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Tags: Opinión · Momento de reflexión · Octavi Pereña
Ovejas y pescadores


La ceguera que produce la incredulidad impide ver la manifestación de la abundante misericordia que muestra Jesús cuando sale por los yermos a buscar a la oveja extraviada


Octavi Pereña Octavi Pereña
miércoles, 28 de diciembre de 2011, 08:43
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En el comentario que hace Ramón Camats ”La oveja perdida”, el escritor dice: “Existen personas, incluso cristianas, que consideran que el consejo implícito de la parábola contiene una flagrante injusticia”. De la parábola, el comentarista extrae unas conclusiones políticas y sociales que no estaban en la mente de Jesús cuando la dijo. Cierto es que la Biblia contiene muchos textos que tratan explícitamente la justicia social, pero el capítulo 15 del evangelio de Lucas no trata de este tema, sino del gozo que produce en el ámbito celestial el arrepentimiento de los pecadores.

El capítulo 15 del evangelio de Lucas contiene tres parábolas: la de la oveja perdida, la del dracma perdido y la del hijo pródigo. En los tres relatos algo se ha perdido: una oveja, un dracma y un hijo. Las tres tienen un mismo final: un gran gozo por un pecador perdido que se arrepiente.

Fijémonos en un caso real, el de Mateo, el cobrador de impuestos. Jesús camina por la calle y ve “un hombre llamado Mateo sentado en el lugar de la recaudación de impuestos” (Mateo 9:9). El Señor le dice: “ Sígueme, y él se levantó y le siguió”. Mateo era una oveja, un dracma y un hijo, que se había perdido y había sido encontrado. En la parábola del hijo pródigo, cuando éste regresa al hogar, el padre “se lanzó al cuello y lo besó”. El hijo, reconociendo su trasgresión, le dice: “Padre he pecado contra el cielo y contra ti, ya no soy digno de que me llames hijo tuyo”. La recuperación del hijo perdido se celebra con un banquete “matando el becerro gordo”.

Continuemos con el llamamiento de Mateo. Éste llevó a Jesús a su casa para celebrar haber sido hallado: “Y aconteció que estando él sentado a la mesa”. En este banquete ocurrió algo muy significativo: “He aquí que muchos cobradores de impuestos y pecadores, que habían venido, se sentaron juntamente a la mesa con Jesús y sus discípulos” (Mateo 9:10). ¡Sorprendente! Mateo se convierte en un cebo que atrae a otros cobradores de impuestos y pecadores. Este banquete que reúne a pecadores de diversas condiciones sociales es un anticipo del banquete de las bodas del Cordero que se celebrará en los cielos cuando se haya completado el número de los redimidos. Descendamos a la tierra y volvamos a la parábola del “hijo pródigo”y a la conversión de Mateo.

Encontramos en ello una reacción harto frecuente. El hermano del pródigo al enterarse por boca de uno de los sirvientes que el sonido de música que oía se debía a que su padre celebraba el regreso del hijo perdido y encontrado, no quiere participar de la fiesta. El padre sale para intentar convencer a su hijo de la conveniencia de la celebración, diciéndole: “Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarse, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido, se había perdido, y es hallado” (vv.31,32). El hijo que se consideraba buena persona se auto excluye del banquete que ofrece el padre. Volvamos a Mateo y encontramos en los fariseos la misma actitud del hermano del pródigo que se lamenta que su padre malgaste dracmas obsequiando al hijo “que ha consumido tus bienes con rameras” (v.30). Cuando los fariseos, los buenos de la película ven que Jesús estaba sentado a la mesa junto con pecadores, se lamentan a sus discípulos: “¿Por qué come vuestro Maestro con los cobradores de impuestos y pecadores? (Mateo 9:11). En vez de arrepentirse de sus pecados para poder participar de la alegría que se respira en el banquete que reúne ovejas perdidas y halladas, prefieren quedarse en la cale como ovejas perdidas vagando sin rumbo por los yermos.

Llegado a este punto Jesús dice a los fariseos: “Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos”. Recordemos que los fariseos eran aquellos religiosos que se creían justos y que presumían de guardar por completo la Ley de Dios. Creían por tanto que no estaban enfermos y que no necesitaban arrepentirse para que pudiesen ser hallados y que hubiese en los cielos un gran gozo por su retorno arrepentidos a la casa del Padre. A aquellos justos que eran inmisericordes con los pecadores, el Señor les tiene que recordar que siendo el Mesías prometido desde el inicio de la Historia “no había venido a llamar a justos, sino pecadores al arrepentimiento” (Mateo 9:13).

Los pecadores que como los fariseos se consideran justos celebran muchos banquetes en los que se combinan los manjares más deliciosos , en los que no se disfruta el gozo permanente. En estas celebraciones, detrás de la máscara de felicidad se esconde abundante amargura del alma. Se desconoce el gozo permanente que produce el perdón de los pecados por la sangre de Jesús, que es el Buen Pastor que da su vida por las ovejas extraviadas, que las busca para llevarlas al aprisco en donde encontrarán alimento y protección. El salmista, reconociendo que había sido una oveja perdida, escribe: “Yo anduve errante como oveja extraviada, busca a tu siervo, porque no me olvido de tus mandamientos” (119:176).
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