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Etiquetas:   Hablemos sin tapujos   -   Sección:   Opinión

¿La Democracia un tutti orquestal sin director?

La igualdad no es más que un peldaño para llegar a caminar sobre las cabezas de los demás
Miguel Massanet
sábado, 18 de febrero de 2012, 07:43 h (CET)

El novelista y periodista francés Alfonso Karr  que vivió en el Siglo XIX, colaboró en la revista satírica “Las avispas” (Les Guèpes) en uno de cuyos números dejó escrito para la posteridad el siguiente pensamiento: “La igualdad no es más que un peldaño para llegar a caminar sobre las cabezas de los demás”. Y al hilo de esta reflexión podríamos intentar constatar un hecho que, cada vez, se da más en nuestra sociedad, algo que creemos que puede ser el primer paso para convertir la democracia en su sentido más puro de “gobierno del pueblo para el pueblo”, en un totum revolutum ingobernable, caótico y anarquista en el que el orden, la seguridad, la autoridad y la legalidad queden convertidos en meros conceptos filosóficos sin efecto alguno sobre la ciudadanía.

Es cierto que ya hace algunos años que lo que se entendía como la cultura del esfuerzo, la excelencia, la preparación, el estudio, la constancia, el trabajo bien hecho y el mérito han quedado desplazados por otros parámetros a los que ha conducido un nuevo modo de entender la vida. En efecto, son muchos los que han descubierto que también se puede conseguir hacerse famosos sin esforzarse demasiado, valiéndose de lo que las nuevas tecnologías en la comunicación, las facilidades con las que cualquiera puede llegar a hacerse famoso sin que para ello precise destacar en ninguna ciencia o arte concreto, solamente por el hecho de hacer alguna excentricidad; de aparecer en algún medio público diciendo sandeces, despotricando contra el orden establecido o riéndose de la Iglesia católica (algo que suele salir muy rentable para algunos presentadores de programas televisivos que se valen de este truco para asegurarse una audiencia de bobalicones encantados con estas obscenidades) o valiéndose del lenguaje escatológico y el chiste fácil y grosero para provocar la risa tonta de aquellos a los que les agrada refocilarse en la vulgaridad y el lenguaje soez. En definitiva, se trata de destacar sobre los demás al precio que sea, aunque ello comporte perder la dignidad.

A los que se han enriquecido con la cultura llamada de “el pelotazo”, les acompañan los expertos en la especulación, los estafadores y los corruptos, los que sin preparación alguna se enchufan en la política como medio rápido de hacerse ricos, sin que sea preciso más esfuerzo que pasarse horas sentados en sus poltronas pensando en las musarañas o leyendo la prensa o, lo que en la actualidad queda muy bien para dar la sensación de ser un personaje importante que, ni en el Parlamento, se puede permitir perder ni un minuto ¡las llamada por el móvil!. En fin, que si una parte de la juventud se apunta a seguir viviendo con los padres, a no estudiar y a frecuentar las discotecas pensando que la vida hay que disfrutarla y que ya llegará el papá “Estado” para cuidar de ellos cuando lo precisen, otros piensan que lo mejor es ser funcionarios públicos para tener un sueldo asegurado, el empleo de por vida y ninguna preocupación más que decidir en qué ocupar las numerosas horas libres que les quedan para el ocio; también los hay  que gastan su juventud intentando destacar en alguna actividad artística aunque no estén dotados para ello. Todo un maratón de excusas para trabajar poco.

Pero, señores, si de por sí ya son harto preocupantes estas nuevas tendencias en las que parece que el trabajo no es la opción más tenida en cuenta; es cierto que, desde hace un tiempo, unos años, venimos observando que la gente, fuere por no confiar en los políticos, fuere por el afán de adquirir notoriedad o fuere por esta cualidad tan española de pretender imponer siempre nuestro particular criterio a los demás, sin tener en cuenta los derechos de la mayoría; estamos observando la proliferación, no sólo de micro partidos políticos marginales, que también, sino las llamadas asociaciones de vecinos; las “plataformas” reivindicativas; las manifestaciones llamadas “cívicas”; las concentraciones de protesta ante los edificios públicos; los grupos antisistema de carácter reivindicativo, los okupas, etc. que, en muchos casos, para ejercer sus supuestos derechos no dudan en ocupar las calles y enfrentarse con las fuerzas del orden, de cuya práctica consiguen, en ocasiones,  sacar fruto si se produce algún herido que puedan exhibir delante las cámaras de la TV. Los resultados de tamaño estado de cosas, a las que hemos de añadir los efectos de las huelgas de trabajadores, funcionarios y hasta de las propias fuerzas de seguridad; aparte del coste que representa en horas dejadas de trabajar, en perjuicios a los comerciantes afectados o en destrozos de mobiliario público; pueden llegar a ser de tal calibre y de tanta trascendencia que consigan crear una imagen falsa o distorsionada de una nación caótica no sólo dentro del propio país sino también ante el resto de la comunidad internacional.

Esta democracia fragmentada, este intento de suplir a las autoridades y a los políticos en las funciones que les son propias; esta atomización de conflictos, de iniciativas, de reclamaciones y de protestas, a cargo de pequeños corpúsculos de origen y naturaleza distintos, parece como si fuera un experimento social que buscara sustituir el procedimiento de que sean las mayorías legalmente elegidas por el pueblo las que gobiernen y dirijan los destinos de la nación, por  otro en el que sea el mismo pueblo que por sí, sin delegar su mandato en unos pocos capacitados para ello, se tome la justicia por su mano; decida lo que les conviene a los demás; modifique las leyes según lo que el momento les de a entender y acabe por convertirse en una masa ingobernable sometida a la presión de las mafias políticas, de los más poderosos y aquellos que tengan la fuerza para imponerse a los más débiles. Ejemplos de ello, por desgracia, los hemos tenido abundantes en nuestra Historia.

Y esto nos lleva a pensar en algo que ya hace tiempo que debería de haberse convertido en un objetivo primordial para cualquier gobierno que se considere democrático y quiera que, la representación  que los ciudadanos otorgan a través de las urnas no se limite a votar a un partido político mediante listas cerradas, lo que, como se ha demostrado suficientemente no garantiza el que, las personas más valiosas, lleguen a ser quienes nos gobiernen, sino que se presta a que, con el señuelo de un nombre popular o un personaje conocido y generalmente aceptado, dentro de la misma lista se cuelen otros que no se merezcan ser votados o, al menos, que no sean los que los ciudadanos quisieran votar. Ni el método D´Hont ni las listas cerradas establecen la debida conexión entre las bases y los que, en definitiva, resultan elegidos para gobernarlas.

Existen otros sistemas electorales en otros países, como son los utilizados en el Reino Unido, en el que se vota por distritos a candidatos que compiten entre ellos en actos públicos donde los ciudadanos pueden hacer preguntas y conocer cuales son los méritos de cada uno de los que se postulan para representarlos. También, en EE.UU, cada partido da a escoger a los ciudadanos a los distintos candidatos que se presentan para representar al partido (los cacus) de los que será escogido uno que se enfrentará al candidato del partido de la oposición en unas elecciones en las que disputarán los cargos de Presidente de la nación o los puestos para congresistas o senadores. La experiencia española de que, para poder gobernar con desahogo, sea precisa la mayoría absoluta; nos ha enseñado el papel nefasto de tener que hacerlo dependiendo de minorías, especialmente, si estas son de carácter separatista. El solucionar el sistema electoral es una necesidad imperativa que ningún gobierno debiera de dejar para más adelante. O esta es mi opinión, señores, respecto a un tema de tanta enjundia.

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Cooreife 20/feb/14    03:49 h.
weelmeds 17/oct/13    15:00 h.
whedensignisy 26/mar/13    07:08 h.
Coorkaniero 14/mar/13    00:37 h.
Fhendlly 21/ago/12    05:48 h.
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