por sus familiares el mejor de los cuidados, cuando su futuro de higiene, alimentación y sanidad está supeditado a gentes sin entrañas que de todo hacen lucro o negocio, buen negocio para ellos pero malo para su invisible honor, pues lo perdieron.

Nos duelen los oídos al escuchar los datos escalofriantes del acoso moral en las aulas que encamina a los adolescentes al suicidio. Deshonor de menores, vulnerables en su personalidad, pues les lleva a no soportar el maltrato físico y/o psicológico, en un sistema educacional donde el profesor es el primero que se intenta salvar porque al igual que el médico está enjuiciado y sin autoridad de puertas hacia dentro o hacia fuera del hospital o centro, atado de pies y manos junto a sus doctorados, cátedras o maestrías. Ya lo dijo el filósofo griego Pitágoras de Samos: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres.”

Nos escuecen las retinas cuando jóvenes universitarios violan a bebés para lucrarse y regodearse en esta sociedad global del deshonor donde a nada ni a nadie se respeta, donde fracasa una gran parte de la juventud, porque fracasan los valores y todo, como decía Albert Camus: “Si un hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo.”

Se nos envenena la sangre cuando en otras culturas distintas a la nuestra, pero iguales en deshonor y decadencia, un padre viola a su hija menor quien queda embarazada y su propio hermano la asesina para limpiar la mancha de familia, teniendo la desfachatez esa cultura de llamar al horrendo delito “crimen de honor”, pues honorífica e impunemente así les será recordado.

Y nos duele el alma y la razón cuando un hombre acuchilla a su mujer o compañera por venganza cada semana, y nos acostumbramos a ver la sangre de su entierro, sufriendo el deshonor del desamor y la desgracia. Alguien, de forma anónima, dijo un día: “El hombre es el único animal que ensucia el agua de la cual bebe, quema el árbol que le da sombra y mata sin tener hambre.”

Es el deshonor calderoniano elevado a la máxima potencia en un teatro real del siglo XXI que nos expone en sesiones continuas los fallos de perversión y las limitaciones del ser humano.

Y por si fuera poco, se publicita a los cuatro vientos sensacionalistas por si quedaba duda del asombro general, de la rabia contenida, de la impotencia y vergüenza de ser persona. Así, con el corazón golpeado, con los oídos doloridos, con la sangre envenenada y con dolor en el alma y la razón hastiada, sólo podemos pedir al hombre educación y justicia porque el deshonor avanza y es de todos.

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