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De todo hace treinta años

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
jueves, 5 de mayo de 2005, 21:55 h (CET)
Hace tan sólo unos días que se cumplieron treinta años de la retirada de las tropas norteamericanas de Saigón. Para los que ya no cumpliremos los cincuenta es un icono grabado en nuestra memoria histórica la imagen de un helicóptero sobre la terraza de la embajada de los EE.UU. en la vieja Saigón recogiendo a una inmensa fila de occidentales que trataban de, por todos los medios posibles,abandonar la que hasta la fecha había sido la capital de Vietnam del Sur donde los soldados americanos se habían hecho fuertes, como en los viejos fuertes del lejano Oeste, ante las acometidas de los pequeños y maltrechos, hasta ese día, miembros del Vietcong. Poco a poco los americanos del Norte habían ido haciéndose amos y señores de aquellos territorios y cualquier excusa fue buena para ir acumulando fuerzas en su firme idea de parar al comunismo. Si la explosión del viejo “Maine” les sirvió para desplazar de Cuba a los últimos restos del imperialismo español, otra explosión, esta vez en el golfo de Tonking les dio la excusa para entrar con armas y toda clase de bagajes en una guerra donde nadie les había llamado.

Los viejos marines del “Tío Sam” vienen implicándose en guerras ajenas desde que terminaron su guerra de secesión. El imperialismo yanqui encuentra siempre un camino y una excusa, la que sea, para irrumpir en terrenos ajenos e intentar imponer su ley amparándose en la vieja excusa de extender la democracia. Unas veces les sale bien la jugada y en otras ocasiones se meten en un jardín del que no saben como salir. Eso les pasó hace treinta y tantos años en Vietnam y eso les está pasando ahora en los desiertos de Irak. La diferencia está en que en aquellas fechas el pueblo norteamericano estaba en contra de una guerra que se desarrollaba entre los arrozales de Vietnam donde perdieron la vida cerca de sesenta mil jóvenes americanos y ahora la opinión pública de los USA o bien se muestra indiferente o bien apoya la política imperialista del presidente Bush.

Aquella fue la primera guerra televisada en directo. Cada día, a la hora de la comida o la cena, veíamos en la pequeña pantalla las acciones guerreras de los intrépidos “marines”. Este hecho, y los miles de bolsas negras llenas de cadáveres, hizo que la opinión pública americana se pusiera en contra de una guerra lejana en un país donde nada se les había perdido. Ahora los asesores presidenciales han aprendido la lección y las grandes cadenas americanas no presentan a su audiencia las masacres perpetradas por la resistencia iraqui. Ya se sabe que todo aquello que no sale en la pequeña pantalla no existe. Las llegadas de aviones cargados con cadáveres envueltos en un trozo de tela con las barras y estrellas no se ven en los EE.UU. y tan sólo en los pequeños pueblitos de la vieja América se llora a sus hijos desaparecidos.

Tampoco los universitarios de todo el mundo protestan, como entonces hacíamos, contra las masacres perpetradas ni existen cantantes como Dylan o Joan Baez o el viejo Seeger que canten las protestas contra la guerra. Y ha sido en medio de este clima donde los vietnamitas han celebrado que ahora hace treinta años que terminó una guerra de liberación demasiado larga. Primero tuvieron que luchar contra los franceses, después contra los americanos y ahora, con una población que perdió entre uno y dos millones de muertos en aquella guerra y con cerca de tres millones de exiliados por haber colaborado con las tropas yanquis, los vietnamitas y sus viejas bicicletas con las que todavía andan por las calles de la vieja Saigón, hoy Ciudad Ho Chi Minh, tan sólo quieren vivir en paz y olvidar que un día fueron el pueblo donde muchos nos miramos esperando que su lucha nos sirviera de ejemplo para vencer al viejo general que aquí nos mandaba. Finalmente, como todos saben, aquel viejo general sanguinario, pequeño y de voz aflautada murió en su cama después de firmar sus últimas penas de muerte. También de eso pronto se cumplirán treinta años.

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