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Etiquetas:   EEUU  

Obama: ¿puede un mesías ganar dos veces?

Comienza un año de elecciones en EEUU
E. J. Dionne
lunes, 2 de enero de 2012, 08:17 h (CET)
WASHINGTON -- Esta semana se cumplen cuatro años de que un joven e inspirador senador que prometía pasar la página de la historia se llevara de calle los comités de Iowa y comenzara su imparable ascenso a la Casa Blanca.

Barack Obama no tenía nada que ver con ninguno de los candidatos que el país había visto con anterioridad. Se convirtió en un icono cultural más que en un simple político, "el más famoso del mundo", como le describe un anuncio de John McCain precisa si bien veladamente. Fue el objeto de adoración casi total entre los jóvenes, iniciando lo que a menudo parecía un movimiento confesional. Los artistas se deshacían en piezas musicales dedicadas a su victoria en un amplio abanico de formas, del reggae al hip-hop pasando por el folk celta. (Mi favorito personal: "Nadie es más irlandés que Barack O'Bama"). Los comicios electorales pocas veces mantienen la imagen de inventarlo todo, pero los partidarios de Obama estaban fervientemente convencidos en gran número de que 2008 iba a ser una campaña así.

Mientras la atención de los políticamente mentalizados ha puesto el acento en los comicios mucho más campechanos de Iowa y New Hampshire que van a ayudar a decidir cuál de los Republicanos se medirá con Obama en noviembre, nosotros vamos a reflexionar lo que el año que viene traerá a alguien que ahora tiene que postularse a la reelección como simple mortal.

El problema más grave de Obama no es la lista colosal de dificultades que dejan al país comprensiblemente desanimado: la marcha continuamente lenta de la economía, la averiada cultura política de Washington, la inquietud por la futura influencia y prosperidad de América.

A tenor de cada una de estas cuestiones, Obama tiene respuestas plausibles y, a juzgar por la mejora de su popularidad desde septiembre, ha hecho avances a la hora de hacer que el país las acepte.

La mayoría de los estadounidenses sigue convencida de que Obama heredó la tesitura económica más que haberla provocado. En ausencia de otra crisis en Europa, hay una posibilidad decente de que corran tiempos algo mejores llegado el día de las elecciones. La ofensiva otoñal de Obama contra los Republicanos del Congreso ha producido réditos. Los votantes parecen inclinados a achacar la disfunción de Washington al Partido Republicano, no a un presidente que todavía les cae más o menos bien. La mayoría también piensa que la política exterior de Obama ha puesto al país en un rumbo más firme. En la medida en que la belicosidad de los Republicanos -- de Mitt Romney sobre todo -- augure el retorno a la política exterior de George W. Bush, Obama seguirá teniendo ventaja. La fortaleza de Ron Paul en Iowa y New Hampshire sugiere que hay incluso Republicanos cansados de las aventuras militares en el extranjero.

Por todas estas razones, los Demócratas son mucho más avezados en las posibilidades de reelección del presidente de lo que lo fueron hace unos meses, y por mi parte, veo la suerte a su favor. Pero la amenaza que más debería preocupar a Obama puede no ser ninguno de los detalles que normalmente deciden las elecciones, sino el inevitable choque entre las extravagantes esperanzas de 2008 y la caótica realidad de 2012.

Recorriendo Iowa y New Hampshire las últimas semanas, me ha sorprendido la cifra de independientes y Demócratas que todavía quieren más o menos que Obama gane y que temen profundamente las consecuencias de un ejecutivo dominado por los Republicanos. Pero habiendo dejado esto claro, a continuación ponen más reparos a decidirse en favor de Obama este año que los que pusieron la primera vez.

Hay quien apunta la decepción por su fracaso a la hora de plantar cara a los Republicanos con la suficiente contundencia y la suficiente anticipación. ¿Cómo pudo Obama haber esperado cooperación de los conservadores, preguntan? Otros están frustrados porque no pudo cerrar filas en Washington, como dijo que haría. Hay otros más que apuntan verdaderos logros de Obama, incluyendo el estímulo y sobre todo la reforma sanitaria, y se preguntan la razón de que fuera incapaz de vender sus méritos a la mayoría del electorado. Y todavía quedan otros que se preguntan por la razón de que los piratas del sector económico hayan tenido que rendir tan pocas cuentas.

Pocos de esos votantes apoyarán alguna vez a un Republicano, y la mayoría volverá a votar a Obama de nuevo religiosamente. Pero un presidente que ganó las elecciones con el 52,9% de los votos no tiene mucho margen. Tiene que preocuparse no sólo de las polémicas sino también de la tónica y los ánimos entre sus partidarios. En su desenvuelto tema de promoción de Obama hace cuatro años, la banda alternativa de reggae Michael Franti & Spearhead prometía un país que "atravesaría los cielos igual que un águila" y que veía a Obama "progresando con una nueva luz".

No son estándares de la política cotidiana. ¿Podrán los votantes que con anterioridad apoyaron a alguien como figura trascendente volverla a sacar elegida como líder político normal, aunque duro? Este es el reto de Obama.

© 2012, The Washington Post Writers Group
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