Con coletas brillantes, recién peinadas y abrigados salíamos en tropel el conjunto de hermanos; no había nada tan mágico como ir a buscar el aguinaldo en Navidad a casa de los tíos; ni siquiera la llegada de los Magos superaba el misterio e ilusión de llenar los bolsillos de monedas y tomar un dulce en familia. Ahora sé que lo que se buscaba no era solo un regalito navideño que a los niños alegraba, echándolo en aquella bolsa de tela cosida por nuestra madre en invierno, más que eso, era tradición de siglos que ahora se pierde como las nuevas formas de dar y recibir en la actualidad se cuestionan.
El aguinaldo es una palabra que las últimas generaciones no conocen, aunque suenen los ecos del villancico de la carita de rosa que, miren por dónde, también se llama aguinaldo, tanto la propina que se pide como el villancico que se canta son aguinaldo o aguilando, vocablo muy utilizado en Andalucía y Murcia.
El famoso aguinaldo viene de los tiempos romanos más remotos, cuando en el solsticio de invierno era habitual hacer regalos en las fiestas de fin de estación, se consideraba como pago en especie de una anualidad de buenos deseos. Así lo vivíamos en la infancia, hasta que desapareció engullido por un señor barbudo que se cuela, sin permiso por la chimenea, a modo de simpático ocupa navideño y sin razón histórica que valga, como no es el caso de los aguilanderos de Murcia y Albacete que cantan sus villancicos y organizan encuentros investigando sus raíces que ahora se pierden en los entresijos modernos.
No hace tanto, ¿quién lo diría?, que el famoso aguinaldo se aplicaba a trabajadores públicos, merecedores de propina por su buen hacer en el trabajo como el cartero o el barrendero. El aguinaldo laboral es ahora irrisorio, cuando tras conseguirse unos derechos laborales aceptables, los aguinaldos desaparecen de los timbres, llamadores y puertas para convertirse en suculentas cestas de Navidad, engalanadas con espumillón y buenos deseos de empresa. Pero, hete aquí, que es posible que vuelvan los tiempos del viejo aguinaldo a juzgar por las condiciones laborales de empleados públicos para el 2012 que, sin comerlo ni beberlo, nunca mejor dicho, pasan a tener congelados y en el aire sus salarios, y ahora que vengan los antiguos romanos a darnos explicaciones de por qué desaparecieron aguinaldos, propinas y cestas navideñas y hasta el estado del bienestar disfrazado de crisis.
Si vuelve el aguinaldo, tan infantil y antiguo, puede convertirse en gratificación bien o mal empleada, regalos que se aceptan o no, que pasan a considerarse sobornos o prevaricación. De momento, nos quedamos con dos coplillas antiguas, que en tiempos de recortes se tornan actuales: “Dame el aguinaldo, abuela beata/ deme usted los higos que hay en la poyata.” O “Noble Rey, yo adorando/ vuestra alteza manifiesta, aunque pasada es la fiesta, / no se pierda mi aguinaldo.”