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Etiquetas:   Disyuntivas   -   Sección:   Opinión

Males organizados

Cuando sacamos a relucir los males, el mal en concreto, ese que sobra siempre; afrontamos uno de los problemas que nos desborda por el frente histórico de todos los sufrimientos sobrevenidos
Rafael Pérez Ortolá
viernes, 10 de febrero de 2012, 07:47 h (CET)
Sin que tampoco olvidemos el concepto en sí mismo, manifestado con tantas variantes. La idea del mal no logramos sintetizarla de manera eficiente. Su percepción nos supera y a su delimitación llegamos en condiciones desfavorables. En una palabra, nos valemos únicamente de APROXIMACIONES. Leibniz establecía 3 esferas del mal que ya son clásicas. La generada a través de las profundas creencias radicales de la metafísica; los males cercanos y palpables en el terreno físico; y la tercera vía del mal moral. Sin embargo, ese esquema teórico ofrece después una compleja red de ramificaciones de difícil comprensión.

La insidia maléfica circula por derroteros estrictamente individuales o por entramados del conjunto de la sociedad; ambas vías entrecruzan sus direcciones en no pocas ocasiones, con influencias recíprocas e intensidades diferentes. Varios autores (I. Ellacuría, F.Inciarte, R. Fornet-Betancourt, …) recurren al concepto del MAL COMÚN en su noble afán de desbaratar el frente de calamldades generadas por estructuras grandes, en las que fueron numerosos los participantes que intervinieron en su organización. No es el “mal de muchos”, no es el número de afectados lo que define el concepto; es la dinámica de una configuración organizada, la que propicia la difusión de los males. De entrada, ya introducen dos de las ideas peligrosas, la potencia maligna de la grandiosa organización y la difuminación de los nombres propios detrás de las siglas de la estructura. Como resultará fácil de observar, hablamos de unos comportamientos difundidos de manera universal, sus grados u otras particularidades vendrán después.

El extenso muestrario con ejemplos derivados de estructuras dañinas, demuestra su proliferación a lo largo de los tiempos y el triste liderazgo en esta materia ejercido por los adelantos modernos. Si observamos esa REITERACIÓN, resulta comprensible, pero poco justificada; conocemos muchos de sus entresijos, aunque por desgracia, apenas es utilizado ese conocimiento en la búsqueda de soluciones. Así, al paro lo miramos poco más allá de sus cifras, sin prestar gran atención al deterioro que origina en las personas afectadas y sin que observemos modificaciones estructurales de suficiente calado. ¿Acaso estaremos convencidos de que las estructuras no pudieran ser modificadas? El daño antropológico afecta también a las personas situadas bajo el aplastamiento del hambre y de la miseria. ¿La organización social distributiva, tampoco podrá ser diferente? Unamos el fenómenos de la emigración y oiremos nuevos crujidos de las grandes creaciones estatales.

Con el mal entramos en un laberinto de difícil o inexistente salida; por que constituye un componente humano enérgico y tenaz, frente a cualidades mejores un tanto adormecidas. Sus múltiples manifestaciones y variantes entrañan de por sí gran parte de los impedimentos, los tropiezos sorprenden en cada revuelta. Cuando la sensibilidad social disminuye, añadimos cierta tolerancia con la maldad, hasta darle unos visos de normalidad traicionera. Un factor muy a tener en cuenta en esta pérdida de orientaciones, viene asociado al trato que le damos al mal con el LENGUAJE empleado para referirnos a sus actividades. Lo que está mal suele estar bastante claro, esa nitidez la llevamos también dentro. Pero desdibujamos sus perfiles cuando hablamos del asunto como servidumbres técnicas, daños colaterales, falsedades sin importancia, ocultamientos, injusticias o consecuencias del desarrollo; y cuando, sobre todo, dejamos de lado los sentimientos más elevados y trascendentes de la esencia humana. Poco a poco, con una intensidad inclemente, habremos contribuído a unas referencias del mal un tanto, o un mucho, colaboracionistas. Lo disimulamos en la maraña de preocupaciones que nos aquejan. De esa manera, hemos trivializado las presencias del mal, a las claras y por la vía directa.

Con esas tendencias de no llamar a las cosas por su verdadero nombre, hablamos de …; hemos vaciado de sentido a las palabras, arrastrando detrás a los contenidos de los sentimientos y a la capacidad de discernimiento. Facilitamos así la penetración del mal por cualquier resquicio, destrozamos las argumentaciones en su contra, le dejamos el paso libre. El sustrato social sano, en palabras de Gustavo Bueno, mostrará sus versiones repugnantes y peligrosas. Es su difinición de la CORRUPCIÓN, auténtica lacra actual sostenida por las citadas tramas sociales, mal enfocadas y toleradas en exceso. ¿Existirá el revulsivo transformador de semejantes perversiones?  Por una vez, atendamos a Lutero, venía a decir que era absurdo basarnos en la escueta naturaleza humana, aún admitiendo las bondades de su interior,  contiene también buan dosis de condiciones repulsivas, desde la codicia imparable, su impiedad, la crueldad, la injusticia o incontables despropósitos. El dilema está centrado en la atenuación o intensificación racional del panorama expuesto.

También los hechos aislados, sea un asesinato, un desfalco o un acto xenófobo, participan de la elaboración previa del tejido social; educación, escasez de medidas preventivas, crispación, frivolidad o falta de criterios adecuados, suelen ser acompañantes significativos de los supuestos actos aislados. No cabe duda, son INFLUENCIAS malignas generadas por el conjunto de la sociedad. Con un agravante, nadie las toma bajo su responsabilidad. Si bien la participación en el hecho concreto es reducida, incluso una sola persona; el denominado “mal común” trabaja en los diversos terrenos relacionados, sin olvidar los subconscientes. Ocurre sin embargo, que los intereses políticos o la dejadez participativa de cada ciudadano, tratan a estas influencias con una indiferencia preocupante; lo que repercute en el sufrimiento de las víctimas y deteriora de manera insidiosa el tejido de la convivencia.

Las divagaciones no sirven de escapatoria válida, al final las consecuencias nos caen encima sin ninguna contemplación y cuando ya no hay remedio. Los artificios virtuales descompuestos por la indiferencia, las difusiones propagandísticas de fundaciones podridas por dentro, o simplemente, las medias verdades sobre la droga u otras materias, forman parte de esos nocivos factores causales. Sus efectos los podemos contemplar con una somera observación del deterioro al que abocamos con los DERECHOS HUMANOS. ¿Igualdad ante la ley? ¿Nos reímos o pataleamos? De la vida humana en las diferentes situaciones, no hay más que abrir los ojos. De la libre circulación, la seguridad, el trato a los desempleados o las manipulaciones educativas, también vamos mal servidos. De algo responderá la organización y la cuota personal que nos vaya en ello.

Nos acecha sin pausa un peligro inminente, a todo lo anterior suele sumarse la soberbia de los ILUMINADOS – ya Erasmo avisó de esa corrupción pretenciosa-. Alardean de sus depósitos de la verdad con toda desfachatez. Unas veces conocen al dedillo las revelaciones sobrenaturales, o bien el porvenir de las ciencias sin importarles lo que no está explicado, y en el campo de la economía alcanzan a todas las esencias. Realmente abunda y cuesta clarificar sus excesos, sobre todo si echamos mano de la comodidad y nos dejamos llevar por su empuje.

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