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Etiquetas:   AL DETALLE   -   Sección:   Opinión

Gente con clase

María Sánchez Rodríguez
Redacción
lunes, 16 de mayo de 2005, 22:28 h (CET)
Hoy decidí hacer lo que hace tiempo no hacía: hacer de cotilla, observar a la gente con la que me iría encontrando a mi paso, escuchar o al menos oír lo que decían.

Nada más salir de casa vi aun hombre joven cargar cajas de botellines de cerveza para entregarlas en una cafetería cercana a mi casa mientras cantaba la zarzamora.

Al sentarme en el autobús, escuché como una mujer de unos treinta y tantos años, mientras lloraba, contaba a su compañera de viaje que había decidido largarse fuera de Madrid para intentar olvidar a un hombre que no la quería como ella le quería a el. Su compañera intentaba convencerla de que esa no era solución, y la que lloraba insistía en que si, que prefería tenerlo en su recuerdo como algo bello que perderlo para siempre por agobiarle.

Entré en una tienda de comestibles y una mujer mayor, muy mayor, decía al dependiente que si el tabaco era veneno por qué narices lo vendían, que ella no había fumado nunca, pero entendía a los fumadores.

En un banco en pleno centro de Madrid vi a una mujer con un periódico y un bolígrafo en la mano subrayando algo de su interior. Tal vez buscaba empleo, casa, coche o un contacto amistoso, no sé, pero ella mientras lo hacía fruncía el ceño.. sería trabajo lo que buscaba.

Escuché a un hombre vestido de traje y corbata hablar desde su teléfono móvil a grito 'pelao'. No paraba de decir: '¡pues dile que sin agua caliente no podemos estar! ¡Que tenemos una niña, joder!'

Antes de ponerse un semáforo en verde para los vehículos, una pareja se besaba apasionadamente dentro de un coche.

Una niña iba sola al parque o eso me pareció, llevaba una pelota en la mano y se dirigía corriendo sonriéndose.

A mi lado pasó un chico con rasgo sudamericano que tiraba de una silla de ruedas en la que iba sentado un anciano. Los dos iban recitando una poesía que en mi vida había escuchado o leído. El caso es que los dos la recitaban al unísono.

Una ambulancia del Samur paró a escasos metros de donde me encontraba. De ella se bajaron dos personas de amarillo y se adentraron en un callejón a toda prisa.

Al final de la jornada cuando volvía en tren de cercanías a mi pueblo, me senté junto a dos mujeres perfectamente peinadas. Entre ellas competían por ver quién conocía a más gente famosa, y una enseñaba los bombones que según ella comía Isabel la de las losas, o según donde se viva, la de los azulejos. La más risueña decía a la más antipática: '¡la verdad es que tiene clase! ¿No crees?'. Yo miré por la ventana del tren, y me sonreí. La verdad que gente con clase era para mí la que me había encontrado durante mi jornada en el centro de Madrid.

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