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Etiquetas:   La musa   -   Sección:   Opinión

Inocencia interrumpida

Virginia Fernández Ruiz
Redacción
viernes, 20 de mayo de 2005, 00:10 h (CET)
La justicia en ocasiones puede ser cruel en su voluntad de llegar a saber exactamente los hechos que acontecieron en el momento del presunto delito. Ante la falta de pruebas evidentes se recurre a la credibilidad que puede llegar a inspirar las declaraciones de las víctimas ante un Tribunal. En ocasiones las víctimas lo son doblemente al tener que volver a revivir los hechos delante de su agresor, mientras declaran una vez más ante el jurado su experiencia y su versión de los hechos.

La inocencia natural que todavía pueda quedar en nosotros nos inspira siempre a creer en las declaraciones de un niño, sobre todo en aquellos casos en los que se haya podido producir una posible agresión sexual y el estado psicológico del afectado esté severamente y visiblemente dañado. ¿Era realmente necesario que cuatro menores de entre 9 y 13 años tuvieran que acudir hoy a un juzgado de Barcelona a declarar sobre los presuntos abusos sexuales que padecieron hace unos años?

¿En que iba a ayudar eso a un Tribunal para determinar si el acusado es realmente culpable o no? En casos así, la justicia tan sólo tiene la palabra de los niños contra la palabra del presunto agresor, así como los informes psicológicos de todos los implicados. En los medios no se especifica si existen pruebas, más allá de las declaraciones de los menores. Resulta difícil de creer que unos niños aparentemente traumatizados mientan, sobre todo en un asunto de tal calibre, y con la única finalidad de infligir una posible “vendetta” a su profesor.

Los niños efectivamente pueden cometer atrocidades como los adultos, en numerosas ocasiones hemos podido comprobarlo cuando se habla de asesinatos sangrientos o incluso sádicos por su parte. Pero cuando se trata de abusos sexuales en niños que por aquel entonces tenían unos 6 o 9 años resulta difícil de creer.

Su “inocencia interrumpida” es algo visible y comprobable a través de los psicólogos y la impotencia de los padres. Es algo palpable, aunque no haya certezas claras. Las certezas están en los ojos del niño que se niega a volver a ver a su agresor.

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