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Abbadon
El presente tiene tal cariz, que el futuro parece regentado por Abbadon
Ángel Ruiz Cediel
@angelruizcediel
lunes, 23 de enero de 2012, 10:35
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Hace ya algún tiempo que asumí que mi país ya no es mi país, lo mismo que todos esos jóvenes titulados que, a un ritmo de 1500 diarios, tienen que abandonarlo para buscarse un futuro lejos de la tierra que les vio nacer. Ninguna de las decisiones importantes que les conciernen a los españoles la pueden tomar ya los supuestos líderes españoles, sino que es desde otras instancias ajenas desde las que se gobierna, siempre allende nuestras fronteras, así en lo económico como en lo militar, pasando por todos los demás aspectos soberanos. Ya no hay ley que se ajuste a nuestros intereses, sino a los de quienes nos mandan y gobiernan, y a favor de los cuales incluso se modifica en un par de semanas la Carta Maga, que para algo es suya.

Lo peor de todo, no es que ya no haya futuro para los jóvenes en general o para los jóvenes titulados que se creyeron el cuento chino ése de que si esforzaban y eran buenos chicos tendrían algún futuro, sino que tampoco lo hay para nadie más. No lo hay para esos millones de parados que cuentan con más de cuarenta años, quienes no tienen probabilidad alguna de encontrar un empleo, ni lo hay para los demás desempleados (y los que se sumarán), quienes como mucho encontrarán un minicontrato criminal de ésos que los instalará para siempre en la miseria de la que jamás podrán escapar ya, porque ese mismo tiempo empleado en engañar al hambre les impedirá buscarse una vida digna. No; ya nadie cree en su país –o cada vez menos ingenuos-, y los países se saben rehenes de poderes que les son ajenos. Ni siquiera los dirigentes del país creen en su país, y por eso lo saquean antes de que sea tarde y lo hagan otros, llenándose los bolsillos con el sudor de su latrocinio y blindándose contranatural un potencial porvenir de bienestar que, a todas luces, es ya imposible porque tampoco el porvenir cabe en el futuro.

Es la implantación de la anarquía real -¡sálvese quien pueda!-, o, si prefieren el lenguaje académico, el establecimiento de la geometría del caos o el culmen de la entropía.

Y la cosa, lejos de pode mejorar, sólo puede empeorar: lean los periódicos o visiten sin complejos Internet. No es que se busquen soluciones a un problema social sistémico en el que fallan todos y cada uno de los órganos sociales, sino que nadie en el mundo entiende qué está pasando en realidad, más allá de que esto se acaba. Tratan por todos los medios de regresar a lo de antes, que ya falló, y no cesan de corregirse a sí mismos, incluso rectificándose varias veces en el mismo día; pero nadie, en ninguna parte, ha dado con la solución no porque ésta se esconda, sino porque no existe. El individuo se puede equivocar, pero el grupo siempre acierta, bien lo saben quienes dominan las matemáticas del caos y conocen sus ecuaciones.

El problema es irresoluble a la vez que elemental. Irresoluble, porque no hay marcha atrás; y elemental, porque es sencillísimo comprenderlo: el sistema está agotado, kaput, finito, ended. Digo que el individuo puede equivocarse pero que el grupo no, y sé lo que digo. Todos, de alguna manera, lo sabemos o lo intuimos, pero tenemos la certeza colectiva. Hay que distanciarse un poco para verlo, pero puede contemplarse. Hubo un tiempo en que había fines, como las patrias, y otros tiempos en que los hubo religiosos; después vinieron los sistémicos –capitalismo, socialismo, ismo, ismo, ismo-, y se nos agotaron los fines, quedando sólo el dinero, el nihilismo, el narcisismo, y como Narciso moriremos de inanición contemplando nuestra sin par belleza reflejada en las aguas del estanque. El fin único del acopio de bienes infinito –el dinero al final se extrae siempre de la explotación de la naturaleza-, es sencillamente inviable en un medio finito como un planeta. Poco importa que los acopiadores exploten ya otros países remotos o las regiones nunca hasta ahora holladas, porque también éstas son finitas y pronto quedarán esquilmadas. Estamos, en fin, en un callejón sin salida.

Pero sabemos que no hay marcha atrás posible, porque quienes tienen no pueden renunciar a lo que tienen y los que no tienen no si siquiera disponen de capacidad de rebeldía: bastante tienen con sobrevivir un día más. Y, entretanto, autistamente, como yonquis de nuestro desvarío, vamos tiempo adelante en el calendario sin comprender que sólo que nos queda el abismo como destino, y ése es el reino de Abbadon. Puede ser que el último empujón nos lo dé el cambio climático que está enloqueciendo al planeta, o esa guerra inminente entre las potencias que acaso tenga el fin pactado de eliminar a una parte sustanciosa de la población mundial, o tal vez lo sea una emisión de masa coronal solar en este temible ciclo 24, o aún lo que tantos poderes ocultan celosamente –como digo en Tetragrammaton, “mira a lo más alto (el Ojo de Dios), mira a lo más bajo”); pero no cabe duda que vivimos tiempos terminales y que, en el delirio propio de una civilización que se extingue, nos aferramos más y más a lo viejo, a nuestras riquezas. También en Pompeya se encontraron restos humanos de personajes que prefirieron morir abrazando sus riquezas que salvarse sin nada y empezar de nuevo.

La codicia sin freno ha llevado a las multinacionales a jugar con todos, alterando el precio de las cosas e incluso inventando remedios placebo a las enfermedades que ellos mismos crearon. Tal vez ahora, en un último esfuerzo por saquear a esta sociedad terminal, las autoridades de cada país (también en Madrid, por ejemplo), están recomendando a sus poblaciones que se preparen para catástrofes planetarias, sin decir cuáles, sugiriendo que se haga cada familia con mochilas de supervivencia (¿para sobrevivir a qué?), que acopien días o incluso meses de alimentos y agua, y que prevean planes de reunión y escape familiar. Tiene toda la pinta de ser un negocio más, éste el de la supervivencia, porque el pánico siempre ha sido un negocio extraordinario. Y muchos, en todas partes (también en España), se están construyendo refugios nucleares, acopian alimentos y manuales de supervivencia, cual si en el caso de que llegara una catástrofe planetaria alguien tuviera la menor oportunidad de sobrevivir que sea ajena a la voluntad divina o a la simple casualidad, si es que no sería preferible morir rápido en el supuesto de que las imponentes fuerzas de la naturaleza o de las armas de la ciencia se desatan. Sin embargo, tal vez esta aparente conducta paranoica no sea sino una forma de expresarse en la realidad la percepción de algunas mentes más sensibles que han intuido un final colectivo, sin saber cuál.

También hace milenios un hombre se inventó un dios para someter a otros hombres a su capricho, aunque sin saberlo inventó un Dios que ya existía. Hoy muchos están inventando a Abbadon, aunque Abbadon ya existe.

Puedes conocer toda la obra de Ángel Ruiz Cediel: Un autor que no escribe para todos (Sólo para los muy entendidos)
 
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