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Tags: Opinión · Cesta de Dulcinea · Nieves Fernández
Dos rondas de pasteles


Nieves Fernández


Nieves Fernández Nieves Fernández
domingo, 1 de mayo de 2005, 03:51
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¡Cómo cambian los tiempos! ¡Qué deprisa que vamos!, que diría mi abuela del siglo XIX, la misma a quien acompañaba a bodas en los años sesenta, vestida ella de negro y yo con vestido estampado de flores. En los grandes patios empedrados, precursores de lujosos hoteles actuales, esos primeros camareros pagados de un evento repartían un delicioso refresco de fresa en jarras de dos litros, que apaciguaba la sed y la emoción de la boda vivida. Los invitados nos disponíamos en círculo y en pie, esperando la ronda de pasteles diciendo parabienes de los recién casados. Dulce brindis nupcial con limonada. Si en la espera y animada conversación llegaba una segunda ronda de pasteles los niños, sobre todo, nos relamíamos del gusto, bendiciendo a los novios y a sus sacrificadas familias que tan generosamente agasajaban a los invitados.

Porque las bodas antes eran tan distintas…; gracias que la novia fuera de blanco pues se estilaba más el traje de chaqueta oscuro y ajustado; gracias también que la pareja llevara casa propia y amueblada.

Apenas medio siglo después, las familias se endeudan con grandes comilonas, con casa en propiedad o vivienda alquilada, con viajes de novios lejanos muy cerca de la luna, de la luna de miel que a veces dura poco, porque las estadísticas demuestran que todo el fasto de un matrimonio de ley perfectamente organizado, devengará, según las estadísticas, en un divorcio malo.

Pero así es el amor, lo diga quien lo diga y así nos van las bodas desde que alguien innovó lo de las dos rondas de pasteles. Ahora la sociedad exige que se regularice la unión entre homosexuales. Muchos andan con miedo ante esta nueva moda, ¿moda?, que sale del armario y que quiere acogerse a lo mejor de los derechos humanos y personales, dicho lo de personales en el sentido más real de la vida en pareja. No en vano, todos conocemos a parejas de homosexuales que viven en secreto, a la sombra su amor silencioso con el mayor orden y fidelidad. Dicen de ellas y ellos que son “antinatura”. ¿Hay algo más antinatural que bendecir o permitir a hombres que vayan a campos de batalla a matar a otros hombres? Poca objeción de conciencia se alega en este mundo por la enfermedad y la pobreza, por la guerra y por otros temas que dañan de verdad la dignidad humana.

Parece que los “gays” pueden quedar graciosos para el carnaval, para el chiste o la tele, pero no en casa o en la Iglesia, no en el ejército o en los ayuntamientos donde será un gran problema casar hombre con hombre y mujer con mujer, regularizando así, respetuosamente, su situación de personas en convivencia. Pero sí se aceptan y se exhiben, cuando interesa, sus logros culturales y creativos. Podríamos enumerar a tantos escritores y artistas que, a poco, me quedaría sin papel en este escrito. Ya nadie discute si sus méritos son o no merecidos. Se acepta de un modo tolerante que estén ahí pero se duda sobre si deben ejercer derechos de personas.

¿Enlaces cívicos o sociales? ¿Típicos con refresco de fresa o bodorrios atípicos que al tercer mundo escandalizan? ¿Bodas? Bodas mejor que entierros, y con segunda ronda de pasteles, que decía mi abuela, la del XIX.

No olvidemos que boda, según el diccionario de la Lengua, el que también analiza todos los derivados lingüísticos de matriz, madre y matrimonio, viene de “vota, votum” que significa “promesa”, es “casamiento y fiesta con que se solemniza”, pero un libro tan consultado por todos no especifica si se trata de boda de homosexuales, de extranjeros, de una o de otra ideología, cultura o religión, de ricos con pobres, de negros con blancos, de primos, de discapacitados, de estériles, de divorciados, de enfermos, de príncipes o reyes, de jóvenes o viejos, de matrimonio a yuras, de uniones clandestinas, en articulo mortis, o morganático, pues de todo ha habido en la viña del señor cuando boda prometen.

Seamos generosos y tolerantes con nuestra propia boda y en las de los demás porque a nadie se hace injusticia ni daño, disfrutando de la alegría y buena digestión que ofrece una segunda oportunidad, una segunda ronda de pasteles.

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