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Etiquetas:   The Washington Post Writers Group  

Santorum, Huntsman y el futuro del conservadurismo

Me encanta ver a los Republicanos practicando el discurso de la lucha de clases
E. J. Dionne
lunes, 9 de enero de 2012, 08:19 h (CET)
MERRIMACK, N.H. -- . Lo condenan como pecado mortal cuando los Demócratas se acercan un kilómetro a llegar a mencionar las acusadas y crecientes desigualdades sociales en Estados Unidos. Pero cuando los conservadores juegan la baza de la clase, consideran hacerlo una elevada vocación ética relativa a la defensa de lo bueno y lo moral contra los envites de una élite izquierdista.

La hipocresía flagrante resulta instructiva.

Rick Santorum pronunció con mucho el mejor discurso la noche del martes tras su estupenda actuación en los comicios de Iowa. Entre los Republicanos, junto a Jon Huntsman -- y sí, Ron Paul, que en realidad es libertario -- él es el único que sabe quién es y por qué se postula. Santorum tiene una filosofía (y una teología) que cimenta sus opiniones. Es una filosofía retro pero no menos interesante por eso. De forma que comparativamente hablando, él habla de forma honesta de las desigualdades, incluso si va a complacer sin tapujos al hablar de las armas y de los homosexuales y del puritano Presidente Obama como si encarnara la sensibilidad moral de Woodstock y Gomorra.

Si los Republicanos quisieran celebrar un debate genuino en torno al futuro de su formación, mandarían a Santorum y a Huntsman. Huntsman es un convincente conservador económico, pero también resueltamente moderno. Defensor de la ciencia, es un realista curtido en política exterior que rechaza el moralismo neoconservador de Santorum y practica el lenguaje legislativo de una clase social media-alta a la que le gusta que sus políticos pongan el acento en el déficit y nuestra futura competencia con China.

Santorum es un católico aparte, y ello es lo más importante de su persona. Se sitúa en un bando de un longevo debate en el seno de la iglesia acerca de cómo construir una sociedad decente. Los católicos de la justicia social (y yo soy uno de ellos) representan una tradición estadounidense más antigua. Convenimos con los católicos más conservadores en la familia como ladrillo social esencial, pero consideramos que el capitalismo necesita regulación y correcciones si pretende servir al interés común, y proteger a la propia familia. Muchos de nosotros -- y en esto nos apartamos de la enseñanza oficial de la iglesia -- no consideramos que el matrimonio homosexual mine la fidelidad o el compromiso sino que los alienta.

En contraste, Santorum es lo que el estratega Republicano Steve Wagner llamó hace años "un católico de la renovación social". Estos católicos consideran la oposición al aborto una cuestión fundacional y la oposición al matrimonio homosexual algo esencial para "proteger" a la familia. Consideran al estado no tanto como garante de la justicia social como "causante nocivo para el carácter moral de la nación", en palabras de Wagner.

El electorado principal de Huntsman, en su forma actual, viene de los racionalistas económicos menos religiosos que no perciben los conflictos ideológicos que estallan por doquier. Santorum plasma la sensibilidad de los votantes católicos y evangélicos de clase media cuyo voto los Republicanos llevan tiempo dando por sentado.

La marea de Santorum fue fácil de prever. Era el último conservador ferviente que quedaba en pie, indemne de los errores imprudentes y de la operación prefabricada altamente eficaz e irresponsable de Mitt Romney cuyo producto es la publicidad negativa. (Bain Capital le habría escogido ganador). Aunque Santorum es católico, los evangélicos sabían que era uno de ellos en el fondo, siendo el nuevo ecumenismo más político que teológico.

Romney tiene que ganar claramente en New Hampshire. Su ventaja en los sondeos es importante, su organización formidable y los líderes Republicanos que tiene consigo aquí pertenecen a la clase que quieres de tu parte en un combate. Pero Huntsman está atrayendo multitudes nutridas, y el electorado conservador de clase media de lugares como Berlín, Laconia o Manchester que hirvió con Pat Buchanan en 1992 y 1996 encontrará atractivo a Santorum, incluso si Buchanan y Santorum están a continentes de distancia en política exterior.

También está esto: los anuncios del supercomité de acción política de Romney en Iowa alumbraron un feroz enemigo en Newt Gingrich. El orgulloso antiguo presidente de la Cámara baja parece decidido, por ahora al menos, a causar tanto daño como pueda al candidato al que tilda con desprecio de "tibio".

Esta campaña se ha reducido al enormemente disciplinado y profesional Romney, que hará y dirá lo que haga falta para ganar, frente a Santorum y Huntsman, que tienen visiones extraordinariamente honestas de lo que ha de ser el Republicanismo. Paul seguirá predicando economía austriaca (su "Ahora todos somos austriacos" fue el gancho más notable el martes), y Gingrich seguirá aullando. El profesional gana normalmente estas cosas, pero el choque entre tradicionalistas y modernistas está mucho más relacionado con el futuro del conservadurismo.
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