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Etiquetas:   Códice Ivanla   -   Sección:   Opinión

La trémula carne de Goya

“El verdadero arte es crear. La más sublime de las creaciones es la Vida. Basándonos en estos principios incuestionables, no hay duda alguna. Los seres humanos somos mediocres titiriteros para crear Vidas y excelentes artistas para dar Muertes"
José Luis Palomera Ruiz
jueves, 23 de febrero de 2012, 08:09 h (CET)
Anoche -noche de Goyas- caminaba, extraviado de magna urbe, alimentando mi gélido cuerpo del efímero calor que las heladas farolas dejaban escapar de sus nidos de luz a través de sus almas cristalinas.

Madrid, todo Madrid, con su intenso frío de Febrero es demasiado gélido para un solo cuerpo, aunque el mismo se halle en fase onírica. Fue por eso, supongo, por lo que miré largo y tendido, a través los recovecos que dejaban los copos de nieve al caer, a lo cerca y a lo lejos de la frondosa calle, en busca de un lugar donde poder resguardarme del intenso frío…

No muy lejos me pareció visualizar un portal que parecía abierto, y sin dudarlo puse pies y esperanza hacia el mismo.

Una vez alcanzado el objetivo, empujé la pesada puerta de madera que daba entrada al viejo edificio que antaño, sin duda, departía con los Serenos, y esta se fue, con idéntica pauta que los chirridos que salían de sus oxidados goznes, abriendo.

Una vez me asomé al umbral me di cuenta de que no estaba sólo.

-¿Puedo pasar?- pregunté.

Aferrado a su sombra, el desconocido inquilino levantó su mirada y con voz fúnebre me dijo:

-Pase, pase usted, que siendo este portal tan grande, sin duda, dos abrigan más que uno solo, calores y esperanzas.-

Una vez dentro, cerré el portón, dirigí la mirada hacia la fisonomía de mi compañero de portal.

-Hola, vaya frío, eh- le dije tratando de romper el hielo, nunca mejor dicho, de aquel gélido encuentro.
Él, no dijo nada, simplemente se movió; un paso apenas desde su lóbrega situación inicial, fue suficiente para que la tenue luz que entraba sórdida por el resquicio de la puerta me mostrara su esqueleto. Su impávido esqueleto presente y su sombra casi ausente.

Un difunto. Un difunto, era quien me acompañaba, se movía y hablaba.

Después de pasado el inicial asombro, pues no puedo decir que pasara miedo, los sueños tienen estas cosas. Le pregunté, por preguntar algo:

-¿Qué hace un difunto en un portal de Madrid en una noche tan gélida?-

-Pues verá usted- me dijo- como vengo haciendo muchos años ha por estas fechas, me echo encima mis huesos y otras quimeras de resurrección y parto desde los muertos por un tiempo, apenas un soplo de ausencia, hacia la tierra de los vivos, con todo esqueleto y nada de carne, como usted puede ver…-

-¿Y quién es usted si se puede saber?- pregunté.

-Yo soy Francisco José de Goya y Lucientes.-

Nada más evocar su nombre halagó en todo mi ser el aroma de su Universal Arte. Y no dudé lo más mínimo, aunque no viese su carne, de que me encontraba ante el insigne esqueleto de Francisco José de Goya y Lucientes.

Pasada la presentación, del difunto en cuestión, pregunté de nuevo:

-Si usted, ya de muerto, esta terrible noche de frío padece, es que merecer, bien debe, su presencia entre los vivos.-

-Así es- me respondió – mi presencia obedece a mi desdicha: pues desdicha para mi es que un grupo de bufones y bufonas de poca monta, tomen, sin mi consentimiento, mi apellido cual trofeo con el que gratificar sus morbosas sátiras, plenas de perneras, glúteos y pechos hartos de siliconas.

-Ah-, le dije, una vez hube conocido el motivo de su presencia, además de conocer a los consumidores de su digno nombre. Usted se refiere a los que yo llamo titiriteros, saltimbanquis, pollos y pollitas, también conocidos por actores y actrices de los cuales se nutre el cine español.-

-Efectivamente, me respondió. Efectivamente. Yo que siempre me incliné ante el Arte aborreciendo toda carne que no fuera la necesaria, he de desenterrar año tras año por estas fechas mi paz entera de henchido difunto en un vano intento por dignificar mi apellido...-
-Ya. Lo que no entiendo, perdóneme, es cómo sabe usted lo que sucede en la vida estando usted muerto, le pregunte.

-Pues verá, respondió, al igual que los vivos, los muertos también padecen insidias ya sean propias o ajenas. Y aunque yo, ya muerto no exhale pizca alguna de carnal vida, no por eso dejo de percibir, en este caso, ofensas.-

-Pues si que le están dado “tumba mala” estos titiriteros, exclamé… Ahora bien - proseguí- , ante su esquelética afirmación gestual de lo anteriormente dicho, yo dejaría el asunto, para “mejor vida”. Pues difícil quimera sin duda es que estos titiriteros entiendan sus licitas peticiones y aún mucho menos que sientan las desdichas que a usted le embargan, ya que usted, carece de carne, y ellos, de carne plenos, con la carne mercadean.-

-Razón tiene usted…, pero es tanta la indignación que siento… Es tanta la ira que me embarga que lágrimas brotan de mis huecos y hoscos ojos como puede ver usted…-
En verdad, era cierto su lloro, pues era…, era, todo lágrimas, el perfil de su calavera.

Sentí pena, pues para pena era lo visto y dicho, es por eso que insistí en que volviera a su hogar y esperará que los vivos a él llegaran hueros de carne y con la cruz y espinas merecidas en vida.

Después de un mártir y lánguido beneplácito facial, que en su calavera se suponía, me dijo: Sin duda para mi salud de muerto sería dejar el asunto al tiempo y sus azares, pero a veces, al igual que los vivos, los muertos no podemos olvidar las injusticias por mucho que intentemos olvidarlas.

- Le entiendo maestro, le entiendo, respondí, a la perfección. Los seres humanos tratados cuales divos, carecen del más mínimo sentido de reflexión, luego de por muerta su causa, aunque yo sepa de ella.

-¿No sé si sabe usted, pregunté de la actualidad?-

Más bien poco me contestó, aunque lo suficiente para conocer que se usa mi apellido-Goya- como pago de premios carnales.-

-Pues bien, le diré  que actualmente  existen miles de ídolos, divos y divas que ante la execrable adoración de sus fans, se creen ser estrellas entre tinieblas. Oro entre el barro. Carnes bellas entre las heces. Dioses entre hombres, cuando en realidad no son otra cosa, al igual que todos los demás que fango terrenal, aunque una parte de la esclava sociedad bautice sus actuaciones como obras de arte.

El arte es vida, continúe, dar y tener, ayudar y sentir vida, y éstos no hacen otra cosa que morir de cada instante. Y no producen más arte que la fetidez precisa para vivir. Es decir lo que hacemos todos. Sin duda, proseguí, hay películas que son autenticas obras de arte, pero por lo general películas hechas en los años dorados del cine, Cine.

Actualmente, proseguí, bajo excepciones el cine engendran violencia, toda clase de violencia, sexual, cultural, social, verbal. Los actores y actrices de todo este conglomerado  de defecaciones mentales, apenas pasan de ser unos guaperas que venden sus barnizadas carnes a la vorágine del consumismo, ya que el cine actual  no puede permitirse el lujo de producir películas que  no reviertan beneficios. Luego, para tal fin, se precisa extirpar a la mujer de toda su más íntima decencia y al hombre de toda su viril potencia y añadirlo todo a un guión que excrete sangre y sexo además de una sarta de blasfemias orales que ofenden al mismísimo Universo. En definitiva, se trata de airear en las pantallas las mugrientas estupideces sociales y demás fanatismos ególatras reflejo de muchos, y envidia de otros...-

Una vez hube terminado, D. Francisco, echó leñe a su prosapia y razón a su fugaz vuelta a los vivos.

-A un servidor- me respondió, en verdad me interesa a la vez que me ofende es que tomen de mí, Francisco José de Goya y Lucientes, apellido como epígrafe para su más preciado evento cinéfilo. Y no sólo es por mi -continuó- también es por que usando mi apellido mancillan, de alguna manera, la memoria de los por antonomasia actores... Me estoy refiriendo a los actores de antaño, viejos trotamundos que iban de pueblo en pueblo, de teatro en teatro, regalando pasiones, risas y emociones sin otros medios que sus manos y sus gestos. Sin más “banda sonora” que un simple organillo y un trozo de tela pintada de fondo por toda pantalla. Aquellos artistas, artistas de vida, recibían cual mayor galardón unas pocas docenas de aplausos y algunas monedas para que pudieran comer en la rancia taberna del pueblo y cebar a las mulas, en muchas ocasiones, que tiraban de la carreta hastiada de bártulos y telas teatrales.

Aquellos en verdad eran actores. Actores que trasmitían a los demás gozos, lágrimas, miedos, ilusiones y añoranzas sin usar otra cosa que todo su saber hecho Arte…-

Luego de acabado D. Francisco esgrimió un pequeño esbozo de saludo, y me tendió su ósea mano.

-¡Bien!- exclamó – mientras me daba la mano, veo en su opinión que usted también hace de mi ofensa su caso -me dijo.

-Pues sí- respondí- así es, pienso idénticamente como usted.-

-Verá - continuó, entre cavilaciones óseas- si Dios me diera nada más que el justo pescuezo de carne para que mi voz se oyera, les diría, a quienes lo usan, que dejen de difamar mi apellido. Pues nada de lo que ellos hacen se asemeja a las insignes obras de mis aragonesas manos…, pero como usted ve no tengo pescuezo, ni maja desnuda, ni lienzo, ni atrezzo.

Por no tener, no tengo, un simple pincel untado de negro tuerto-gris-, ni un mínimo pedazo de trémula carne, para poder sentir si existo muerto.- Concluyó Don Francisco, sensatamente malhumorado.

Su pena inmensa me llegó plena - ¿quién dice que los muertos no sufren?- como plena fue la promesa que en sueño le juré defender despierto.

-No se preocupe, maestro, que yo escribiré palabra por palabra todo lo dicho por usted. Sin embargo, le advierto que yo no soy otra cosa para ellos que un analfabeto vivo y usted un maestro muerto que no puede levantar voz, aunque la cabeza tenga bien alta-.

-Gracias, amigo, sé que lo harás.- me respondió con toda la certeza llena de nítidas lágrimas que yo percibí de su recio e insigne pudor cadavérico. Luego, desapareció en el mismo momento en que yo desperté del sueño a la vida de los titiriteros de Goya.
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