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Etiquetas:   La musa   -   Sección:   Opinión

Modelos familiares

Virginia Fernández Ruiz
Redacción
lunes, 9 de mayo de 2005, 22:14 h (CET)
El panorama sociológico español está cambiando en las últimas décadas, con respecto al modelo familiar tradicional así como en los comportamientos habituales que se desarrollan dentro de cada familia. La mujer, cada vez más formada, busca cumplir una serie de objetivos profesionales y personales antes de decidirse a formar una familia. Su prioridad principal ya no es la de ser madre, sino formarse y desarrollarse como persona.

Encontrar pareja ya no es tampoco algo que figure en sus planes como algo esencial y prioritario. Los divorcios están al orden del día y duplican el número de matrimonios que se contraen cada año. La mujer ya no está dispuesta a vivir por y para su familia y piensa más en sí misma, en una libertad que no admite culpabilidades ni sufrimientos innecesarios.

Harta de llevar la carga de las responsabilidades domésticas y familiares, de ser testigo de cómo generaciones y generaciones de mujeres han tenido que soportar la pérdida de parte de su libertad en pro de la realización y las necesidades masculinas y filiales, reivindica un espacio que le pertenece y por el que lleva luchando desde hace siglos.

El nuevo papel de la mujer en la sociedad ha revolucionado la manera de concebir la familia y de relacionarse dentro del núcleo que lo conforma. Un cambio que no tiene marcha atrás por mucho que las instituciones católicas y tradicionales se lleven las manos a la cabeza y vaticinen cataclismos y desastres ante la desaparición de un modelo tradicional, y no por ello el más idóneo.

Las familias están constituidas por personas que se quieren, se respetan y se ayudan. Debe ser una institución sin modelos arcaicos, ni definiciones precisas. Así pues, una pareja de homosexuales con hijos, una pareja de hecho, un grupo de amigos que viven juntos, una abuela y sus nietos adoptivos, una pareja de divorciados… y podría nombrar una decena de modelos más, tienen derecho a denominarse familia, si entre ellos se han desarrollado vínculos de afecto y se comunican entre ellos en busca de ayuda, bienestar y acogimiento.

Hay familias que uno escoge y otras que se imponen, y lo que está sobradamente demostrado es que la existencia de lazos de consanguinidad no es sinónimo de felicidad y equilibrio. Los cambios sociológicos se acaban imponiendo en una población en proceso de envejecimiento que está siendo testigo de cambios sociales y económicos irreversibles. Por lo tanto la familia no es algo que una institución supranacional pueda determinar como apta o no apta, son ciclos vitales y sociales que están por encima de lo institucionalmente impuesto por la tradición. Nuevas definiciones son necesarias en una sociedad que ya ha cambiado, y la Iglesia, así como los sectores más conservadores, tendrían que reflexionar sobre ello.

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