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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Condiciones silenciadas

¿Por qué transigimos en acallar ciertas condiciones que son vitales para la buena marcha de la sociedad?
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 17 de febrero de 2012, 07:40 h (CET)
Me atrevería a decir que en las relaciones sociales priva el DESCONCIERTO descarado; de otra manera, ¿Cómo entenderíamos la poca atención dedicada a evitarlo? Ocurre más bien a la inversa, en cada ocurrencia colaboramos fervientemente con las desaveniencias. ¿Porqué son así las cosas? ¿Acaso somos tan torpes? Toleramos una serie de circunstancias injustificables, a partir de las cuales resulta extremadamente complicado recomponer las mejores actitudes de cara a la convivencia. Permitimos la acumulación de inconvenientes, en una mezcolanza nefasta de ignorancias culpables y de complicidad insensata.

Sin necesidad de inteligencias extraordinarias, numerosas calamidades eran previsibles. Bien por descuidos protectores frente a los avatares de la Naturaleza; o generadas por la actuación directa de los humanos, como grupos o como particulares. El olvido, silencio o silenciamiento, de ciertos conocimientos previos, de todo habrá; nos abocan a la IMPREVISIÓN. La anticipación de las posibles consecuencias y la prudencia, quedan así inhabilitadas para un ejercicio eficaz. En cualquier sector de las actividades sociales o en trances íntimos –Planteamientos judiciales, vida sexual, vías políticas, tareas educativas-, el intenso clamor de los lamentos sólo es comparable a la dejadez previa en el abordaje de proyectos y decisiones. Convendrá un mayor realce y riqueza expositiva para la consideración adecuada de los factores precursores y predictivos de los aconteceres futuros.

Poco ligados a la orientación previa, abordamos la valoración posterior de unos hechos ya acontecidos; sobre todo, de aquellos de consecuencias desfavorables para determinados ciudadanos. A pesar del pobre tratamiento de las circunstancias previas, observamos como contraste las exigencias de soluciones JUDICIALES perfectas ante unos hechos ya consumados. No es mala cosa la corrección de conductas improcedentes, la reparación de daños o incluso las sanciones punitivas oportunas para cada caso. Pese a todo, contrasta la escasez de unos preparativos de mayor consistencia, comparados con las peticiones de resarcimiento posterior, por otra parte, imposible en su totalidad. Cuántas veces observamos un desprecio hacia las cualidades humanas o incluso una notable pasividad a la hora de legislar y clamamos ante la impotencia de la acción judicial derivada.

Solía decirse que la burocracia anquilosaba las instituciones y entorpecía la fluidez participativa de los ciudadanos. Reglas, ventanillas, justificantes y jerarquías; consolidaban una serie de requisitos frustrantes e interminables. Las desventajas de las organizaciones así concebidas han sido reiteradamente criticadas. Los sujetos sometidos a ellas veían reducida su presencia a rasgos insignificantes y lamentables. Frente a la solidez de las estructuras, las opciones individuales de reacción eran escasas. Pues bien, no nos engañemos, entre la aparente movilidad frenética y la ausencia directa de impedimentos, topamos de lleno con una nueva REALIDAD COMPACTA. Contra la apariencia inicial de las redes sociales, abiertas a un mundo novedoso; a fuerza de anonimatos, desprecio por los filtros de las argumentaciones, sin discernimiento fundado de las cualidades y sin el reposo preciso para una mínima reflexión, logran la desaparición del participante responsable. Se fugó la responsabilidad entre “alias” evanescentes. Con tales maneras, el revoloteo ejerce de apisonadora poderosa. Para pescar algo de fundamento en esa turbulencia, son necesarios planteamientos de fuste enérgico y tenaz, difíciles de reunir; por lo que el ente compacto aún agranda su fortaleza y dimensiones.

El progreso ofrece variadas trayectorias
según la perspectiva de quien lo observe, irán desde la ilusión al desengaño, e incluyen muy elaboradas maneras, maliciosas, disfrazadas de buenas conquistas. Algunas de esas añagazas podríamos retratarlas como artificios burlescos. Primera trampa. El progreso viene presentado como un conjunto uniforme. Choca desde el principio con las enormes diferencias de cada persona con el vecino; y si incluimos al resto de los humanos, serán infinitas. La cantilena de un progreso homogéneo beneficiará siempre a quienes lo manejen y agobiará sin contemplaciones a los diferenciados frente a su globalidad. Segunda trampa. La aceleración de los avances y comportamientos es asombrosa, el ritmo tiende a eliminar las pausas. Así no será posible entrar en los detalles sobre la calidad del pretendido progreso, ni en la consideración de una mínima previsión de sus inconveniencias. El vértigo no detiene sus impulsos. Tercera trampa. No hay lugar para ignorancias y misterios. De momento, deberán permanecer a la espera de que el progreso los resuelva. Mientras, no serán incluídos en el debate, como si no existieran, por decisión progresista, sin otra justificación. ¿Es suficiente con mantener silenciados estos enigmas? Cuarta trampa. La misma fuerza de las progresiones les induce a otorgarse una “misión civilizadora”. El ente del progreso pasa a ser el regulador de la convivencia, aunque no pase de ser una mera acumulación ambigua de ciertos logros; que pueden influir con la misma fuerza en contra de la civilización. La convivencia civilizada es un concepto distinto. ¿Necesitaremos muchos ejemplos para no considerar al progreso como un fin en sí mismo? ¿Las personas deben estar al servicio de dichos fines?

Una forma de entender el tiempo lo considera como una serie de tiempos diferenciados, quizá infinitos; cuya relación entre sí es de los más variable, desde las relaciones cercanas a las inexistentes. J.L. Borges lo expresaba así: “No existimos en la mayoría de esos tiempos; en algunos existe usted y no yo; en otros, yo, no usted; en otros, los dos”. Efectivamente, estamos ausentes en la inmensa mayoría de las trayectorías temporales diferentes, aunque podamos ocuparlas en algún otro momento y, casi siempre, actuamos en varias de manera simultánea; aún así, serán minoritarias las que cuenten con nuestra presencia; al menos tal como la entendemos ahora. Por lo tanto, son AUSENCIAS de diferente calado, breves, frecuentes o permanentes. ¿Cómo nos tratan los demás y las instituciones cuando la presencia está disimulada, cuando no nos ven físicamente? Quizá la contestación no sea satisfactoria si pensamos en Bancos, grandes empresas, partidos políticos o incluso si nos detenemos en el trato recibido de los propios conciudadanos.

Los ejemplos hacen buenas o malean a las definiciones. Poner empeño en una definición vale de poco si va en desacuerdo con la realidad. Con las personas es aún más difícil tratar de definirlas, son tantas sus oscilaciones. Por eso pierden sentido las etiquetas. En estas andanzas descriptivas, permanece muy silenciada la condición personal de la SENSATEZ. ¿dónde queda alrededor de ciertos ejemplos? Quienes vociferan en apoyo del juez Garzón, apelan a sus meritorios trabajos previos, que nadie discute, pero olvidan que el juicio es por escuchas o actuaciones ilegales. ¿Qué le sucedería a un ciudadano pillado en un insensato espionaje? El adosado de la monarquía, el ínclito Urdangarín, ¿Cuántas insensateces acumula en los hechos descubiertos? Intuyo silencios insensatos durante estos años en torno a sus actuaciones. ¿Consideraremos sensatas las prioridades de la Generalitat catalana? El voto también puede apoyar insensateces y el lamento posterior llega tarde. La sensatez exige compostura y la la vista están sus notables ausencias.

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