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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El imperio de los soberbios

Daniel Bautista Machín
Redacción
sábado, 21 de mayo de 2005, 13:50 h (CET)
Hace unos meses leí en una revista científica o pseudocientífica un estudio que establecía un diagnóstico de la enfermedad mental que sufría – según los redactores – don Alonso Quijano, más conocido como don Quijote; está claro que hay gente que o bien tiene demasiado tiempo libre, o bien no ha conseguido que lo Reyes Magos le regalen una PlayStation2. En cualquier caso, me inclino a pensar que el problema de don Quijote tiene más que ver con los pecados capitales que con cualquier otra psicopatía, en particular con la soberbia. Lo cierto es que, de vivir ahora, es más probable que Alonso Quijano estuviera sentado a su lado en su puesto de trabajo, o incluso en el Congreso de los Diputados, que interno en cualquier centro psiquiátrico.

Quijotes, haberlos haylos, levantas una piedra y te salen cuatro, flacos y con orinal de serie en la cabeza. Uno, a diario, puede contar media docena fácilmente, y eso sin encender la tele y sin debate del Estado de la Nación. Son gente que se monta la realidad a su gusto como si fuera un mueble de Ikea. Eso, al fin y al cabo, es lo que hacía nuestro ingenioso Hidalgo. Don Alonso se hartó de leer libros de caballería – que debía ser algo así como jugar al rol – y llega un momento en que decide creerse caballero andante. Ahí es donde empieza la soberbia, cuando uno se cree el protagonista de un mundo que gira a su alrededor. A partir de entonces, la realidad se convierte en la materia prima del argumento de su película, y la retuerce y la tergiversa hasta que encaje -aunque sea a martillazos- en el guión de su historia. Por ello, se terminan confundiendo molinos de viento con gigantes y posaderos con nobles, uno tira de lo que tiene para montarse su vídeo casero.

Lo peor de los soberbios es que no atienden a razones ni las consideran, se agarran a lo más mínimo – aunque sea a un orinal por yelmo de Mambrino – para no descubrirse haciendo el pato cargando contra unos molinos de viento. Además, como don Quijote, se consideran los dueños de la razón y los salvaguardas de la verdad, y tanto énfasis y hasta lágrimas ponen en ello que terminan secundados por un Sancho o por un ejército de ellos, que a ratos los acompañan por afinidad, por convicción, por pena o por sentirse parte importante de la película.

Allá por donde pisan estos caballeros de triste figura, siembran la incertidumbre y las dudas, porque emprenden sus cruzadas con tanta convicción que no queda más remedio que pensar que o bien están locos, o bien tienen razón, y a uno le gusta creer que alguien se encarga de meter a los locos en los manicomios. La historia del mundo es la historia de la soberbia, de que unos piensen que su religión es mejor que la de otros, de que aquellos crean que su “raza” es más lícita que la de éstos, de que seas de la Palystation o de la X-box, del Barça o del Real Madrid, de Pentium o de AMD. La soberbia polariza y divide, porque entiende que sólo hay lugar para una razón y para una verdad; los problemas se los causó a don Quijote no el hecho de que viera gigantes, sino de que no admitiera que aquello fuera para otra persona molinos de viento. En eso, al menos, los niños nos llevan ventaja con sus juegos. Un palo puede ser una espada y de eso no hay duda, pero si llega el padre y sólo ve un palo, pues ahí se las componga. Se le tolera, se le consiente y se le comprende, pero no se monta una cruzada. Con los adultos es más difícil, porque a veces los gigantes lo que ocultan son nuestras faltas, que no tenemos razón y que nos hemos embarcado en un rifirrafe sin sentido estando equivocados, desquiciados por ser los protagonistas y los buenos de una película.

En el fondo, a los soberbios hay que tenerles pena – como a los pitucos de Benedetti – porque no hacen nada más que esconderse detrás de su armadura, esconden sus inseguridades y sus defectos para no quedar mal en público, para que uno no descubra detrás de su espada a un jubilado de la razón y de la esperanza, a un triste Alonso Quijano que no se soporta dentro de su Hacienda, sabiéndose protagonista de nada, víctima de sí mismo y de su hastío, de nadie más.

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