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Etiquetas:   Sálvese quien pueda   -   Sección:   Opinión

La línea

Joan Torres

sábado, 21 de mayo de 2005, 05:51 h (CET)
Hace una semana vinieron los príncipes Felipe y Letizia a visitar mi tierra, las Islas Baleares. El alboroto mediático habitual se duplicó con la preñez real y rápidamente apareció el tema de la sucesión. Sea niño o niña, ocupará el segundo puesto en la sucesión al trono, justo después de su padre. ¿Se imaginan estar obligados a trabajar de lo mismo que su padre?

El artículo 57.1 de la Constitución establece que "la Corona de España es hereditaria en los sucesores de S.M. Don Juan Carlos I de Borbón, legítimo heredero de la dinastía histórica". Con esta disposición de la Carta Magna se niegan dos libertades fundamentales. Por una parte, la libre elección de los dirigentes, rijan (el país) o no, por parte del pueblo soberano, porque si el pueblo paga sus "realezas" con sus impuestos debería poder imponer su soberanía, ¿o acaso la dinastía real funciona mediante un subcontrato del gobierno? Cuyo sueldo, por cierto, volvería a emanar de los contribuyentes. Por otra parte, se le niega el libre albedrío al príncipe Felipe. Imagino que nadie duda sobre su obligada y al mismo tiempo voluntaria actitud hacia el trono: perpetuarlo, reinar los años que sea posible y servir a la patria, o sea, el clásico cartelito de los cuarteles "Todo por la patria".

Sin embargo, ¿alguien se ha preguntado si ése hubiera sido su deseo en el caso de haber podido elegir? Cabe la posibilidad que el príncipe hubiera optado por una vida de retiro espiritual, de anacoreta en un bosque húmedo, oscuro y lejano, rezando a Dios y asumiendo los votos de castidad -nada de Letis, my friend-, humildad -se acabó el yate y Marivent-, y otros dogmas ciertamente incomprensibles a mi modo de ver las cosas. También se podría haber sumergido en los bajos fondos y ejerciendo de proxeneta y camello, convertirse en un ser anónimo del lumpen comerciando con cuerpos y una aleación de vegetales y química que harían las delicias de los clientes y, ¿por qué no?, las suyas también. Pero no, la línea sucesoria lo dice bien claro, si tus padres son reyes, de aquí no te escapas. Pobre Felipe, debemos compadecerle, nosotros sí hemos podido elegir y no queremos ni palacios, ni libretas sin fondos.

Analizando el tema a fondo, he pensado en una opción mucho más democrática para perpetuar la dinastía. Consistiría en la rotación de la susodicha línea. Se llamaría La ruleta de la Corona. O Nacer y reinar. Básandose en el algoritmo del pilla-pilla-te toco y lo llevas, el rey tendría que entregar la corona a cualquier ciudadano español. Es decir, una sucesión al azar, que todos los súbditos ibéricos e insulares pudieran optar a un año de saludos a las multitudes, asueto real -verdadero y monárquico-, inauguraciones, viajes gratis al extranjero y, como no, el cargo de Jefe de Estado. Eso sí, la princesa Letizia no seria un accesorio del trono, cada uno se tendría que buscar la suya, o el suyo, si designara a una mujer. En este caso, seguro que le tocaría o a Pilar Rahola, o a Paz Padilla. Ojalá.

Como es muy posible que no se lleve a cabo esta fantástica concepción de la línea sucesoria a la que he llegado después de documentarme durante años, optaré por el republicanismo pasivo al que mucho me temo que optan también una gran parte de los habitantes con nacionalidad española. No creemos necesaria la figura del Rey, pero como es simpático, no molesta y saludaba a los de Caiga Quien Caiga, pues ¿qué más da? ¿no? Pues no. Ni corona, ni trono, ni yate, ni visita oficial. ¿O sí? ¿O es que en realidad la sociedad está repleta de enfervorecidos monárquicos juancarlistas y felipistas anclados en una institución medieval? Si es así, no puedo decir nada más que "Viva el Rey manque pierda". ¿O no era así?

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