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Etiquetas:   Contar por no callar   -   Sección:   Opinión

Las bodas del arco iris

Rafa Esteve-Casanova
Rafa Esteve-Casanova
@rafaesteve
viernes, 29 de abril de 2005, 03:01 h (CET)
Hace una semana que el Congreso de los Diputados aprobó la reforma de algunos artículos del Código Civil en el sentido de extender el matrimonio a las personas del mismo sexo. 183 señorías votaron a favor, 136 lo hicieron en contra y seis optaron por la abstención. Como era de esperar el grupo socialista y el resto de grupos de progreso del Congreso dieron su voto afirmativo a la modificación mientras las señorías populares y algunos cristianos de la minoría catalana se oponían. La única ruptura del voto se produjo por parte de Celia Villalobos, la exministra de Sanidad popular, que votó favorablemente. .Pero hay que ver en tan sólo siete días los ríos de tinta y la de declaraciones que ha levantado esta reforma por la que se reconoce legalmente una situación que se viene dando desde hace años. Con las nuevas disposiciones se da la posibilidad de que muchas parejas, conviviendo desde hace años, regularicen su situación ante la Ley y sobre todo se defienden sus intereses futuros en plan de igualdad con los heterosexuales.

No podemos olvidar que los homosexuales han sido perseguidos durante siglos. Ya la Biblia nos habla de la destrucción de Sodoma por la relajación de costumbres de sus habitantes y de cómo la mujer de Lot por volver la vista atrás, tal vez con añoranza, fue convertida en sal. Más tarde sería la Inquisición, cuyo organismo heredero presidió hasta hace poco el nuevo “panzerpapa”, la encargada de castigar las opciones sexuales diferentes. Y más recientemente, en tiempos del franquismo, los homosexuales eran perseguidos y encerrados en cárceles especiales por la aplicación de la Ley de Vagos y Maleantes o la de Peligrosidad Social que permitían ponerles entre rejas tres meses sin más requisitos legales. Por tanto no es de extrañar que los hijos y nietos de aquellos que aplicaban estas últimas leyes toquen ahora a rebato y llamen a la desobediencia civil. Quién les iba a decir a ellos que acabarían de “pancarteros” y utilizando frases como “objeción de conciencia”.

Alcaldes que apelan a su “hombría” para no celebrar matrimonios entre personas del mismo sexo. Otros, como el de Pontons, que tratan a los gays de “tarados” mientras obispos y cardenales desde los púlpitos lanzan a los cuatro vientos las campanas de la intransigencia y el odio al diferente para pedir a los funcionarios que no cumplan la Ley. Estos mismos obispos, como el de Segorbe-Castellón entre otros, que ahora claman contra la muerte de los no nacidos, en los años tristes y grises de la dictadura nunca alzaron su voz contra la pena de muerte. Pienso en lo mal que lo deben estar pasando los gays y lesbianas afiliados y votantes del Partido Popular, porque. en esto pasa como con las meigas, haberlos haylos. Incluso puede darse el caso de alguna autoridad municipal de esa condición, amparada todavía en la oscuridad del armario, que tenga que negar la boda a los o las que son de su misma condición sexual. Una vez más se ha visto y comprobado que al PP, por mucho traje de seda que se ponga, no se le va el pelo de la dehesa. Y entre tanto ruido de viejas sotanas y manteos episcopales Mariano Rajoy continua ejerciendo de gallego, no sabiendo si sube o baja la escalera, declarando que con el tiempo todo se arreglará mientras cuenta las peras y las manzanas de Ana Botella.

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