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Colosales desventuras

Rafael Pérez Ortolá
Rafael Pérez Ortolá
miércoles, 18 de mayo de 2005, 22:20 h (CET)
Las desventuras de Don Quijote y Sancho, por clásicas, no dejan de aportarnos contrastes y figuras de notoria actualidad. Es fácil detectar como las actitudes de las gentes se repiten a través de los años y los siglos. Es más, lo hacen marcando el tono en esa impresión de que los despropósitos reaparecen con más fuerza que las bondades.

Al leer las Meditaciones orteguianas del Quijote, Julián Marías apuntó su valoración de las mismas haciendo hincapié en que ponen de manifiesto únicamente la parte visible de un iceberg con grandes potencias aún en su interior. Cada lectura sonsaca matices nuevos.

Si Unamuno incidía preferentemente en la figura del Quijote, con su decidido impulso para lanzarse a la aventura siguiendo las directrices de su inspiración, entrando en esa parcela íntima de las creencias, siendo consecuente con ellas a través de sus actuaciones. Ortega y Gasset se fijaba en la observación de la vida manifestada en la obra cervantina; es decir, enfatizó la labor del autor. Ortega proclamaba la pobreza intelectual de su época, con ese ímpetu que ponía en la regeneración y en la razón vital. Ambos enfoques, lejos de ser opuestos, complementan ese acercamiento a las vicisitudes descritas en la obra, idealismo comprometido y razón apegada a las vivencias. Dos piezas básicas, con frecuencia olvidadas, cuando no separadas mutilando la realidad humana.

Las colosales desventuras del ingenioso hidalgo tienen una peculiaridad, ejercen como fiel reflejo de las tribulaciones cotidianas. Empezando por Cervantes -manco, prisionero, desplazado de su tierra, sinsabores cortesanos-, y continuando con las cuitas quijotescas -locura, entuertos, burlas, melancolía-; llevándonos todo ello a observar mejor las similitudes en los ámbitos de las vidas más actuales.

La degustación de un Quijote tan sabroso exigió una cuidadosa elaboración, algo tan escaso y con tendencia a la desaparición en las actitudes contemporáneas, la EXCELENCIA suele brillar por su ausencia. Cuando, paradójicamente, esa excelencia es la fuerza capaz de conseguir el mejor arte para estimularnos, para permitirnos poner de manifiesto los más insignes rasgos de humanidad. Para conseguir ese guiso sin igual, dispuso Cervantes de su buen amueblamiento neuronal, añadiendo un toque irónico de buen humor. Es la manera de que cada párrafo o entonación se conviertan en una salsa decisiva para el buen gusto final.

Aquellas añejas gracias culinarias devienen en ensoñaciones ante las cocinas menesterosas que nos toca engullir en los diferentes grupos sociales. Las modernidades se nos ofrecen con poco asentamiento en la razón vital orteguiana, convirtiendo en previsibles las presentaciones de indigestiones y cólicos. El envidiado sosiego de Miguel de Cervantes para captar y afrontar las desventuras -el conocido concepto del alcionismo- nos hace añorar esa recámara intelectual capaz de ensamblar las discordancias, emergiendo la locura para desfacer entuertos, para tener la audacia suficiente para buscar soluciones.

Estamos tan necesitados como entonces, echamos en falta frecuentemente SOLUCIONES HUMANAS. No parecen transcurrir los años de las Meditaciones de Ortega a primeros del siglo XX.

Las andanzas pintorescas, las cuchufletas, las ironías, sirven de vehículo para sacar a la palestra esas caricaturas de la vida que tanto abundan. La maestría radica en expresarlo lejos de las alusiones personales virulentas, con alegría, y con la suficiente apertura de miras para que los lectores ejerzan su protagonismo, con la posibilidad de ensamblar lo leído con sus entornos sociales.

Si hablamos de psicología, ¿Qué entendemos por un comportamiento cuerdo? ¿Actuamos libres, o desbocados? ¿Espasmódicos o frenéticos?

Si de letras, las evidencias nos van deslizando lejos de los escritos. ¿Para qué leer si lo tenemos todo tan a mano?

Si de autores, tenemos imperiosa necesidad de autores como Cervantes, con el tino suficiente para fundir lo grotesco en una convivencia de mayor lustre y prestancia.

Si de sueños, debieran ser SUEÑOS IMPLICADOS para conseguir desfacer los entuertos. De quedarse sólo en sueños, no habrá forma de eliminar el mal fario.

Si desdeñamos enseñanzas, no apreciaremos más que los chascarrillos y permaneceremos sin aplicar la razón vital. Ya no valdrá la grandilocuencia de afirmar que seamos muy sesudos y cuerdos. Acabará por suprimirse la palabra cordura del diccionario a la vista de tamaños entuertos en los diferentes muestrarios.

Así podemos colegir a modo de minicuento: LA ESPERPÉNTICA FIGURA DISIMULÓ EN EL VIAJE LA MEJOR CORDURA.

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