Su país, lector, hace tiempo que no existe, que sólo es un espacio de algún color sobre un mapa o un área de control entregado a un testaferro de quienes verdaderamente tienen el poder. La democracia, lector, lo mismo que los derechos o eso llamado libertades, son cuestiones ornamentales sin utilidad porque carecen de opción real de rebeldía y, mucho menos, de capacidad de organización en una dirección distinta de la que ordenan los mass-media, que son los unificadores del pensamiento colectivo, la voz susurrante del poder que indica a la ciudadanía sobre qué o sobre qué no debe hablar u opinar o preocuparse, la que dicta lo que está bien o mal, lo que es correcto o incorrecto y qué es plausible o qué reprobable. Su país, y también pronto su familia, hace tiempo que no existen, porque el empeño de ese poder es la individualización, la desintegración de toda base organizativa para que los individuos no puedan mostrar resistencia alguna a los dictados que van a ir implantando cada día a velocidad más vertiginosa.
Puede usted creer lo que quiera, pero la Historia demuestra que el poder sólo ha respetado a los fuertes. Sus derechos laborales, sin ir más lejos e independientemente de que pueda usted ser hoy un próspero empresario o un rentista, fueron logrados por una masa unida que le dijo al poder: “o me das lo que pido o te arraso el país”, y quemaba una ciudad para demostrar su fuerza o hacía inhabitable un Estado. Fue la fuerza, en los distintos episodios de la Historia, los que, a veces a un costo en vidas elevadísimo, consiguió que se respetara a los débiles, porque supieron entender que en la unión estaba su fuerza, en aunar sus fines o, como dirían los místicos o los esotéricos, en crear una potente cadena magnética.
El poder, el verdadero poder, quiere poner punto final a esta etapa de bienestar y derechos conseguidos que vivimos porque desea implantar un nuevo orden, al modo y manera como en sus momentos de la Historia reciente, a media que fue cobrando potencia después de la II Guerra Mundial, fue implantando dictaduras o democracias, inventando enemigos potentes o magnificando a los enemigos insignificantes que tenía (URSS, Iraq, entonces, y hoy Venezuela, Rusia, Irán, etc.), y creó primero el crédito y las hipotecas, y luego exacerbó los placeres, que siempre son individuales. Una vez endeudada la población hasta los límites de la supervivencia, y acomodada a unos placeres que le hicieron olvidar la naturaleza mitad de su esencia –la espiritual-, el trámite para iniciar las reformas estaba conseguido, porque nadie podría oponérsele, especialmente si hacían la sociedad irrespirable. Lector, nadie que esté luchando por su supervivencia, porque no le quiten la casa, por llenar el estómago o por seguir sintiendo que su vientre se hila de sensaciones producidas en las horcajaduras, tendrá ojos para ver qué se esconde tras esta falsa crisis inventada o para razonar qué propósitos está culminando ese poder que desea implantar un nuevo orden en el que los ciudadanos no son más que meros esclavos, donantes de órganos o materia tributaria, y tanto más cuando las organizaciones que le condujeron a donde están –partidos políticos u organizaciones sindicales- están tan corruptas y tan vendidas que no se puede ya creer en ellos. El hombre, el ciudadano, solo consigo mismo ante el monstruo del sistema, ya sólo puede aceptar lo inevitable, pues que gruesas cadenas le inmovilizan los pies y su voz carece ya tribunas.
El poder decretó la pobreza de las masas hace años, usando a los hombres contra los hombres, multiplicando las inmigraciones y favoreciendo el comercio con el Tercer Mundo no para que éste progresara, sino para que involucionara el Primer Mundo. Al mismo tiempo –ya lo sabe si leyó alguna de mis últimas novelas, las cuales dieron el salto de lo exclusivamente literario a la denuncia literaria-, emprendieron una campaña de demolición de las fes y los credos (religiosos y políticos), de promoción de los vicios y defectos, de confusión de los sexos y lo sellaron todo con el sacrificio humano de los inocentes, en un pacto de sangre colectivo. Usted, lector, sabrá perdonarme –y si no lo hace, mire usted qué pena- por no ser políticamente correcto en un orden en el que no creo, pues que pienso que la verdad no admite componendas, ni siquiera las del lenguaje: al pan, pan; y al vino, vino. Si estoy en un error, por favor que alguien explique dónde se fueron los cerca de doce billones (europeos) de euros que llevan invertidos los poderes en ayudar…, no se lo pierda, ¡¡¡a los que produjeron la crisis!!! ¿No le parece raro, de veras?..., ¿y no le parece todavía más raro que un crimen semejante –millones de parados, millones de empresas quebradas en todo Occidente, suicidios a mansalva, pobreza a raudales, impuestos de locura, etc.-, no tengan ni un solo –fíjese bien, ni uno solo, digo- culpable?... Vamos, que si usted cree eso, lector, hágaselo ver, porque está usted grave, palabra.
En esta tesitura no estaría de más que cada uno de nosotros, antes de aceptar por bueno esta campaña de sometimiento global, se distanciara un poquito de la realidad apabullante de su cada día personal y procurara ver el conjunto con un poco de perspectiva, analizando dónde están sus partidos –y si son fieles a sus propias doctrinas… ¡¡¡con hechos y no con palabras!!!-, si realmente le han sisado hasta a su Dios, si el poder no se ha metido incluso en su casa lo mismo para quitarle sus dineros que para ordenarle cómo debe educar a sus hijos o cuidar su salud en este mundo infecto, y si lo está convirtiendo en una especie de autómata que se mueve a impulsos de placeres efímeros, deportes de masas corderiles y vicios autodestructivos. Una vez hecho esto, si es que se anima a hacerlo, lector, valore por sí mismo si le merece escuchar siquiera al político de turno, votarlo, dejar su dinero en el banco para que sigan viviendo los sinvergüenzas de siempre o seguir siendo un ciudadano ejemplar, o si, por el contrario, tal vez le interesa buscar algo de la fuerza que no tiene uniéndose a los que están en su situación para obtener la fuerza que necesita para resistir o, como dirían los místicos o los esotéricos, crear una cadena magnética que le permita enfrentarse con el mal que nos domina… y sobrevivir.
Usted mismo: fuerza rota, o bienvenido a la Fuerza. Es la hora de determinarse.
HASTA AYER NO HABIA LEIDO NADA SOBRE SOBRE USTED,PERO A PARTIR DE AHORA LE LEERE TODOS LOS DIAS.POR FIN ENCUENTRO ALGUIEN COERENTE Y TIENES MAS RAZON QUE UN SANTO, ERES UNA BRISA FRESCA, QUE PENA QUE SEAIS TAN POCOS OPINANDO Y NO FUERA UN HURACAN, PORQUE NOS HACE FALTA UN HURACAN PARA DESPERTAR Y LO PEOR DE TODO ES QUE EL PODER NOS LO VA A DAR, ESTE TAMBIEN HA CORROMPIDO EL PERIODISMO Y SOLO SE OYEN OPINIONES PARTIDISTAS Y NO OBJETIVAS.
ENHORA BUENA POR LO QUE ESCRIBES, ESPERO QUE TE SIGAN DEJANDO HACERLO Y A MI LEERLO.
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