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"Broncemia": Una enfermedad vetusta
“Broncemia”, nuevo nombre para una enfermedad muy antigua que no debe hacernos perder los estribos
Octavi Pereña
martes, 14 de febrero de 2012, 09:11
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“Broncemia” no es una nueva enfermedad sino un nuevo nombre con el que se conoce a una dolencia que existe desde el inicio de la historia. Un personaje que la padeció y que destaca en las páginas bíblicas es Nabucodonosor, rey de Babilonia. La Biblia nos da un esbozo de su enfermedad: ”Paseando (Nabucodonosor) en el palacio real de Babilonia, habló el rey y dijo: ¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder, y para gloria de mi majestad?” (Daniel 4:29,30). ¿Verdad que si a la “broncemia” se la llama por su nombre original que es “orgullo” sabemos lo que decimos? El texto bíblico prosigue con su relato: “Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando vino una voz del cielo : A ti se te dice, rey Nabucodonosor: el reino ha sido quitado de ti” (v.31). Cuanto más alto es el pedestal en el que uno se sube tanto más aparatosa es la caída cuando la columna se resquebraja. Además de Nabucodonosor han sido muchos otros los personajes que a lo largo de la historia han padecido “broncemia”.

En nuestra historia reciente han sido los presidentes del gobierno: Felipe González, José Maria Aznar y José Luís Rodríguez Zapatero, que la han padecido. Los tres han finalizado sus respectivos mandatos de manera muy poco gloriosa. Más pronto o más tarde siempre se recoge lo que se siembra.

Quien ha bautizado con el nombre “broncemia” al orgullo tradicional es el doctor en medicina y cirugía Francisco Occhiuzi. Este médico dice que “broncemia” es una patología que se manifiesta de manera notoria en los distintos ámbitos de poder, destacándose el político, en donde la arrogancia y la egolatría inyectan inmensas cantidades de bronce en la corriente sanguínea: “La soberbia y la solemnidad brotan en el político de manera espontánea”.

Quien padece “broncemia” o síndrome de creerse ser el número “1”, manifiesta el deseo de hablar mucho de sí mismo, escucharse sus excelencias que le hacer sobresalir de entre los demás. En su engreimiento no escucha porque se cree poseedor de toda la verdad. Esta divinidad encarnada, ¿por qué debe escuchar si ya lo sabe todo? Su engreimiento le hace prescindir de los consejeros que la Biblia recomienda deben rodearse quienes dirigen a los pueblos. ¡Así han terminado los “broncémicos”  mencionados!

El Dr. Francisco Occhiuzi propone el siguiente remedio para curar a los “brocémicos”  y evitar que el virus se extienda: “Intentar poner en sus cerebros el deseo de ayudar  a sus colegas, a sus colaboradores, a sus pacientes, sembrar para que florezca el espíritu de servicio”. El Dr. Occhiuzi destaca de la actitud de servicio como un acto instintivo, el profundo deseo de satisfacer lo que los otros esperan de nosotros. “No es un acto”, dice, “es una actitud de vida. Si los médicos no se preparan (aquí se pueden incluir intelectuales, políticos, banqueros…gente anónima) para poseer un espíritu de servicio, son muy cerca de contaminarse de “broncemia”.

El remedio que propone el Dr. Occhiuzi no es un descubrimiento suyo, es muy antiguo. Lo que pasa es que más por prejuicio que por ignorancia no se le hace caso. La enfermedad ya brotó en Adán y Eva que quisieron ser iguales a Dios. El remedio se lo suministró de inmediato Dios al presentar la sangre de Cristo simbolizada en la sangre de los corderos que Dios sacrificó para borrar su pecado  y en su manifestación orgullosa presuntuosa. El salmista viendo prosperar a los poderosos, contemplando como todo les va bien, que hablan con menosprecio de los campesinos y artesanos, tiene”envidia de los arrogantes, viendo la prosperidad de los impíos” (Salmo 73:3). La prosperidad ilimitada de los poderosos que contemplan sus ojos, momentáneamente le seduce. Alejado el pensamiento codicioso vuelve en sí y reflexiona: “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mi” (v.16). Contemplar las fechorías que hacían los poderosos  fue un “duro trabajo” para el poeta, que no se detiene en mirar la escena horizontalmente, que le frustra. Sigue diciendo: “ Hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos. Ciertamente los has puesto en deslizadores, en asolamientos los harás caer, ¡cómo han sido asolados de repente! Perecieron, se consumieron de terrores…”(vv.17-20).

He aquí el antídoto contra la pandèmia de “broncemia”. Cuando contemplamos como las fechorías que cometen las personas de renombre quedan sin castigo, nos indignamos. Se dispara la adrenalina, se acelera el pulso, asciende la presión arterial, se acerca al límite que no se debe traspasar el nivel de azúcar. Esta es la justicia humana que nos enoja y que pone en peligro a nuestra salud. Cuando los creyentes en Cristo alzamos los ojos hacia el cielo y vemos sentado a Cristo en el trono, que juzgará a los hombres según sus obras, se calma la desazón y dejamos en las manos del Juez justo, que por cierto no admite soborno, que dicte sentencia. Puede parecernos que se retrasa demasiado en hacerlo. Estemos tranquilos, en la sala de audiencias del palacio celestial jamás prescriben los delitos.

Comentarios
graciela guerrero 22/feb/12    01:27 h.
Fernando Almonacid 11/sep/12    06:11 h.
graciela rabinovich 22/jun/13    23:22 h.
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