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Un ejemplo de deportividad

Ángela Rodríguez

martes, 10 de mayo de 2005, 22:23 h (CET)
El sábado se celebró en Sevilla uno de los acontecimientos más importantes de toda la Liga para esta ciudad, el derbi. Ambos equipos se enfrentaban en un partido de vuelta que convierte la semana en Sevilla en un ir y venir de debates, apuestas y charlas de bar.

El martes pre- derbi, porque durante esa semana la vida social se articula en torno al derbi, estaba sentada con unos amigos en un bar tomándome unas cervezas. La televisión, como en toda tasca que se precie estaba encendida aunque realmente nadie la miraba hasta que llegaron las 23.30 y apareció en pantalla un enorme escudo del Real Betis encaramado a una pared de azulejos. Bajo ese decorado, una mesa adornada con un teléfono blanco y oro que apenas dejaba ver la cara del señor Manuel Ruiz de Lopera, Don Manué,. Esta cadena televisiva retransmitía un debate del programa de José Ramón de la Morena en el que se enfrentaban los presidentes de ambos equipos, aunque sus exigencias impedían ubicarlos en un mismo espacio. La imagen del sevillismo quedaba sellada en una mesa de proporciones ridículas con un desconcertado José Mª de Nido acompañado por varios locutores que compartían un micrófono y se chocaban entre ellos peleándose por encaramarse al aparato.

Todo era distinto en la calle, la “guasa” caracterizaba los comentarios de la gente entre risas, hacían bromas acerca de la importancia del derbi, del futuro del equipo rival y de los puntos de más o de menos… nadie sentía el reflejo de la pasión por su equipo en aquella imagen patética de sus presidentes y sí que nos preguntábamos cómo podían haberse prestado a eso.

Desde que tengo uso de razón recuerdo aquellos momentos de nervios frente al televisor o en el estadio de la mano de mi padre. También recuerdo las previas, las risas, los momentos de indiscutibles peleas post derbi… y todas esas situaciones que rodean a un partido de tal alcance social.

Pero nunca había sentido tanto orgullo por una afición como la que sentí el sábado en el Manuel Ruiz de Lopera. Me sentía más aficionada y más unida a mi equipo que nunca. La lección de falta de respeto que habían dado previamente los presidentes en televisión, siendo precisamente ellos los que deberían dar una lección al público, no enturbió en absoluto el espectáculo, se vio más fútbol que nunca y los habituales incidentes no fueron dignos de mención. Quedaron en el olvido las famosas tanganas dejando ver la profesionalidad y el respeto que debe caracterizar la rivalidad en el campo.

Hoy puedo decir que deberían en el extranjero, donde tantas veces se producen incidentes que llegan incluso a terminar con la vida de algunos aficionados, aprender de Sevilla. El fútbol debe ser tal como aquí lo ve la mayoría, una fiesta, una comunión en la que el deporte es el principal protagonista y muestra la mejor de sus caras.

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