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Tags: Opinión · Disyuntivas · Rafael Pérez Ortolá
Fisonomías navideñas


El ansia de libertad nos coduce a la pregunta sobre lo que haremos una vez la consigamos


Rafael Pérez Ortolá Rafael Pérez Ortolá
viernes, 23 de diciembre de 2011, 09:08
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Baudelaire dejó escrito aquello de: “Hombre libre, siempre querrás al mar”. Hay como un consenso asumido, a pesar de los riesgos y las turbulencias, el mar abre simbólicamente los horizontes; siempre aporta ilusiones, invitaciones, señala un constante punto de partida. Como contraste, el puerto es la llegada, su posible fascinación es diferente, las escolleras y los diques establecen la separación entre esas dos orientaciones tan opuestas. Aparte de las razones, en todas estas apreciaciones dominan las sensaciones, los anhelos, los sueños o las aspiraciones. El pálpito de las EMOCIONES es inmenso, dirigido hacia la atracción de los grandes espacios marinos. Los puertos representan el asiento de una mayor tranquilidad y plácidez.

Vivimos en unos ambientes tensos en los cuales abundan las penurias, los malos vientos, la crispación y las malas caras. Ante ese alud incesante de inconvenientes, quizá seamos más receptivos a las influencias del espíritu navideño. Frente al mencionado tobogán de las desdichas, necesitamos salir a navegar en busca de mejores horizontes; basta ya de oráculos de nefasto contenido, simplezas frívolas, gestos hoscos y desconsideraciones con los peores estilos. Hemos promovido unos encadenamientos desastrosos y es urgente que pensemos en la manera de eliminar las malas ataduras, precisamos de una auténtica LIBERACIÓN. Ahí radica el revulsivo para la posible reconstrucción de la condición humana saludable. Dado que no disponemos de soluciones mágicas, las artes de la buena navegación serán imprescindibles; uno no puede salir a expensas de los caprichos o tontunas tan frecuentes en la sociedad actual.

No es cuestión de que alguien nos arrastre, porque nadie puede sustituirnos. Los protagonistas serán las preferencias de cada individuo y el uso que hagan de su cuota de libertad. Cada área vital tiene su fondo de misterio, pero hay que abordarla. Observemos el trato dado a la NIÑEZ, y en su caso, las insatisfacciones susceptibles de mejoras. La empatía o su ausencia se inicia en el seno materno; sí, sí, cuando todavía el niño es un feto, las relaciones con la madre intercambian mensajes alimenticios, neurológicos, afectivos y ambientales; son comunicaciones comprobadas. Mal empezamos si damos por inexistente a esa primera fase. Después, la deriva adoptada gira mucho en torno al aprendizaje escolar legislado, pero prescinde de otros afanes cualitativos. El tiempo libre del niño, el juego espontáneo, el pudor, el candor, la ternura o la calidez del amor; tienden a un alejamiento progresivo. Las carencias afectan también a la promoción del esfuerzo personal, a la sinceridad, la honradez o el diálogo necesario con ellos y entre ellos. Los cuentos contados en el calor del hogar, mientras este exista, claro; y el encauzamiento de la fantasía, son insustituibles. El calor de estos cuidados, además de entrañable es constituyente de la persona.

Ni la memoria ni la delicadeza son recibidos con espléndidas disposiciones, forman parte de las cualidades en regresión. Aunque de muchas maneras me digáis que nada olvido ni pierdo, la tristeza y el lamento me indican lo contrario; perdí realidades, llegué tarde y no logré recomponer la figura. ¿Qué rostro le dibujamos a la VEJEZ en las atareadas sociedades de hoy en día? El olvido de las vivencias compartidas, propicia el desdén y nos deja situados a un paso del aislamiento de quienes perdieron gran parte de sus potencialidades. Si a las personas mayores las consideramos como meros instrumentos, tampoco habremos avanzado mucho. Pese a la carga negativa de la decrepitud, nos urge el redescubrimiento de las posibles aportaciones positivas de la gente mayor, muy por encima de los recuentos económicos al uso; y por fortuna, con la enorme cercanía de unas condiciones humanas que no deberíamos perder, si todavía estamos a tiempo de conservarlas.

La ampulosa organización y proliferación de entidades grandiosas –Europa, Fondo Monetario Internacional, ONU, UNESCO, parlamentos, aeropuertos innecesarios o televisiones caprichosas-, no esconden ni por un momento; antes bien, reflejan con mayor evidencia una serie de escándalos desgraciados. El comportamiento con los PARADOS es uno de los peores. Las cifras son apabullantes, son manejadas como números y de nuevo funcionamos alejados de los sentimientos más perentorios. Los cuantiosos dispendios desparramados en ocurrencias banales y las corrupciones desbocadas, anulan la pretendida justificación achacada a la crisis. La crisis sin nombres propios, los va adquiriendo a medida que descubrimos nuevos desmanes. Por mucho que sean consentidos esos abusos por el poder, los votos o la legalidad; o precisamente por eso, han adquirido un volumen que delimita el grave escándalo. El espíritu de las soluciones es más radical que el de un simple subsidio; aunque parece que seguimos cegados, sin la disposición adecuada para vislumbrar al menos las luces imprescindibles.

Arrastramos también un lastre inquietante, porque distorsiona los conceptos básicos para la convivencia. Me refiero a ese toque desnivelado que inclina nuestras apetencias a una CREDULIDAD inapropiada y comodona; que también presenta la versión opuesta cuando gastamos una incredulidad terca ante las opciones con verdadero fundamento. Ante un desdén acentuado hacia las motivaciones religiosas o hacia la misma existencia de Dios; resulta que la tontuna ambiental arrastra a creencias o prácticas acérrimas de carácter sectario y desprovistas de fundamentos. Hemos optado por los diosecillos ridículos que sí exigen silencios y seguidismo; desde el entretenimiento a la política, el abanico de estas credulidades está muy ocupado. Afecta a la medicina, desoyendo trabajos concienzudos –Vacunas, prevenciones y tratamientos-; para asumir los dictamenes del vocero de turno. La ligereza supera la concienciación, y eso afecta a los comportamientos.

Algunas realidades sobrecogedoras no nos abandonan, su goteo origina verdaderos mazazos familiares, ante una cierta indiferencia social. Cada semana son agredidas víctimas de esa violencia doméstica de difícil denominación; asistimos impotentes a su actualización. ¿Seremos capaces del análisis y de las acciones que reconviertan los desastres en una convivencia aceptable? Aunque la desdicha no acaba en esas tragedias, los DESAPARECIDOS constituyen otra lacra acuciante y estas fechas realzan su recuerdo. De manera especial, el de esos niños asesinados, con la imagen de los grupos de gente degenerada implicados en sus desapariciones. Con una frecuencia atroz, son algunos de los padres quienes volcaron sus iras en los pequeños. ¿De dónde sacaremos los nuevos impulsos de cordura para evitar estas desgracias?

Las alharacas y las parafernalias frívolas desvirtúan el auténtico ESPÍRITU NAVIDEÑO. La libertad es un argumento insuficiente para echar por la borda aquellos sentimientos favorecedores de las buenas cualidades personales. Las fisonomías registradas en las líneas precedentes, u otras de un cariz similar, plantean la cruda realidad de unos comportamientos improcedentes. No valen los apaños bobalicones, serán precisas implicaciones de mayor calado y revulsivos eficaces.

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