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Etiquetas:   El espectador   -   Sección:   Opinión

Empezó el diálogo

Jorge Hernández

viernes, 27 de mayo de 2005, 23:06 h (CET)
Zapatero debería saber que con los criminales y los delincuentes el diálogo no es cosa factible,ya se lo han avisado esta semana los terroristas con una bomba en una céntrica calle madrileña, pero dado que nuestro presidente del gobierno es contumaz en el error. Le desgranaré muy brevemente en qué consiste eso del diálogo en la vida política y en la democracia.

El problema principal al que se debe hacer frente es que cuando se habla de diálogo lo que se pretende, en realidad, es una negociación. El diálogo con los políticos nacionalistas no lleva más que a una superposición de monólogos, porque su ideología es una religión secular y su patria no está escrita en el parlamento, sino en las estrellas. A veces el diálogo resulta superfluo. Todos sabemos en qué consiste el imaginario nacionalista. Si a los nacionalistas vascongados le diera por reviidicar como parte de su arcadia parte del territorio lunar habría que partir de la base de que el diálogo no sería posible.

Hay valores que aunque Zapatero se empeñe no se pueden negociar sino sólo defender. Se oye estos días al PSOE alabar la política del consenso; se leen discursos sobre las excelentes virtudes del diálogo; se resalta el talante cívico de la calle, siempre al acecho, siempre vigilante, siempre ilustrada, siempre dispuesta a no dejarse arrastrar por el huracán caliente de los acontecimientos; incluso se oye criticar airadamente el rodillo de toda mayoría absoluta, carente, al parecer, de espíritu democrático

Es cierto que en una sociedad plural resulta necesario mantener lo más abierto posible el espíritu de diálogo y de respeto a las diversidades políticas y culturales, pero también es cierto que la filosofía del consenso no debe trivializarse ni servir de lanza para sacar de esceena a un adversario que defiende su programa y sus convicciones mediante procedimientos democráticos. La democracia es el régimen basado en el ejercicio público de la razón, no la manipullación insidiosa de la realidad como hace repetidamente el gobierno socialista en el poder.

Pero hoy Zapatero quiere subvertir el consenso radical de nuestra democracia y mediante la abolición del principio de soberanía nacional pretende llevar a España a una fase revisionista cuyo objetivo es, como mínimo, el Estado confederal. Así lo entendieron todos los consejeros del Gobierno catalán que se negaron a prometer o jurar acatamiento al Rey y la Constitución cuando tomaron posesión de sus cargos en el gabinete de Maragall.

El arte de la política no tiene por qué ser el arte del camaleón. En las democracias no todo tiene por qué ser negociable. Existen principios que no pueden dejarse de lado sin provocar el declive de la convivencia. Son estos el valor primario del individuo y la razón. Son también los valores fríos de la democracia: las formales garantías jurídicas, la observancia de las leyes y de las reglas.

El problema está en ese ignominioso malentendido socialista según el cual el gobierno y el derecho tendrían que adecuarse pasivamente al grito de la calle y en una gramática lingüística, conceptual y ética basada en palabras fetiche bien acogidas por el público.(demagogia). El problema reside en olvidar que un partido político es un canal de opinión pública que sólo hace justicia a su electorado si respeta el programa, no si lo pasa por la btidora para obtener un batiburrillo de consensos. El problema está en que cuando se habla de diálogo lo que se pretende, en realidad, es una
negociación: el diálogo se establece para convencer o ser convencido con argumentos racionales mientras que la negociación es la pugna por la ganancia, aprovechándose de las circunstancias y sin excluir el chantaje.

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