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Etiquetas:   Bromas aparte   -   Sección:   Opinión

La memoria traicionada

Ezequiel Estebo
Redacción
martes, 10 de mayo de 2005, 21:53 h (CET)
Eran las once de la mañana y los de la AVT ya estaban en Plaza Castilla recogiendo firmas para la campaña "Memoria, Dignidad y Justicia". Y hay que decir que se les veía más entrega a éstos que a muchos de esos insulsos comerciales que se plantan delante de su stand como si estando allí te hicieran un favor. Es reconfortante comprobar la dedicación y el entusiasmo de aquellos que teniéndolo todo en contra se vuelcan por sus ideales y por la defensa de un Estado de Derecho que nunca ha estado más debilitado que ahora con la sóla fuerza que a algunas personas les da el coraje de haber sufrido y seguir sufriendo por querer ser libres.

Había quedado con un amigo a las once y media y aproveché que había llegado pronto para dar un pequeño paseo y disfrutar de una mañana que despertaba cálida, casi veraniega. Madrid siempre vive en un constante estado de estrés, si fuera una persona hace ya tiempo que habría sufrido más de un ataque al corazón, pero como no es una persona sino que es una ciudad quienes viven en la cuerda floja a metros del suelo, sin red, jugándose el infarto son sus ciudadanos. Siempre van a prisa. A todas partes. La gente rara vez se para a mirar nada ni a preguntarse nada. Y en Plaza Castilla, donde si no muere la gente a diario es porque existe Dios y no lo quiere, con los autobuses entrando y saliendo de sus andenes y los coches en la inmensa glorieta a girar y girar, Chamartín, Castellana, Murillo, todos girando e inventando nuevos carriles donde no los hay, esta sensación se concreta en un tráfico enloquecido, en una multitud de gente entrando y saliendo en la boca del metro y cruzando las calles por los distintos semáforos. Gente que espera en la puerta del hotel, de la cafetería, al lado del quiosco; gente que saca dinero del cajero y sale corriendo sin mirar a los lados ni detenerse, gente que sube y baja de los autobuses y espera, de pie, en los andenes con la mirada ausente o mirando una y otra vez a uno y otro lado esperando ver aparecer su autobús. Pero nadie está quieto. Nadie se detiene a descansar. Nadie se toma ni un instante para sí. Nadie descansa, nadie se detiene, nadie piensa. Sólo corren.

Pero supongo, que Plaza Castilla no es muy distinta después de todo de otras muchas plazas y calles de Madrid, de Barcelona, de Bilbao, de Valencia, Coruña, Sevilla o cualquier otro lugar de España, o del mundo; porqué no. Tan sólo, puede, según el caso, que sea más grande. Eso es todo.

En realidad, el tiempo es un bien de lujo. Parece que aplicando los principios de la lógica más elemental el tiempo debería de ser un bien de primera necesidad, porque sin él no se puede vivir. Vaya, sin tiempo no existe la vida. Pero no. La vida puede existir aunque no haya tiempo para vivirla. ¿Paradójico? Cierto. Así que, supongo, en aquellos instantes en que aproveché para pasear tranquilamente en aquella mañana y observar a la ciudad en su vorágine, por derecho propio pude considerarme una persona afortunada por poder dedicar aquel intervalo aunque breve a contemplar la vida pasar sin otra preocupación.

El caso es que, me temo, tampoco es del todo cierto lo que acabo de decir. Porque, desgraciadamente, sí me asaltó una preocupación. Tal vez, todo he de decirlo, se debiera en gran medida a haberme tropezado a la gente de la AVT recogiendo firmas, pero lo cierto es que no pude disfrutar de aquel paseo como hubiera querido.

No entiendo muy bien lo que está pasando. Y no lo entiendo bien, entre otras cosas, porque los protagonistas directos se han negado a darme ninguna explicación. Como ciudadano han considerado que no me importaba lo que hicieran con el país en el que yo vivo; y eso me provoca un gran malestar, la sensación de estar viviendo en una dictadura o en un golpe de estado, donde ya no existe la politeya aristotélica sino lo que entonces el sabio griego llamaba "democracia", una perversión de la politeya (gobierno de la mayoría) consistente en buscar sólo el bien particular de esa mayoría que gobierna y que es, de un modo u otro un estado donde no existe la igualdad de derechos de todos los ciudadanos sino ciudadanos de primera y de segunda, donde los primeros tienen todos los privilegios y los segundos, no tienen ni voz ni voto, son como esclavos a los que sólo les asiste el derecho a sostener con su trabajo el estado para el disfrute de los ciudadanos de primera.

Pero de lo poco que he conseguido saber, no me gusta nada. El ejecutivo de Moncloa se reúne con Ibarretxe al mismo tiempo que Patxi López con Aralar y se permite cobrar dinero público a través de la representación popular al inimputable PCTV, cuyo mensaje post-electoral no pudo ser más claro, con lo que el pueblo vasco parece haber aceptado que éstos deben de representarlos y tener voz y voto para decidir sobre sus vidas.

Ese es el estilo revisionista del ejecutivo socialista. Revisión de la historia y pasa página para las miles de familias que han sufrido en sus carnes el terror de ETA. Pasa página y come olvido para todos los españoles (que sospecho que salvo algunos pocos malnacidos hemos sido la mayoría) que hemos tenido que asistir angustiados al espectáculo esperpéntico de la violación constante y reiterada de derechos fundamentales como la vida y la libertad de expresión en la carne de personas valientes y honestas cuyo único delito era querer vivir libremente como toda persona quiere. Pero en cambio, no predican con el mismo ejemplo respecto de sus bastante más pretéritas heridas, que ya a estas alturas y aplicando su forma de hacer la aritmética mucho más todavía, deberían ya de haber cicatrizado. No predican eso, y olvidándose de todas las circunstancias que rodearon una época y despreciando cualquier clase de gesto de humildad, se erigen ahora en revisores de la historia y se dedican a retirar estatuas y a querer cambiar la historia a golpe de cualquier tipo de manipulación.

A mí, personalmente, las estatuas de Franco me dan igual. Me importan bastante más las personas que vivimos en el presente que los fantasmas del pasado. Pero me da a mí la impresión de que esto no es así con el actual ejecutivo, que decide que las personas del presente deberemos vivir en habitáculos de veinticinco metros cuadrados y en cambio quiere transformar los cementerios para mejor acomodo de los muertos.

No creo que nadie que me haya leído más de dos opiniones en esta columna mía pueda acusarme de ser franquista. De hecho y con motivo del 20 N dediqué un artículo a comentar lo que a mí me parecían los "fans" de Franco y quien lo leyera entonces recordará que no salían especialmente bien parados; pero una cosa es no ser franquista y otra cosa es ser idiota. Lo que estos quieren no es otra cosa que ganar la guerra después de perdida; y miren, ni me parecería mal si no fuera porque en su forma de hacerlo arrastran a millones de españoles a revivir las viejas heridas y hacen con ello mucho daño y ningún bien. Estos, que tanto predican la tolerancia no son sino aprendices de dictadores, golpistas sin escrúpulos que utilizan las instituciones a su conveniencia pervirtiéndolas y ridiculizándolas. Porque, aunque fuera cierto que el Valle de los Caídos fuese un monumento para franquistas, yo diría que es un momento producto de la historia que hemos para bien o para mal vivido, no me parece a mí que Franco haya sido ni mejor ni peor que Lenin o Stalin o Castro. Y no recuerdo, si es de otro modo me corrigen, que hayan condenado a ninguno de estos. Esta es una muestra más de la tolerancia que predican. De los principios que tienen, y de la verdad de sus convicciones. Esto se llama manipular la historia y se llama pervertir las instituciones. Porque eso de querer hacer del Valle un monumento a los republicanos que lucharon contra el régimen. ¿qué es sino un ensalzamiento del bando republicano? Y yo me pregunto: ¿será que los republicanos no pelearon en la guerra? ¿Será que no quemaron iglesias? ¿O es que se pretende que quemar iglesias no tiene la más mínima importancia? No pretendo con esto dar o quitar razones, sino apelar al sentido común. La gente que cayó de uno u otro bando lucharon por sus ideales. Sentenciar que unos eran buenos y otros malos, no es signo de tolerancia sino de intransigencia y totalitarismo. Lo único bueno que puede tener esto es que supone la constatación de que ni tenían intención entonces de ayudar a la convivencia, sino que efectivamente buscaban la confrontación ni hubieran hecho otra cosa que instaurar idéntica dictadura que la que hubo si hubieran ganado.

En un país donde el ejecutivo de la nación da razones y alientos a los terroristas y tras una transición se vuelve a levantar el bando republicano, tal vez estaría bien que la gente dejase de correr de un lado a otro y se detuviesen a mirar a su alrededor; porque de otro modo puede acabar sucediendo que cuando al fin quieran levantar la vista no les dejen.

Esto que está pasando no sé si se puede llamar felonía, opresión o dictadura, pero clama al cielo. Cristiano, musulmán o laico. Da igual.

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