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Etiquetas:   Acuerdos y desacordes   -   Sección:   Opinión

Cuando el debate es combate

Ana Morilla Carabantes
Ana Morilla
sábado, 14 de mayo de 2005, 00:26 h (CET)
Muchos vivimos el Debate del Estado de la Nación como una fiesta; la apoteosis de la democracia celebrada mediáticamente, el despliegue de escenario, actores, luces, guión, desafío, el baile de ideas ordenadas y articuladas en el congreso, los oradores y portavoces y su tiempo de aparición, gloria o traspiés, el análisis sobre nuestro país y sus circunstancias, el tablero de ajedrez de palabras y frases que representan intereses, a veces valores, las bambalinas de consultores, ideólogos y acuñadores de opinión y titulares que asesoran a los líderes, su posible miedo escénico ante el examen colectivo... El Debate no llega a la altura ritual, estética y visual de las parafernalias vaticanas u operísticas, pero permite, como los espectáculos complejos, disfrutar del análisis en múltiples planos.

Hay debates en que se busca la exposición, el matiz y hasta el encuentro y los hay para sacar pecho ante el propio clan deslegitimando al adversario. El Debate sobre el Estado de la Nación celebrado el miércoles ha sido, en algunos momentos, un ring para hooligans y no una cámara institucional donde ofrecer a los ciudadanos cumplida cuenta de actuaciones por parte del Gobierno, y análisis crítico, constructivo y realista por parte de la oposición; es evidente que no siempre se persiguió coadyuvar a mejorar la situación del País, sino sacar tajada y posición de partido a cualquier precio.

Preocupa pensar que la oscilación que va del País de las maravillas de Zapatero a la hecatombe a la deriva expuesta cruenta e incendiariamente por Rajoy, sea similar a la fractura que existe entre las visiones de los ciudadanos. Preocupa comprobar como el principal partido de la oposición, y opción de alternancia gubernamental, abandona el centro sin pudor y se acomoda en la radicalidad que sigue utilizando ETA y Patria, sus canteras de voto y alarma, a costa del grave daño que con su falta de equilibrio en temas tan sensibles se infringe a las causas que pretendidamente defienden.

El debate ha sido calificado como el de la ruptura y ésta es la proclamación de un fracaso de nuestros políticos. Se diría que la oposición actual prefiere romper la baraja con indignación y escándalo para que su ira sea más creíble y a sabiendas de que el Gobierno no podrá resolver sin su ayuda los resbaladizos y complejos retos que está enfrentando.

En el núcleo del debate – combate, los hechos realizados por el Gobierno, su discurso inicial de actuaciones realizadas, situación por sectores y las políticas concretas, pasaron durante la intervención de Rajoy a un plano muy secundario; su lugar lo ocuparon insultos personales ( hasta 20), sospechas e hipótesis ( negociaciones fantasma con ETA, posibles “oscuros pactos ZP, Ibarretxe, Otegui”) y descalificaciones a la globalidad que nos impidieron contar con un interlocutor creíble que denunciase fallos en temas clave y reales ( cierta indefinición en la reforma de estatutos, política débil de vivienda, falta de productividad de nuestra economía, necesidad de minimizar la deslocalización, trinomio jóvenes-empleo-precariedad, y otros muchos)

Los expertos dicen que en comunicación lo que importa, en más de un 70%, son las formas: Zapatero se posicionó con sonrisa, candor, cierta displicencia sosegada, su optimismo antropológico y su clásica pedagogía democrática un tanto gastada. Usó sus palabras talismán: sueño, esperanza, diálogo y ciudadanía. Tres frases destacables: “no renunciaré a la política para poner fin al terror y me comprometo a informar a la cámara si se dan pasos hacia una posible negociación con ETA”, “la financiación autonómica será acordada multilateralmente en el Consejo de Política Fiscal” y “Vuelvo a ofrecer al PP una reunión inmediata para tratar el modelo de Estado”

Rajoy se postula como hombre sensato, precavido y eficiente desde una inflexión Gallega o irónica; brillante y rápido como orador, sabe que el sarcasmo es un buen arma para ridiculizar el candor y las buenas intenciones. Su practicidad desmonta ensoñaciones y utopías y sólo queda un realismo focal, bajo de miras, interesado. Su discurso excitado y radical, se basó en una táctica hábil: sembrar dudas sobre la naturaleza humana y personal del político siembra la sospecha en toda su obra. Tres frases: “ Está Vd. traicionando la memoria de los muertos”, “Vende España para mantenerse en el poder ” y “Usted está enfrentando España y consiguiendo alimentar la antipatía a Cataluña” ( ésta última aseveración viniendo del PP resulta verdaderamente curiosa).

Destripar la antesala de los discursos del Debate del estado de la Nación sería fascinante: nos mostraría cuanto hay en las intervenciones de interés por mejorar la situación en España y cuanto de sangre de partido, de juego sucio para sacar tajada mediática despedazando al rival, cuanto de alteración conciente de la realidad para provocar impacto o conseguir iracundia y exaltación en los espectadores ansiosos de lucha política. Claro que entonces, alguien puede recordarte la historia de tu propio partido y evidenciar la utilización hipócrita de argumentos, pero eso no llegará a muchos ciudadanos, y ya cuentan con ello, como con los 4 minutos de frases en telediarios y algún titular prejuicioso que compondrá la información de la mayoría.

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