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Infidelidades
Justificar el comportamiento sexual de un hombre por el de un animal es tener un concepto muy pobre del ser humano.
¿Por qué predominan las infidelidades? Eduard Punset y David Bueno, en un reportaje sobre los motivos y las formas de infidelidad, consideran que lo más natural es no limitarse a una sola pareja y que hay individuos genéticamente más predispuestos que otros a poner cuernos. “Pero hay otro elemento que impulsa especialmente a algunos individuos a ser infieles: Son quienes tienen una determinada variante del gen RS334 y los que tienen el receptor D4de la dopamina”. Para justificar la “normalidad de los infieles”, los autores del reportaje nos trasladan a las aves de Norteamérica que según ellos “tienen tasas de infidelidades de hasta el 40% de las hembras”.
Holly Hill, que fue amante y autora de un libro afirma que “la infidelidad negociada entre cónyuges puede hacer más feliz a un matrimonio que quedarse sentado en casa preocupándose por dónde puede estar el marido o la esposa”. Hill sigue diciendo: “Creo que es normal que existan hombres infieles. Los hombres monógamos son héroes. A la larga todos los hombres están predispuestos a ser infieles a sus esposas” Noel Biderman es el fundador y presidente de una web que pone en contacto a posibles infieles de ambos sexos con aquellos que desean ser infieles”. El lema de su empresa es: ”La vida es corta. Ten una aventura”.
El informe al que nos referimos dice: “La monogamia se inventó para garantizar que los humanos recién nacidos tendrían a los padres para cuidarlos. Pero este pacto, muy útil logísticamente, es antinatural”. Este concepto de la sexualidad que ahora se está considerando natural es una fuente de graves conflictos que no explican quienes lo divulgan, por propia conveniencia. Quienes los escuchan se convierten en ovejas que son conducidas pasivamente al matadero. Una cita anónima, dice: “El césped del jardín del vecino siempre nos parece más verde que el nuestro”. Otro dicho afirma: “La fruta prohibida es más sabrosa”. La raza humana no ha aparecido en diversos lugares independientes, sino en un único paraje, en estado adulto, creada por Dios: “Dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo, le haré ayuda idónea para él” (Génesis 2:18). Fue el mismo Dios quien certifica la bondad del matrimonio monógamo cuando dice: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne” (Génesis 2:24). El pecado es el causante de las infidelidades conyugales, no predisposiciones genéticas. Vivimos en un mundo manchado por el pecado en el que se ha pervertido la sexualidad original.
Debido a ello encontramos en las Sagradas Escrituras cristianas esta recomendación: “”Guardaos, pues, en vuestro espíritu y no seáis desleales con la mujer de vuestra juventud” (Malaquias 2:15). Jesús, con la claridad que le caracteriza, dijo a las multitudes que le escuchaban: “Oísteis que fue dicho: no cometerás adulterio. Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón” (Mateo 5:27,28). Jesús tiene en gran estima la pureza sexual. Biderman puede decir: “La vida es corta. Ten una aventura”. Pero Jesús nos enseña a hacer una mirada introspectiva para hacernos ver que no es nada conveniente mirar con lascivia a la mujer del prójimo aunque sea por vía virtual o gráfica. Las infidelidades tienen un costoso peaje. Que se lo preguntes a los afectados por las infidelidades del cónyuge que convierten lo que debería ser un oasis familiar en un yermo achicharrado.
“El sexo compulsivo: mirar el césped del vecino o tener os ojos puestos en el fruto prohibido indica que algo no funciona bien en el alma del adicto. Manuel Mas-Bagà, siquiatra especialista en adicciones, afirma: La conducta compulsiva es la punta del iceberg: Debajo está un trauma, una fragilidad. La adicción actúa como un analgésico de este dolor psíquico oculto”.
La infidelidad conyugal es la expresión del trauma, de la fragilidad que se esconden en lo más profundo del alma. El pecado es el causante de esta fragilidad, de este trauma que induce a hacer un mal uso de la sexualidad. En el momento en que se cree en Jesús como Médico del alma que cura el pecado, la obsesión por el sexo, aunque sea virtual, es cosa del pasado. El perdón de Jesús convirtiendo al pecador en una nueva persona, aunque puede ser atraído por el césped del vecino o el fruto prohibido, no mira a la mujer o al hombre para desearlo pues “ha vencido la tolerancia baja a la frustración” de la que nos habla Mas-Bagà. Ha sido liberado de la esclavitud del sexo. Octavi Pereña i Cortina
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