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Etiquetas:   -   Sección:   Opinión

¿Con quién confesarse?

Los penitentes vamos al confesonario porque somos pecadores y buscamos el perdón de Cristo, no que nos toquen los cojones
Antonio Moya Somolinos
@tiotognin
miércoles, 30 de agosto de 2017, 08:42 h (CET)
Recomendaba san Josemaría Escrivá confesarse cada semana y con un sacerdote fijo porque eso supone que este conocerá mejor al penitente y podrá aconsejarle mejor. El fundador del Opus Dei desaconsejaba, ridiculizando, confesarse "con el padre Topete, es decir, con el primero que uno se topa".

No estoy de acuerdo con esa opinión. Me parece que lo más saludable es confesarse con el padre Topete, esto es, con el primer sacerdote con el que uno se topa, porque esto supone tener fe e ir a lo esencial, es decir, a que cualquier sacerdote, quien sea, es, ante todo, sacerdote, con poder recibido de Jesucristo para perdonar los pecados, sean cuales sean sus cualidades personales, el conocimiento que tenga de nosotros o lo que sea. Lo importante del sacerdote en el confesonario es que perdona los pecados en nombre de Cristo. Lo de menos es que nos conozca o nos deje de conocer. Es más, sobre todo en ámbitos pequeños (pueblos, aldeas, barrios), lo mejor es confesarse con un sacerdote de otro pueblo, que no conozca al penitente, para que este se sienta más libre a la hora de confesar sus pecados, en vez de hacerlo con un sacerdote con quien le unen lazos de vecindad, parentesco, amistad, etc.

La Iglesia, que es sabia, incluso reconoce al penitente el derecho al anonimato mientras se confiesa, porque lo importante durante la confesión es manifestar los pecados y el arrepentimiento. Con esos dos elementos, el sacerdote ya tiene elementos de juicio para otorgar la absolución y el perdón en nombre de Cristo, sin que sea necesario que sepa la identidad del penitente. Por eso, muchos confesonarios llevan una rejilla o tela que protege la identidad del penitente pero permite que el confesor le oiga. A mi juicio, el error de san Josemaría estaba en que consideraba la confesión como medio de dirección espiritual, y no principalmente como sacramento.

La confesión es el sacramento de la misericordia de Dios en el que el sacerdote, en nombre de Cristo, perdona los pecados. En la confesión puede haber algún consejo de dirección espiritual, pero eso no es lo fundamental, sino lo accesorio. Esos consejos pueden existir o no, pero lo que siempre deben existir son las cinco partes que, de pequeños, estudiamos en el catecismo: examen de conciencia, contrición, propósito de enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia.

En la confesión no tiene por qué haber dirección espiritual. Es más, pienso que es mejor que no la haya. En primer lugar porque el penitente no la ha pedido, ya que el penitente acude a confesarse para recibir un sacramento, no una dirección espiritual. Y en segundo lugar porque el confesor no está llamado a ser "propietario" de las almas, y la dirección espiritual, a diferencia del acompañamiento espiritual, entraña cierta obediencia, que en ese momento está fuera de lugar, por cuanto en el trato con las conciencias ajenas es preciso ser extremadamente delicado y no meter el hocico.

En cuanto a la confesión semanal, tampoco estoy de acuerdo. Las necesidades de alimento material no son iguales que las del alma. Comer todos los días con periodicidad no es razón para trasladar esa periodicidad de modo gratuito a la vida espiritual. Confesarse por cojones cada semana puede llevar a desvirtuar el gusto por el perdón y la misericordia de Dios. Lo mejor es confesarse cuando uno lo necesite, que no quiere decir cuando uno esté, en su conciencia, en estado de pecado mortal, sino cuando uno necesite disfrutar de la misericordia de Dios, lo cual sucederá siempre que se esté en pecado mortal, pero también en otras ocasiones distintas.

En mi experiencia de disfrutar del perdón de Cristo, hace unos meses que me "topé" con un confesor acojonante. Es un jesuita anciano, casi ciego, de la iglesia de san Hipólito de Córdoba. Presta una gran atención mientras le expongo mis pecados. Está totalmente concentrado en escucharme. Me interrumpe si algo no ha entendido u oído bien. Al terminar mi exposición, solo me pregunta si estoy arrepentido. Le digo que sí.

No me suelta ninguna monserga, sino que inmediatamente me pone la penitencia, que suele ser siempre un padrenuestro, y me da la absolución, tras lo cual, nos despedimos. Siempre me despide con una maravillosa sonrisa de oreja a oreja, que me recuerda algo que me contaba un amigo de Lucena, hace años, que se confesaba con fray Gabriel de la Dolorosa, un franciscano de esa localidad que murió hace años, el cual, al terminar la confesión, mientras ofrecía al penitente una sonrisa similar, le decía siempre: "No te olvides de rezar por mí, que soy más pecador que tú".

El perdón de Cristo es algo amable. Los penitentes vamos al confesonario porque somos pecadores y buscamos el perdón de Cristo, no que nos toquen los cojones. Hace poco una amiga mía me dijo que había dejado plantado a mitad de confesión al sacerdote con el que se estaba confesando (un sacerdote numerario del Opus Dei), porque le resultaron inaceptables el tono y las recriminaciones ausentes de caridad que este le estaba haciendo con ocasión de esa confesión, muy lejanas de la misericordia de Cristo que ella esperaba y sobre la que el Papa ha insistido tanto en los últimos años.
Comentarios
Sara 01/feb/18    18:12 h.
Sara 01/feb/18    18:10 h.
Ricardo del Campo del Campo 01/dic/17    10:31 h.
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