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Etiquetas:   Cesta de Dulcinea   -   Sección:   Opinión

Radio directa

Nieves Fernández
Nieves Fernández
domingo, 22 de mayo de 2005, 04:21 h (CET)
Cuando se tiene la posibilidad de asistir a un programa de radio en directo y éste es de tres horas de duración, tiempo da, a pesar de su interés, de recordar viejos aparatos y programas cuando hace años, en un alarde de imaginación y lógica infantil, situábamos las sonoras voces dentro del achatado mueble de rejillas cercano a los abuelos, voces emitidas quizá por “hombrecillos parlanchines” y “enanitas chillonas”, léase locutores, que seguramente debían tener instalados allí sus minúsculos hogares en medio de los cables de colores, en una pequeñísima ciudad electrónica, lo cual daba idea de otro tipo de magia radiofónica. Los niños de antes éramos así, eso pensábamos cuando, con gran curiosidad, mirábamos de reojo los entresijos de la caja parlante.

La radio de hace décadas, como la mayoría de los medios de comunicación, ha evolucionado para bien, pese al pesimismo inicial que pudo hacer pensar que perdería audiencia al competir con la imagen mediática. La radio prevalece con sus distintas voces porque el sonido acompaña e importa en cada coche, en cada hogar, en cada fábrica o empresa y no pierde la magia, no ya la infantil sino la otra, la de escuchar y ser escuchado, la de oír y ser oído. La importancia del audio en nuestras vidas es tan fundamental, y eso bien que lo saben los deficientes auditivos, que si en un televisor falla su secuencia sonora, por puro experimento momentáneo o avería, se hace más necio el canal de la llamada caja tonta, independientemente del producto visceral que en ese momento grite con imágenes o con palabras calle. No ocurre así en la radio, pues con imaginación y descripción detallada se hace entender para todos los públicos. Entonces la cajita, la otra, la de la radio, la emisora de voz cual cadena gigante, que para eso se crecen las minicadenas con el mejor sonido, la cajita que albergara en la niñez los ecos infantiles, se hace inteligente, directa y cercana. Y ahí reside su gran poder mediático, en la voz que se impregna en nuestros poros, con su intención de onda al apretar un sencillo botón para la audiencia, aquí nunca mejor dicho o expresado.

Sin embargo, la radio a veces, incluso sin necesitarlo, pues de alguna manera rompe con la imagen idílica que de ella tenemos, se acerca al oyente o escuchante en un teatro, en un paraje aparentemente aislado de sus ondas o en cualquier salón de actos donde sabe que el público es real, que aplaude, es como si necesitara palpar y comprobar su audiencia en una cercanía de voces y murmullos, necesita investigar in situ que alguien escucha tras el frío micrófono, que la gente está ahí oyendo el argumento, la historia que de otra forma no confirma que ha sido escuchada, aunque así se lo aseguren los estudios del ranking.

En este tiempo en el que predomina la imagen, la radio vive y sobrevive hablando y escuchando, buena labor y difícil de hacer en cualquier foro. Sus ojos son nuestros oídos, nuestros ojos su voz para imaginar a locutores muy cerca, apiñados en una amigable reunión de tertulianos. De vez en cuando, la voz de alguno se te hace fresca, jovial y saludable y hasta intentas buscarle un físico acorde a su tonillo. Te parece que sus voces amigas pululan por tu casa, impregnando los techos y paredes con su buena dicción, parece que son tuyos sus argumentos al hacerse domésticos. Cierto es que a veces, estos experimentos de radio defraudan, no olvidemos que no hay maquilladores ni asesores de imagen, ni créditos finales que firman vestuarios, no existe maquillaje para la voz, es un sonido humano y orquestal junto a un vaso de agua, es la voz que nos sale, y sale como sale, cercana, espontánea, risueña, imparcial, enérgica o indignante. No habría que buscar imágenes para la voz de cualquier emisora de radio, ella es directa, es la voz que no enmudece a cada minuto para insertar eternos mensajes disuasorios del rico mercado publicitario. Es inteligente, directa, auténtica, y además lo sabe.

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