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Textiles exóticos

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 20 de mayo de 2005, 00:10 h (CET)
Primero llegaron los restaurantes de comida china. De manera rápida se instalaron decenas de ellos en las grandes ciudades proliferando entre nosotros la costumbre de los rollitos de primavera o el finalizar las cenas tomando una copita de ese licor con un horrible lagarto dentro de la botella. Los precios de este tipo de restaurantes suelen ser económicos y las gentes comenzaron a acudir a los mismos atraídos unos por el exotismo y otros por la baratura, Generalmente es bastante difícil encontrar, entre tanto restaurante chino, uno donde un buen gastrónomo pueda disfrutar, aunque buscando con detenimiento siempre es posible encontrar uno o dos en cada ciudad.Pero como escribí más arriba la mayoría de clientes de este tipo de restaurantes se sienten más atraídos por el exotismo de unos platos desconocidos entre nosotros y por sus precios bajos que por la calidad y elaboración de los productos.

No nos dimos cuenta y estos restaurantes eran la avanzadilla de las futuras invasiones que los nietos de Mao llevarían a cabo. El dragón chino comenzaba a despertar de su letargo y a extender sus brazos por todo el mundo capitalista. Durante años los chinos habían estado apartados del resto del mundo. Su mundo era un mundo tan secreto que hasta su mismo comunismo era diferente al de la “madre Rusia”. Hoy los ciudadanos chinos han comenzado a saborear las mieles del capitalismo y desde su lejano país están inundando el mundo occidental con sus productos, que, como su cocina, también resultan más baratos que los producidos en Occidente. El salario medio de un trabajador en China es de 0,45 € por hora mientras que el sueldo medio de un operario europeo anda alrededor de los 15 € por hora. A todo ello hemos de sumar las diferencias existentes en los costes sociales. Allí no existen leyes protectoras de los trabajadores ni tampoco hay una legislación defensora del medioambiente. Por todo ello los costes de producción de cualquier producto son infinitamente inferiores a los del mundo occidental.

Ahora ha tocado a rebato el sector textil español. Desde primeros de este año de 2005 con la incorporación de China a la Organización Internacional de Comercio han desaparecido las cuotas que limitaban las importaciones textiles de este país. Y con ello hemos visto como se multiplicaban las tiendas de ropa dirigidas por ciudadanos de tez amarilla y ojos rasgados. En Cataluña y Valencia los empresarios del sector han dado la voz de alarma, miles de trabajadores pueden quedar en el paro si los textiles chinos siguen atravesando nuestras fronteras como lo vienen haciendo desde Enero. Y por parte de las autoridades la única solución que dan al problema es ofrecer ayudas para la deslocalización de las empresas españolas. Es decir que si los empresarios quieren ser competentes tendrán que agruparse y marchar a países como Marruecos, donde por cierto ya hace años que se instalaron muchos confeccionistas del textil, país donde tampoco las leyes laborales y medioambientales son un modelo a seguir, pero la producción es más barata que en España.

Nunca llueve a gusto de todos. Mientras unos empresarios ven en los 1.300 millones de chinos un inmenso mercado, donde ya se han instalado grandes fábricas españolas, como el grupo cooperativo de Mondragón o los conocidos caramelos del palito, otros, los del textil y los cultivadores de cítricos, en lugar de mercado ven al “peligro amarillo” de las viejas películas. La ropa oriental es mucho más barata que la que podemos encontrar en cualquier tienda, y la gente, obligada a mirar por su economía, mientras pueda comprará donde más barato le resulte. Nuestros empresarios deberían comenzar a invertir en I. más D. Y añadir algún valor a sus productos haciendo que, de nuevo, volvamos a comprar sus fabricados en lugar de decantarnos por las camisas y pantalones que llegan desde tierras lejanas. Pero al final, y como pasa siempre, saldrán perdiendo los menos favorecidos. Los empresarios seguirán ganando dinero y los trabajadores aumentarán las listas de parados mientras los políticos, de uno y otro signo, siguen haciendo demagogia con ellos.

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