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Etiquetas:   Artículo opinión   -   Sección:   Opinión

El camino equivocado… o no

Visto está: nuestras autoridades prefieren destruir que construir
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
viernes, 3 de febrero de 2012, 12:03 h (CET)
Don Benito Pérez Galdós acuñó el término, y yo me sumé a su definición haciéndolo propio, la España de la viceversa. No sólo era un excelente autor, tal vez el mejor novelista que haya tenido España, sino un hombre de una mente preclara que ya constaba en sus días, lo mismo que otros colegas como don Pío Baroja y su esperpento, que nuestras autoridades eran, además de incapaces irrecuperables, una demostración exacta de justamente no lo que no había ser ni de cómo no se había de gobernar. Lo triste del caso es que, a pesar de los años transcurridos, la cosa, lejos de no merecer ya una nueva Generación del 98, la necesita más que nunca porque todo va a peor.

Lo último de lo último, ha sido lo de Gallardón. Ya he advertí que, habida cuenta de su delirante trayectoria al frente de la Comunidad y el ayuntamiento de Madrid, no podía traer nada bueno nombrarle ministro, aunque, lejos de hacerme el menor caso –como si fueran de los míos- ahí le tienen a él y, claro está, a sus resultados: ahora nos podremos divorciar ante notario, así como uno transfiere la propiedad de un huerto o la de un burro. Y burros somos, desde luego, al menos si consideramos a quién nos dirige. Sería para partirse de risa por lo excéntricamente absurdo del caso, si no fuera porque la tristeza de tal desvarío nos hace perder la poca fe que nos quedaba en la especie humana, toda vez que, aunque suya y bien suya sea la idea de tal desafuero, forma parte de un gobierno y de un partido que debería, por caridad del tipo que sea, ayudarle con un especialista.

Duele la capacidad que tenemos para legislar la destrucción, cuando lo lógico y constructivo sería hacerlo en la prevención y la edificación de una sociedad moralmente sana. El matrimonio no es comprarse un coche o trapichear con un bien, sino la base y fundamento de absolutamente todo en la sociedad. Unos cimientos a los que no se entiende por qué, últimamente no dejan de socavarlos los partidos de la izquierda y la derecha, cual si ambos quisieran, al alimón, que el edificio se derrumbara. Claro, en cierta forma es lógico, porque ya he dicho muchas veces que ambas tendencias alternativas son los dos brazos de la misma bestia, y, en consecuencia, obedecen a la misma corrupta mente directora.

Por lo que se ve, no se trata de que los jóvenes comprendan y se responsabilicen de sus actos cuando pueden producir que se engendre una nueva vida, sino de que tengan facilidades extremas para que se desprendan de ella como quien se deshace de un objeto incómodo o inservible; y no se trata de que las parejas con conflictos aprendan métodos racionales para sobrellevar sus diferencias o que sepan cómo orientar sus energías para superar las crisis sobrevenidas, sino de que puedan divorciarse ya, por las bravas, rápidamente y, eso sí, pagando como buenos contribuyentes. Todo sea por la pasta, en fin, que los notarietes están de capa caída con la desaparición del pelotazo ladrillero. Al paso que vamos, seguramente en una o dos legislaturas bastará para el divorcio con la cruz y raya tradicional, al tiempo.

No es que el señor Gallardón haya frivolizado al pretender legislar esto, sea cual sea la excusa, sino que ha convertido a la institución matrimonial en un objeto de consumo, en un bien de tráfico, en una cuestión pecuniaria. Y el matrimonio no es nada de eso. En realidad la sociedad no tiene nada que ver con lo que se está haciendo con ella, causa y razón, probablemente, por la que el propio sistema está colapsando sobre sí mismo con un organismo que muere. La familia, el matrimonio, merece mucho más respeto por parte de quienes pretenden divorciarse, especialmente cuando hay hijos de por medio, quienes de sobra sabemos cómo y en qué situación personal, psicológica y moral quedan –puedo dar testimonio personal de ello-; pero sobre todo el Estado no debiera frivolizar tan ridículamente sobre un asunto tan capital. Lo que hay en juego es mucho y muy importante –sólo se puede hablar, escribir o hacer arte de dos cosas: la vida y el amor-, y tanto más si hay hijos comunes a la pareja que desea separarse. Enviarlos a un notario, que expedirá mecánicamente un acta-tipo sin más (por cobrar una pasta, claro), sin considerar los injustos daños que se puedan producir a las partes afectadas –además de a los hijos, probablemente a uno de los propios solicitantes del divorcio por presiones o amenazas de una parte a la otra-, es poco más o menos lo mismo que enviárselos para que se divorcien al charcutero de la esquina: una locura.

Pero, por lo que se ve, no inteligencia para más. Es lo que hay, no hay más cera que la que arde.

Puedes conocer toda la obra de Ángel Ruiz Cediel: Un autor que no escribe para todos (Sólo para los muy entendidos)
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